¿Qué espera un gerente de su junta directiva?

¿Qué hacen las juntas directivas que acompañan bien a su gerente? El éxito de la junta directiva es directamente proporcional a los logros de la gerencia.

La junta directiva y la gerencia ejercen roles específicos, mutuamente complementarios, para lograr la adecuada administración de una empresa. Las necesidades y expectativas que respecto a su junta directiva tienen quienes ejercen la presidencia o gerencia general de una organización son diversas.

Un gerente espera que su junta se interese por entender claramente la empresa y sus negocios, su historia y su cultura, su estrategia y sus finanzas, así como sus retos y oportunidades de gestión. Por ello, requiere que los miembros nuevos de su junta inviertan tiempo en una inducción amplia, por fuera de sus sesiones ordinarias, y que en estas últimas sean inicialmente pacientes para escuchar a la gerencia, y a otros miembros con experiencia, sin buscar protagonismos. 

La gerencia necesita una junta comprometida, cuyos miembros asistan a las sesiones y lleguen preparados producto de estudiar la información que acuerden recibir anticipadamente. Durante las sesiones, un gerente requiere la atención plena de su junta, su disposición permanente para aprender y curiosidad genuina para preguntar, a fin de obtener el mejor provecho de un tiempo breve y para cuya preparación el equipo ejecutivo hace un importante esfuerzo. Espera, además, que las reuniones se den en un ambiente abierto y de respeto, con discusiones productivas y sobre los temas más relevantes, y ajustadas a los tiempos de la agenda para avanzar a tomar decisiones sólidas y oportunas que cuenten con el total compromiso de la junta. 

En todo momento, y más en situaciones de crisis, la expectativa del ejecutivo líder es que sus directores lo complementen poniendo a su servicio, generosamente, toda su experiencia y conocimiento gerencial, su visión informada del entorno y su percepción temprana de señales relevantes, sus competencias en áreas específicas, sus contactos de pertinencia para la gestión, e incluso su concepto en procesos de selección de ejecutivos claves. 

El gerente demanda una junta ética, en la que se respete la confidencialidad de la información y las decisiones, cuyos miembros declaren eventuales conflictos de interés y faciliten su administración, y en la cual no se toleren actitudes o comportamientos inadecuados para que este órgano de gobierno sea un modelo de los valores de la organización. 

La gerencia requiere una junta profesional, consciente de sus responsabilidades y conocedora de las buenas prácticas del gobierno corporativo, más aún en empresas familiares o cuando los accionistas son sus miembros. Dicha junta es capaz de mantener al gerente al margen de las diferencias políticas entre sus miembros y de proteger la empresa del contagio de conflictos entre sus accionistas. Su expectativa es una junta que entable una relación de respeto y transparencia con la gerencia, que vigile los conductos regulares y sea honesta con sus aportes, planteados en el marco de las sesiones y no en conversaciones paralelas. También necesita un presidente de junta que ejerza integralmente su rol, que sea un aliado con disponibilidad permanente, quien le brinda a la gerencia retroalimentación relevante. 

Finalmente, quien gerencia precisa que su junta no sea un problema más que administrar, el cliente más difícil de atender, o que sus sesiones sean eventos de tan alta complejidad que impliquen la parálisis de la empresa para prepararlas. Junta y gerencia son aliados fundamentales. El éxito de la junta directiva es directamente proporcional a los logros de la gerencia a la que orienta y acompaña.

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El presidente ejecutivo en las conversaciones estratégicas

La participación efectiva del presidente ejecutivo en las conversaciones estratégicas con su equipo requiere de tres elementos para ser exitosa: su preparación, el reconocimiento de su rol y el ejercicio de este último dentro de un marco de actitudes pertinentes y necesarias.  

La presencia del presidente o gerente general de una organización es fundamental en las sesiones que llevan a cabo periódicamente los equipos ejecutivos para hablar de su estrategia. El privilegio de acompañar a experimentados líderes en estas conversaciones, en el pasado en condición de miembro de su equipo y actualmente como consultor, me ha permitido identificar tres elementos que facilitan la participación del presidente y contribuyen significativamente a que ella tenga el efecto deseado. Para conseguirlo, es crucial que quien ejerce la presidencia de la organización se prepare, que reconozca su rol y, muy importante, que lo ejerza durante la conversación dentro de un marco de actitudes pertinentes y necesarias. Cuando estos elementos están presentes, el presidente logra traer a la conversación los mejores aportes posibles de las personas que le acompañan, consigue un alto nivel de compromiso de los participantes con las conclusiones del diálogo estratégico para pasar a la ejecución, y fortalece notablemente su liderazgo. Estas son algunas consideraciones respecto a cada uno de esos tres elementos.

Preparación

La preparación para una conversación de estrategia es un primer ejercicio individual recomendable para el presidente. En ella dos facetas son de particular relevancia, una organizacional y otra personal. En el ámbito organizacional, quien ejerce como ejecutivo líder debe tomarse previamente el tiempo para reflexionar sobre la estrategia actual y la perspectiva de futuro para su empresa desde una mirada integral del interior y del exterior, es decir, desde su lectura de la situación de la compañía misma, desde su interpretación de las expectativas y necesidades de partes interesadas internas como los accionistas, la junta directiva y los colaboradores de la compañía, y desde su análisis de las tendencias de la industria, los competidores y los requerimientos de los clientes, entre otras variables del entorno. La mirada privilegiada de un presidente, que le habilita para integrar en una sola imagen a la empresa con su entorno, le debe permitir la identificación de las prioridades estratégicas de su organización, es decir, aquellos movimientos y objetivos que en su criterio son de urgente ejecución y consecución dentro del marco de la estrategia planteada, y alrededor de los cuales se debería enfocar la gestión y asignación de recursos de corto plazo en razón a condiciones del entorno o de la compañía misma. La claridad respecto a tales prioridades es un insumo cardinal para orientar y enfocar la conversación del equipo gerencial.

Para un presidente o gerente general, exponerse a estas conversaciones es un reto que requiere de valor, por eso es importante que se prepare también en lo personal para estar dispuesto a afrontarlas con sentido constructivo. En este aspecto, es crítica la preparación desde dos perspectivas. De una parte, que haga conciencia de los sesgos que respecto a la estrategia actual le son propios y que los acepte como una condición natural de la cual no está exento en razón a su cargo. Dichas preferencias o antipatías son producto de su experiencia, de sus interpretaciones, de sus temores y necesidades personales, y simplemente revelan que ser líder no lo pone por encima de su naturaleza humana. En términos de sesgos de los cuales es vital hacer conciencia, son pertinentes también aquellos respecto a las personas que van a participar en la conversación, así como los que naturalmente surgen de la eventual condición de accionista, o miembro de la familia accionista, de quien ejerce la presidencia. Este reconocimiento de sus sesgos es para el presidente un primer antídoto frente a la tentación, durante la conversación, de reaccionar sin analizar, de descalificar sin contrastar, de imponer sin escuchar y de tomarse como personal aquello que dista de serlo. Un segundo ámbito de preparación personal tiene que ver con el manejo de aquellas conversaciones difíciles que podrían aparecer en la reunión, algunas pertinentes y otras no deseables, unas previsibles y otras inesperadas. Asumirlas con naturalidad y seguridad, y definir al instante si se abordan o si se dejan aplazadas, es crítico para cuidar el flujo de la reunión y para transmitir al grupo confianza desde el liderazgo y el buen criterio.

Reconocimiento del rol

Entender su rol es otro ingrediente fundamental para que el líder del equipo ejecutivo aborde apropiadamente las conversaciones estratégicas. El papel del presidente en estas conversaciones es central en razón a la información que posee, a su liderazgo natural, a su autoridad formal y a sus derechos de decisión en la organización. Todo esto hace que el presidente sea el primer encargado de crear y garantizar un ambiente seguro y de confianza en el cual se desarrolle la conversación. Para conseguirlo, es recomendable que participe en la definición del diseño de la sesión y de la metodología para desarrollar el diálogo colectivo. En la apertura de la reunión, es conveniente que deje planteadas las reglas básicas de interacción en la conversación, así como los objetivos principales de la misma alineados con las prioridades estratégicas que ha identificado en su reflexión y que propone como marco de referencia. El presidente trae a la conversación, en la medida que sea pertinente, información que solo desde su cargo es posible conocer, por ejemplo, la mirada de la junta directiva y de los accionistas, el nivel de riesgo que estos integrantes del gobierno corporativo consideran aceptable en la estrategia de la organización, además de una visión holística del entorno y de las partes interesadas que lo integran, la cual le corresponde proveer dado su nivel de interacción con el exterior de la empresa producto de la naturaleza de su labor. El presidente tiene la capacidad y responsabilidad de resolver dudas para dinamizar la conversación, y de intervenir para dirimir diferencias al momento de hacer escogencias difíciles en las cuales el equipo gerencial esté dividido. Al presidente le asiste, en la relación con su equipo, el derecho de tener la última palabra en tales decisiones estratégicas complejas en razón a que es el primer responsable respecto a ellas frente a su junta directiva y accionistas. Estos escenarios son propicios, además, para que el presidente ejerza su labor de alinear al equipo, dejando sembrados mensajes claves en un espacio especial de diálogo crítico y constructivo.

Ejercicio del rol

Un presidente bien preparado, que además reconoce su rol en una conversación estratégica con su equipo, está en capacidad de ejercerlo. Para hacerlo de forma efectiva, las actitudes que asume a lo largo del ejercicio son la clave del éxito. Así entonces, cuidar el ambiente seguro de confianza, desde el ejemplo, implica ser receptivo frente al disenso y permitir el debate, asumir una actitud de tolerancia y respeto frente a puntos de vista que no comparte, y de curiosidad para preguntar con honestidad y escuchar con interés. Debe participar activamente evitando avasallar, es decir, sin intimidar ni deslegitimar a otros actores, y haciéndose parte real de la conversación para no ser percibido como un observador que apenas colecta puntos de vista y elabora conclusiones. Así mismo, es importante que estimule la participación, agradeciéndola siempre, e invitando incluso a aquellas personas más pasivas a hacer sus aportes. Es vital que el presidente renuncie a la necesidad de construir consensos, lo cual debe advertir desde el inicio. Frente a decisiones donde no sea evidente para el equipo el camino más conveniente, es importante que procure recoger argumentos para estructurar y poner a consideración alternativas, y así guardar el uso de la fuerza para imponer posiciones solo en casos extremos en los que no haya más alternativa. Mostrar serenidad frente a los temas difíciles es su oportunidad para transmitir seguridad y criterio, algo que los ejecutivos esperan de su presidente.

Las conversaciones estratégicas son, además, un escenario para evidenciar y reforzar rasgos de la cultura organizacional. El presidente debe cuidar que todos los elementos de la cultura se respeten y permitir que se manifiesten en sus matices durante la dinámica de la conversación. Conectarse con los cinco sentidos al ejercicio es definitivo para el presidente a fin de lograr medir, en todo momento, el estado del grupo en cuanto a su satisfacción y tranquilidad con la conversación, y respecto a su nivel de confianza y compromiso con las decisiones que se toman. Es pertinente que el presidente advierta, cuando corresponda, que algunas decisiones estratégicas relevantes del equipo ejecutivo deben ser validadas por la junta directiva o incluso por los accionistas.

El presidente, en ejercicio de su rol, es la persona encargada de hacer el examen final de la conversación estratégica, exponiendo las conclusiones y poniéndose a disposición para aclaraciones antes de terminar, así como preguntando abiertamente a los asistentes acerca de su grado de satisfacción con el ejercicio. Así mismo, es legítimo que indague sobre el nivel de acuerdo de los participantes con lo concluido, como punto de partida para lograr su pleno compromiso. Pese a que no se requieren consensos, es deseable lograr un nivel de acuerdo apropiado que garantice, muy especialmente, el sentido de pertenencia respecto a las decisiones tomadas de cara a su ejecución.

Las conversaciones estratégicas son espacios altamente valiosos para un presidente en una organización. Invertir tiempo de calidad para prepararse y estudiar su rol, así como ejercer este último a conciencia y responsablemente, son oportunidades para aportar valor a su equipo y a la compañía desde su cargo. Para el presidente, el diálogo estratégico es una ventana para aprender con su equipo acerca de la empresa y sus negocios, una ocasión privilegiada para alinear a los líderes de la ejecución de la estrategia, un espacio de intimidad para conocerse a mayor profundidad con quienes más de cerca lo rodean, y una herramienta valiosa para mitigar los riesgos de la inevitable soledad en el poder. 

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Objetivos claros y métodos flexibles

Las conversaciones estratégicas efectivas parten de objetivos claros, cuentan con participantes idóneos y se desarrollan con metodologías diseñadas a la medida.

Las conversaciones sobre la estrategia en una organización son provechosas en la medida que tengan claros sus objetivos, es decir, que se convoquen teniendo definidas las preguntas que necesitan una respuesta para enfocar el diálogo y hacerlo productivo.

Estas conversaciones van desde sesiones puntuales o periódicas de seguimiento hasta ejercicios más robustos de formulación o alineación estratégica. De la definición de los temas de interés se desprende el alcance y duración necesaria de la conversación o del ejercicio, la información a preparar para contextualizar esos asuntos, los asistentes pertinentes y la documentación a compartir para estudio previo, la metodología a seguir y la eventual necesidad de acompañarse de consultores en el diseño o en la facilitación de la conversación. 

En general, las empresas conversan sobre su estrategia porque hay algo que les inquieta o que abiertamente les incomoda, bien de la estrategia misma o de sus resultados. Con respecto a la estrategia, la necesidad de conversar para explorar posibilidades de ajustarla aparece, por ejemplo, cuando las compañías experimentan dificultades para competir, al observar movimientos significativos en los competidores o cambios de fondo en cuanto a tendencias y elementos relevantes del entorno de los cuales la estrategia debe hacerse cargo, cuando las organizaciones se perciben faltas de enfoque y dispersas haciendo o intentando demasiadas cosas a la vez, para trascender el foco en el corto plazo y definir caminos de desarrollo y crecimiento en el mediano y largo plazo, y en momentos de duda respecto a ingresar o retirarse de un negocio. En todos estos casos, es interesante conversar en procura de refrescar y alinear la estrategia. En cuanto a la ejecución, estas conversaciones con frecuencia se generan cuando las organizaciones perciben que su velocidad de avance es inferior a la esperada o cuando es necesario alinear voluntades y recursos alrededor de sus prioridades estratégicas. 

Del tipo de conversación necesaria depende la metodología a utilizar. No hay métodos estándar que garanticen el éxito y efectividad del diálogo estratégico, y suele ser equivocado caer en ortodoxias innecesarias al adoptar modelos teóricos rígidos que ralentizan el flujo que necesita la conversación y desgastan a los participantes. La creatividad es pertinente para estructurar metodologías hechas a la medida, para responder las preguntas planteadas como objetivo, y que se ajusten con flexibilidad según evolucione la conversación. Una buena metodología es aquella coherente y efectiva para cada caso específico, en la que todo esfuerzo acerca la conversación a su propósito. Un método concreto y simple cuida y motiva a los participantes, y les evita la desafortunada sensación de estar desperdiciando su tiempo. La metodología debe ajustarse también a la cultura de la organización. En casos donde la cultura es altamente jerárquica, es importante incluir en la agenda ejercicios de generación de confianza para lograr que se den conversaciones profundas y productivas. En culturas más democráticas y abiertas, por su parte, la metodología debe ser dinámica cuidando que se mantenga el foco sin desmotivar a los asistentes. Las buenas conversaciones son, ante todo, participativas, ya que gran parte del conocimiento más valioso para responder a las preguntas estratégicas en una organización suele habitar en aquellos que la administran.

La calidad de las reflexiones y de las respuestas alcanzadas, así como las decisiones que ellas permitan, es lo que determina si una conversación estratégica fue exitosa.

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Disonancia estratégica

Una organización alineada estratégicamente, con baja disonancia, es aquella que hace lo que dice y que tiene lo que se necesita para ganar. 

Alineación es un término común en el lenguaje de la estrategia empresarial. Ella es reconocida como un factor clave para la ejecución estratégica, y es uno de los logros más preciados del acertado liderazgo gerencial. Robert Burgelman, profesor de la Universidad de Stanford, desarrolló el concepto de disonancia estratégica para referirse a fenómenos comunes de desalineación en las organizaciones. Su modelo, plenamente pertinente en el entorno actual, permite observar la alineación estratégica desde dos perspectivas distintas y complementarias: alineación externa e interna.

La primera se refiere a la coherencia que debe existir entre aquello que se requiere para competir de forma exitosa en una industria y las capacidades con las cuales cuenta una organización. En otras palabras, es la alineación entre aquello que se necesita para ganar, que es definido por condiciones de la industria y sus actores, y las herramientas de las que dispone una empresa para lograrlo. Las compañías que descuidan la vigilancia de sus competidores y de las tendencias en sus mercados, así como aquellas que confían en que sus capacidades que explican éxitos pasados serán para el futuro pilares de ventaja competitiva inmunes a la obsolescencia, caen en una inercia estratégica destructiva que las lleva a padecer de desalineación externa progresiva y a pagar un alto costo al reaccionar frente a la agudización del cambio. 

La alineación interna hace referencia a la coherencia entre la estrategia declarada por la organización y sus acciones estratégicas, es decir, la coincidencia entre lo que una organización dice y lo que hace. La disonancia interna se da en organizaciones que no logran llevar apropiadamente su estrategia formulada a la ejecución por distintas razones. Este fenómeno sucede también, por ejemplo, cuando algunos ejecutivos que lideran la ejecución no confían en la estrategia organizacional explícitamente formulada y avanzan a tomar la iniciativa de ejecutar su propia estrategia.

En tiempos en los que el cambio se ha acelerado, y son más frecuentes las disrupciones, el riesgo de desalineación externa e interna se multiplica. Las organizaciones cuentan con diversas herramientas para enfrentarlo desde su modelo de gestión. Para mitigar la disonancia externa es vital disponer de espacios de conversación abierta y sincera sobre la estrategia, que permitan el disenso y en los cuales participen personas claves en su ejecución, aquellas que están en contacto permanente con clientes, proveedores y competidores, y que perciben de primera mano la dinámica del entorno cercano. Estos diálogos permiten refrescar la estrategia y enfocar esfuerzos en desarrollar capacidades pertinentes. Algunos antídotos para la disonancia interna, por su parte, son la comunicación explícita y persistente de la estrategia, la estructura organizacional, las políticas para garantizar la asignación de recursos a las prioridades estratégicas, el control a la ejecución mediante indicadores de gestión, y la conexión de estos últimos con los incentivos y el modelo de remuneración de los ejecutores. Adicionalmente, identificar los obstáculos para ejecutar la estrategia es definitivo para removerlos o gestionarlos. La cultura organizacional, por ejemplo, bien puede ser una aliada promotora de alineación o una cómplice de la disonancia estratégica. En forma simple, Burgelman nos diría que una organización alineada estratégicamente, y poco disonante, es aquella que hace lo que dice y que tiene lo que se necesita para ganar.

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Estrategia competitiva: temas de conversación

Las organizaciones que mantienen una estrategia competitiva efectiva conocen y conversan sobre su entorno, su industria, sus competidores, sus clientes y sobre sí mismas.

En época de balances y proyecciones, una conversación pertinente en las empresas gira alrededor de la forma de competir en sus negocios para afinar su estrategia, incorporar a ella aprendizajes recientes, definir inversiones y concretar objetivos de corto plazo.

Los factores a considerar en una conversación integral sobre la estrategia competitiva de un negocio son diversos. En primer lugar, es relevante abordar elementos del entorno, como las tendencias de la industria en la cual participa y las variables más importantes a vigilar en el corto plazo en temas económicos y legales, entre otros que puedan alterar los supuestos básicos para competir. Observar la industria incluye revisar su tasa de crecimiento reciente y su perspectiva, y entender las variables que explican su dinámica esperada en el horizonte próximo. En este ejercicio de reflexión estratégica, es indispensable conversar sobre la evolución reciente de los competidores a enfrentar, entendiendo su nivel y foco de crecimiento, sus inversiones destacadas, las alianzas que lograron o que tienen en desarrollo, sus clientes claves y aquellos nuevos de relevancia, modificaciones en su portafolio de productos, y en general los cambios recientes en su propuesta de valor a sus mercados objetivo. Todos estos elementos permiten identificar sus intenciones competitivas de corto plazo. De hecho, hacer un ejercicio de referenciación con líderes de la industria debe ser una tarea permanente. 

Desde ese contexto general de la industria y de los competidores, es importante conversar sobre los clientes que constituyen el mercado en términos de su evolución y crecimiento, de eventuales migraciones en sus necesidades y preferencias, y de la pertinencia tanto de la segmentación con la cual los observamos como de los canales a través de los cuales se les atiende. Los cambios en la estructura de un mercado determinan ajustes en la forma de abordarlo para conseguir conservarlo, modificando, por ejemplo, la segmentación para alinear las propuestas de valor. Tales cambios suceden paulatinamente, y es vital identificarlos para actuar en forma proactiva. 

Las organizaciones que compiten bien conocen y conversan sobre su industria, sus competidores, sus clientes y sobre sí mismas. Identificar en forma clara fortalezas y debilidades, aciertos y desaciertos, avances y retrocesos de la organización, es definitivo para afinar su estrategia competitiva de corto plazo.

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Todos estos insumos, que mezclan lo externo con lo interno, son los que permiten, de una parte, ensamblar con mayor fundamento una propuesta de valor sólida, alineada con aquello realmente importante para los clientes y afín con las capacidades y activos estratégicos de la organización, y de otra, enfocar esfuerzos y recursos en el corto plazo para mejorar en inductores tangibles de diferenciación y competitividad. Diferenciarse es un propósito que numerosas organizaciones alcanzan simplemente buscando la excelencia en algunos elementos de su propuesta de valor, los cuales convierten en sus rasgos característicos.

Conversaciones estructuradas no garantizan el éxito competitivo ni esa pretendida objetividad estratégica que no existe, pero ayudan a orientar la gestión y mitigan algunos riesgos que siempre están implícitos en cualquier forma de competir. Toda estrategia nos mostrará en el camino errores en su concepción derivados algunos de falta de información o análisis, o de sesgos propios de cada organización. La estrategia, finalmente, no es más que una hipótesis informada y bien intencionada que procuramos probar cuando la ponemos en práctica y que requiere de seguimiento y ajuste permanente.

Estrategias ambidextras para el cambio

Las organizaciones ambidextras avanzan de forma simultánea y balanceada en el desarrollo de sus negocios actuales y en la exploración de nuevas oportunidades de negocios o de nuevas formas de competir.

El índice bursátil Standard & Poor’s 500, compuesto por el mismo número de empresas de Estados Unidos, suele ser considerado un termómetro de la economía en ese país, dada la diversidad de industrias representadas en este. Un estudio de la consultora McKinsey encontró que, mientras en 1958 la antigüedad promedio de las empresas que lo componían era de 61 años de fundación, en el 2015 dicho promedio era de 15 años. La firma consultora anota que, en un lapso de 10 años, es muy probable que el 50 por ciento de las compañías que hoy lo integran dejen de hacerlo.

Colombia no es ajena a estos fenómenos de cambio en el ámbito empresarial. En la encuesta de opinión publicada por la Andi, en su congreso nacional en agosto pasado, fue incluida la siguiente pregunta: ¿en los últimos cinco años, su modelo de negocio ha cambiado significativamente? El 42 por ciento de los empresarios respondió afirmativamente, y anotaron que tal cambio incluía la incursión en nuevos negocios, la modificación de su canasta de productos y una mayor presencia en el exterior, entre otros. 

Esa es la dinámica del mundo actual y es el contexto que le exige a las empresas optar por estrategias ambidextras para enfrentar el cambio. La palabra ‘ambidextro’ o ‘ambidiestro’ se refiere a aquellas personas que pueden utilizar con la misma destreza sus extremidades izquierdas o derechas. En el campo de la estrategia empresarial, se suelen llamar ambidextras a las organizaciones que logran avanzar de forma simultánea y balanceada en el desarrollo de sus negocios actuales y en la exploración de nuevas oportunidades de negocios o de nuevas formas de competir.

El reto del ambidextrismo toma varias formas en las organizaciones. Desde ejercicios que he acompañado como consultor, estas son dos que he evidenciado recientemente. En el ámbito de la estrategia corporativa, la cual define en qué negocios participa la organización, se da el caso en el que ser ambidextro implica incursionar en negocios nuevos que pueden llegar a ser incluso inconvenientes para los negocios tradicionales de la empresa, ya que los pueden sustituir o canibalizar, o ser vistos como competencia de los clientes en los negocios principales. Esta disrupción desde adentro es, en ocasiones, necesaria para lograr sostenibilidad de largo plazo, aun asumiendo el riesgo de un daño autoinducido en el corto plazo a los negocios que amenazan con volverse obsoletos.

En el campo de la estrategia competitiva de una empresa, la cual define la forma como genera valor a sus clientes y enfrenta a su competencia, ser ambidextro implica hacer bien todo aquello requerido para competir en el presente, al tiempo que se van desarrollando capacidades que serán necesarias para competir en el futuro, atendiendo las tendencias de la industria, por ejemplo. Aparecen en estos casos tensiones dentro de la organización desde la competencia, por recursos; desde la definición del momento adecuado para refrescar la propuesta de valor, y desde la inercia natural a concentrarse preferencialmente en el presente. 

En ambos casos, una estrategia ambidextra implica vivir bien el presente, al tiempo que imaginamos y construimos el futuro de cara al cambio. El desafío, más que definirla y declararla, es ejecutarla. Tal como nos recuerda Roger Martin, reconocido académico y autor en temas empresariales, “la estrategia no es lo que decimos, es lo que hacemos”.

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La simplicidad también es la mayor sofisticación de una estrategia

Identificar las verdaderas prioridades de los clientes, y atenderlas haciendo lo básico bien y reconociendo el valor de lo simple, es condición necesaria para construir una estrategia competitiva ganadora.

Una aspiración natural de las empresas es diseñar y poner en práctica estrategias únicas, diferenciadas, innovadoras, disruptivas, complejas para hacerlas difíciles de copiar y que las posicionen como un actor especial dentro de su industria.

Les compartiré en esta ocasión una experiencia que me llevó a matizar mi visión de este paradigma. Participaba como consultor de una conversación en un reconocido grupo empresarial colombiano, y discutíamos sobre los elementos a considerar para construir una estrategia competitiva altamente diferenciadora enfocada verdaderamente en sus clientes. De repente, uno de sus vicepresidentes corporativos interrumpió con estas palabras: “Antes de esta conversación, ¿no deberíamos preguntarnos si estamos haciendo lo básico bien?” Todos quedamos en silencio.

La pregunta nos invitó a reconocer la importancia de hacer bien aquello que es elemental e importante para los clientes, esos mínimos que esperan que sucedan sin fallos ni demoras, lo que define que tengan esa experiencia que les permite percibir de inmediato el valor que buscaban desde la atención efectiva a su necesidad. Por supuesto, para un cliente es agradable que lo sorprendan, que le prometan y le cumplan cosas extraordinarias, incluso más allá de lo que requiere o espera. Sin embargo, lo imperdonable para un cliente es que la empresa no haga lo básico bien, es decir, que no sea capaz de entregarle ni siquiera aquel mínimo que demanda para atender su necesidad. 

Una compañía puede dejar de generarle valor a un cliente por no cumplirle promesas extraordinarias, pero más delicado es no cumplirle con aquello por lo que llegó y que otras empresas si logran aún sin ofertas tan adornadas. Cuando una empresa no hace lo básico bien corre el riesgo de generar una “diferenciación perversa” o negativa frente a sus competidores, y se hace distinta por deficiente en lo elemental, con lo cual logra la antítesis de cualquier estrategia.

Las empresas tienen un alto potencial de seducir a sus clientes dándoles lo más básico que esperan de manera impecable y simple, para que aquella necesidad esencial quede satisfecha a plenitud en una experiencia que por elemental y exitosa ya se vuelve memorable, les genera confianza y los hace regresar. La sugerencia entonces, al construir modelos de estrategia competitiva y propuestas de valor, es identificar las necesidades reales de los clientes y su orden de importancia, tener claro aquello que desean y lo que no puede suceder, así como lo que es mandatorio y lo opcional, para de esa manera buscar la excelencia en aquello que más les importa, en lo más valioso. 

Una vez la entrega impecable de lo básico a los clientes esté garantizada, construir “diferenciación positiva” desde mayores complejidades y promesas en la propuesta de valor recobra su legitimidad. Los clientes no suelen esperar más de lo que necesitan o de lo que les prometemos, pero tampoco menos, y para satisfacerlos es indispensable empezar por reconocer el valor de lo simple.

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La junta directiva y la estrategia

La junta directiva desarrolla un estrecho vínculo con la estrategia de su organización desde tres perspectivas y aporta a su construcción en cuatro momentos.

Dos funciones básicas de una junta directiva son aconsejar y controlar a la administración ejecutiva encabezada por el presidente o gerente general de una organización. Ellas justifican que las mejores prácticas, en términos del funcionamiento de las juntas, recomienden que los temas relacionados con la estrategia sean centrales en su agenda.

La junta directiva tiene la responsabilidad de conocer y entender la estrategia de la organización que orienta, proceso que debe empezar desde la inducción a sus nuevos miembros, y se profundiza en las sesiones ordinarias. Del entendimiento pleno de la estrategia por parte de la junta se deriva su capacidad para hacerle seguimiento, para contribuir con consejo en el proceso de su ejecución, y para cumplir su tarea de servir como conexión con el exterior y así ser un proveedor permanente de perspectiva, lo cual incluye traer a las conversaciones la mirada educada de largo plazo que balancea la tendencia natural en la administración ejecutiva a concentrarse en el corto plazo. 

Si bien la junta directiva tiene el compromiso explícito de entender y hacer seguimiento a la estrategia, la responsabilidad directa de construir y proponer la estrategia de la organización es propia del gerente general o presidente, y su equipo ejecutivo. La gerencia es la encargada de ejecutarla, y es por eso que su entendimiento, confianza y sentido de pertenencia alrededor de la estrategia formulada es fundamental. La junta directiva, por su parte, hace aportes a la construcción de la estrategia en cuatro momentos diferentes. El primero, al proveer su perspectiva a la gerencia respecto a la organización, su entorno y sus opciones de futuro, como un insumo para las conversaciones en las sesiones de estrategia que sostendrá posteriormente el equipo ejecutivo. Esta alineación general inicial es fundamental. El segundo, cuando la gerencia presenta y pone a consideración de la junta directiva su propuesta de estrategia para la organización. En ese momento la junta indaga acerca de los supuestos que la soportan, los desafía y los enriquece, pregunta y entiende los detalles de la estrategia formulada y los recursos y capacidades necesarias para ejecutarla, propone ajustes y dialoga activamente hasta lograr el nivel de alineación necesario con la administración ejecutiva para brindarle su confianza y compromiso de cara al proceso de ejecutarla. El tercer momento es durante las sesiones ordinarios de la junta directiva, en las cuales sus miembros hacen seguimiento a la ejecución de la estrategia y aportan en el proceso de afinamiento permanente del cual debe ser objeto a partir de sus resultados, y de la evolución del entorno y de la organización misma. El cuarto momento es en las sesiones especiales de junta directiva destinadas a conversar específicamente sobre la estrategia y los ajustes que requiere, los cambios en el entorno competitivo, los retos y prioridades para ejecutarla.

La junta directiva, para cumplir su rol, desarrolla un estrecho vínculo con la estrategia de su organización desde diversas perspectivas: conocerla y entenderla, hacerle seguimiento y orientar su ejecución, y aportar en su construcción y afinamiento permanente. La profundidad de sus aportes en cada perspectiva, y en cada uno de los cuatro momentos, es variable y dependerá de la experiencia y competencias disponibles en sus miembros. Su compromiso y sentido de pertenencia con ella, por su parte, deben ser plenos y simétricos con la gerencia para volverla realidad.

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Hablar de estrategia en las organizaciones exitosas

Las empresas exitosas necesitan reconocer los riesgos que las rodean en sus conversaciones sobre la estrategia para obtener el máximo provecho de ellas.

Las conversaciones sobre estrategia en las organizaciones tienen algún grado de complejidad implícita por diversas razones, algunas que expuse recientemente en “Conversaciones estratégicas: retos y recomendaciones”.

La situación en la cual se encuentra en un momento dado una empresa afecta el tono y la dinámica de sus conversaciones sobre la estrategia. De manera intuitiva, podríamos considerar que tales conversaciones son muy complejas en las empresas que atraviesan por problemas, y en cambio son muy fluidas y simples en las empresas exitosas. Varias experiencias recientes me han demostrado que para el caso de estas últimas no es así. Estas son algunas reflexiones al respecto.

El éxito de una empresa puede ser medido desde diversas perspectivas. En términos generales, he observado que la percepción de éxito respecto a una organización por parte de sus miembros, bien sean ellos accionistas, su junta directiva o sus ejecutivos y colaboradores, gira entorno a variables como su reputación, su solidez financiera, su crecimiento, el cumplimiento de sus metas, sus clientes más relevantes y su perspectiva de futuro en el mercado. Ese éxito se hace visible en las personas de la empresa desde el sentido de pertenencia, la satisfacción y seguridad que sienten por hacer parte de ella, el clima laboral agradable y de optimismo en el cual conviven, y una cultura organizacional reconocible por la que los identifican y de la que se sienten parte.

Todos esos ingredientes del éxito, tan positivos como deseables, generan riesgos particulares en tales organizaciones para las conversaciones sobre su estrategia. Estos riesgos, además, aparecen en distintas versiones dentro del espectro delimitado por dos extremos actitudinales de los equipos gerenciales en las empresas exitosas.

En uno de los extremos, están las empresas exitosas con equipos gerenciales llenos de confianza y optimismo, de deseos de crecer y de trascender lo logrado. En sus conversaciones estratégicas un riesgo es caer en la arrogancia que resulta del exceso de confianza y que genera un apetito desmedido por asumir riesgos, lo cual se hace explícito en deseos de crecimiento exponencial, replicando orgánicamente el éxito presente o vía adquisiciones, o en intenciones de diversificarse a negocios que no son adyacentes con los actuales y para los cuales no están preparados más allá de su solidez financiera. Aparece el riesgo entonces de centrar la conversación en el mediano y largo plazo, sin profundizar en las oportunidades estratégicas para optimizar el negocio actual en el corto plazo. Este se sustenta a su vez en el riesgo de dar por sentado que el éxito es una inercia natural producto de un derecho adquirido, lo cual legitima la negligencia frente a la idea de dar una mirada crítica al negocio en su estado presente. La conversación sobre estrategia puede caer en el ámbito de una especulación desestructurada acerca del futuro, desde el deseo y el capricho, apalancada en una plataforma de éxito sólido e inmutable que se legitima por una ingenuidad indolente y carente de sentido crítico.

En el otro extremo de las empresas exitosas están aquellas con equipos gerenciales conservadores, ortodoxos en su gestión y metódicos en su visión del crecimiento, todos ellos rasgos que explican el éxito en muchas organizaciones. En sus conversaciones sobre la estrategia aparecen igualmente riesgos relevantes. El primero es la apatía de los invitados. Una pregunta obvia para algunos de ellos sería “¿Para qué conversar de la estrategia si somos exitosos?”. Así mismo, es riesgosa la inercia hacia el privilegio en la conversación de temas relacionados con la profundización del negocio actual y acerca del corto plazo. En estas empresas el riesgo de la arrogancia adopta otras manifestaciones: la organización exitosa se hace refractaria a las conversaciones sobre el futuro y a reconocer sus posibles necesidades de cambio, se vuelve altamente susceptible a la crítica, apegada a los paradigmas que la llevaron al éxito, poco receptiva a las ideas divergentes, evasora del conflicto y la confrontación en sus equipos, apática frente a las oportunidades de aprendizaje y exploración de oportunidades para diversificarse, y especialista en racionalizar su lectura de la dinámica del entorno a su favor para afianzar su creencia respecto a la sostenibilidad perenne de su éxito tal y como es hoy.

La mayoría de las empresas exitosas, como quiera que ellas hayan definido su éxito, seguramente no se encuentran en ninguno de los dos extremos que he descrito, y en lugar de ello se ubican en algún punto intermedio del espectro. En cualquier caso, conversar sobre estrategia en ellas no está libre de riesgos, y lo importante es hacer conciencia de ellos para identificarlos y confrontarlos a tiempo a fin de obtener el mejor provecho de esas conversaciones.

La existencia de estos riesgos es natural y dista de ser un síntoma de una organización disfuncional o defectuosa. En las organizaciones, las conversaciones sobre estrategia se dan desde sus sesgos y su historia. En aquellas que se consideran exitosas la invitación es a que en tales conversaciones estén presentes, de manera balanceada, la gratitud y la confianza por lo logrado, y la curiosidad e inconformidad respecto al futuro.

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Conversaciones sobre estrategia: retos y recomendaciones

Conversaciones sobre estrategia: ¿Por qué son complejas y qué hacer al respecto? Algunas reflexiones desde la experiencia. 

Conversar sobre su estrategia es una necesidad en las organizaciones y, en aquellas que no lo hacen intencionalmente, es recomendable la adopción de esta buena costumbre. Existen en ellas escenarios formales para hacerlo, tal es el caso de los comités de gerencia, las sesiones de alineación o actualización estratégica que tienen lugar de forma semestral o anual, y las juntas directivas, entre otros. Algo es muy evidente en tales conversaciones: no todas son de la misma calidad y no siempre tienen consecuencias tangibles en los resultados.

En estos años como consultor, he tenido el privilegio de acompañar numerosas conversaciones de esta naturaleza, especialmente en sesiones de alineación estratégica y en juntas directivas. En ellas es común que los participantes enfrenten retos apenas naturales. Hablar de estrategia es sinónimo de conversar sobre el futuro lo cual, de manera implícita, es equivalente a encarar la incertidumbre. Así mismo, hablar sobre estrategia es acerca de hacer escogencias, y renunciar a opciones es una dificultad en sí misma, mucho más cuando se cae en el error de pretender construir consensos en medio de una amplia diversidad de miradas. Así las personas hagan parte de una misma organización, y compartan objetivos generales, es normal que la mirada de cada una al futuro sea diferente dada su asimetría en cuanto a información, experiencias, formación e intereses particulares. De hecho, una complejidad que pareciera paradójica es la asimetría en cuanto al conocimiento y al entendimiento de la estrategia misma por parte de los participantes en la conversación.

Otro reto de estas conversaciones es conservar su foco en el futuro y en lo relevante, dejando de lado la tentación de convertirlas en discusiones acerca del pasado lo cual las hace más anecdóticas que reflexivas. Si bien para hablar con sentido crítico de la estrategia es importante revisar lo sucedido y tener métricas de los resultados alcanzados, las conversaciones valiosas, que generan consecuencias, privilegian su enfoque en el futuro, concretan el estado pretendido por la organización y consideran la dinámica esperada de su entorno.

En estas conversaciones, y dada su complejidad por las razones expuestas, el papel de un consultor es facilitarlas haciendo preguntas para promover su avance conservando el foco. Así mismo, aportar metodologías que canalicen las discusiones para responder preguntas claves, y proveer marcos teóricos y experiencias que las enriquezcan. Un consultor debe abstenerse de caer en la tentación de sesgar estas conversaciones para agilizar su trámite, o incluso de dar consejos sobre asuntos de los cuales quienes mejor conocen son los miembros de la organización. Por encima de todo, el consultor debe evitar hacer más espesa la complejidad en conversaciones que son densas en sí mismas.

El éxito de una conversación colectiva sobre la estrategia depende en buena medida de tener muy claros los objetivos de la misma, de identificar desde el principio las preguntas a las cuales en ella se buscará respuesta, y de conservar el orden en la discusión así como la disciplina en el manejo del tiempo. Estas son algunas reglas prácticas que suelen resultar de utilidad en estas conversaciones, al margen de la presencia o no de un tercero externo a la organización que haga las veces de facilitador. En primer lugar, para hablar sobre la estrategia, sus planteamientos y la evolución de su ejecución, es importante garantizar que los participantes en la conversación tengan un nivel de claridad y entendimiento adecuado sobre la misma. Por eso recomiendo, en especial en las sesiones semestrales o anuales que realizan las empresas, incluir en la agenda un espacio para refrescar los postulados generales de la estrategia y nivelar el terreno para la conversación. Así mismo, es fundamental que los asistentes acuerden poner los intereses de la organización por encima de los personales en el marco de estas conversaciones, las cuales deben darse en un ambiente seguro y abierto, constructivo y de confianza. Las personas necesitan asumir una actitud de colaboración, para la creación conjunta, y no de competencia, para la exhibición individual. Otra regla obvia, derivada de lo ya mencionado, es privilegiar la discusión sobre el futuro y evitar quedar anclados en conversaciones sobre el pasado. Es también una buena práctica el renunciar desde el inicio de la conversación a la intención de llegar a consensos, y a cambio acoger la posibilidad de llegar a un nivel adecuado y suficiente de acuerdo alrededor del cual habrá pleno compromiso de todos.

Finalmente, una intención debe estar clara: Las conversaciones sobre la estrategia tienen implícito el deseo de construir la mejor versión posible de la organización, y para ello es fundamental que cada uno de los participantes ponga también su mejor versión al servicio de dichas conversaciones.

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Cultura organizacional: lecciones empresariales

Visiones y experiencias empresariales sobre el rol y la gestión de la cultura organizacional que sirven como referencia para las conversaciones en nuestras empresas alrededor de este tema esencial para convertir su estrategia en realidad.

En el “Primer foro de Presidentes”, organizado por la aerolínea Avianca y por la firma Marble Headhunter, el foro se ocupó de abordar el tema de la cultura organizacional y su poder dentro de las empresas. La sesión central del evento fue un panel compuesto por ejecutivos de primer nivel: Silvia Escovar presidente de Terpel, Bernardo Vargas presidente de ISA, Camilo Marulanda presidente de Isagen, Felipe Bayona presidente de Ecopetrol y Jorge Hernández vicepresidente de talento humano de BBVA. El panel fue moderado por Ana María Rubio, vicepresidente corporativo de talento humano de Avianca. En el auditorio estábamos algo más de 100 personas, en su mayoría gerentes generales y ejecutivos del área de talento humano, así como consultores en distintos campos. 

Muchas reflexiones surgieron de la conversación alrededor del tema de la cultura organizacional, tanto desde las experiencias y anécdotas en empresas tan emblemáticas como las representadas en el panel como desde las preguntas y aportes de los asistentes. En estas líneas comparto las que considero lecciones prácticas, de estas fuentes calificadas, que bien vale la pena tener en cuenta en las conversaciones sobre cultura en nuestras organizaciones.

El poder de la cultura

Las experiencias compartidas por estos líderes validaron que, tal como lo planteó Peter Drucker, la cultura sí está en capacidad de comerse a la estrategia al desayuno, es decir, sin la cultura adecuada es poco probable ser exitosos en la ejecución estratégica. La cultura es el contexto o telón de fondo para ese acto que es la estrategia, algo así como el medio ambiente humano en el que ella se desarrolla. Es el sistema operativo sobre el cual corre ese software en el que definimos qué queremos lograr y cómo vamos a lograrlo y al que llamamos estrategia. Por todo esto, estrategia y cultura van de la mano y necesitan plena alineación. La transformación cultural es base y plataforma de todo cambio organizacional en cualquier sentido. Por ello, en concepto de estos expertos, la transformación digital de la cual tanto se habla en diversas industrias tiene como uno de sus componentes centrales el cambio cultural como requisito para lograrla. 

Cultura y entorno

El poder de la cultura de una organización trasciende sus fronteras, según expusieron los presidentes de empresas con una presencia nacional e internacional extendida e intensiva. Es así entonces como la cultura impacta a las partes interesadas que rodean a una empresa, es decir, a sus clientes, proveedores y competidores, y muy especialmente a las comunidades donde tiene sus operaciones. La cultura, entonces, es también un factor de responsabilidad social. Las culturas empresariales contagian su entorno y son transformadoras en él. Es poco probable, por ejemplo, lograr que los clientes interactúen de una manera cercana y cálida con una empresa si al interior de esta última el trato amable y respetuoso entre quienes la conforman no es lo natural y cotidiano. Así mismo, es probable que la actitud ética de una empresa frente a las comunidades en donde opera, y en las cuales ejerce influencia, logre promover una dinámica de interacciones éticas entre las personas de la comunidad y de estos actores externos con la empresa. Las empresas dan ejemplo desde su cultura.

Cultura y estrategia

La claridad sobre la estrategia es el punto de partida para la gestión de la cultura. Las culturas no son buenas en sí mismas, lo son en función del impacto que tengan facilitando que la estrategia se haga realidad. La construcción de la estrategia debe ser un ejercicio colectivo dado qué, cuando ello sucede, ya no hay que convencer a personas claves de los objetivos de la empresa, ni tampoco de la necesidad de ajustes en la forma de comportarse para lograrlo. El sentido de pertenencia con la estrategia anima a los miembros de las organizaciones para avanzar en una tarea compleja y demandante en paciencia como la de construir la cultura deseada y necesaria. El ejercicio de construcción colectiva de la estrategia, y de su socialización amplia y generosa, es crítico, además, en épocas como esta donde las personas jóvenes necesitan motivarse para comprometerse con su organización desde argumentos más profundos, demandan razones que expliquen y demuestren que las escogencias estratégicas de las empresas hacen sentido, y están preguntándose permanentemente si vale la pena seguir o no siendo parte de una compañía. En una empresa como Avianca, por ejemplo, donde el 65% de sus 22000 empleados son “millennials”, la tarea de seducirlos desde la estrategia y la cultura es permanente.

Gestión de la cultura

El proceso de gestión de la cultura, una vez definida claramente la estrategia, debe empezar por un diagnóstico de su estado actual según estos experimentados ejecutivos, y para ello recomiendan acompañarse de firmas especializadas. Desde la estrategia se definen los rasgos de la cultura deseada, y al contrastarla con los resultados de la medición de la cultura actual quedan identificadas las brechas a gestionar. En este sentido, y de manera para algunos contraintuitiva, la sugerencia es concentrarse en cerrar tales brechas enfocados en un número reducido de rasgos de la cultura, no más allá de 3 o 4, aquellos más críticos y de más impacto. Un factor clave para el éxito de estos procesos de transformación cultural es la simplicidad en todos los aspectos: en el número de elementos de la transformación, en las razones que se exponen para hacerlo, en el lenguaje con el que se comunica todo a lo largo del proceso, en los incentivos para cambiar y en las métricas del cambio, y en los mensajes constantes que acompañan este esfuerzo. 

Estos son algunos aspectos prácticos de simplicidad y claridad para el proceso. Es ideal definir una lista concreta de 4 o 5 valores que alimentan esa nueva cultura. Los valores son aquello en lo que creemos y que justifican la cultura, es decir, el que nos comportemos de la manera deseada. Una lista de extensión similar se puede definir para las características del modelo de liderazgo que necesita la nueva cultura, y otra para hacer explícitas las competencias a desarrollar en las personas para lograr esa transformación cultural. Igualmente, es relevante definir de manera concreta, por ejemplo, qué entiende la organización como una experiencia memorable para el cliente, para promover desde dicha claridad, y en forma legítima, los comportamientos necesarios en sus miembros para brindarla efectivamente a aquellos. El conjunto de comportamientos que constituyen la cultura debe estar explícitamente articulado con objetivos tangibles de la estrategia, tal como ilustra este último ejemplo. 

Los resultados de un proceso intencional y bien ejecutado para imprimir los rasgos deseados en la cultura tardarán no menos de dos años, en el mejor de los casos, según la experiencia de varios de los panelistas. Cuando queremos cambiar la cultura el método no es arrasar con la existente, más bien es el de construir sobre lo ya construido enfocados en los rasgos relevantes. Algo que sí es intuitivo y obvio, aunque no por eso menos relevante, es la importancia del compromiso explícito y profundo de la alta dirección para el cambio cultural, el cual debe ser observable desde su ejemplo cotidiano, empezando por el presidente o gerente general. La credibilidad que ello genera es un motor clave de inercia positiva para el proceso de transformación cultural. En síntesis, los pilares determinantes para el éxito del desarrollo cultural en las organizaciones son: alineación con la estrategia, foco, simplicidad, comunicación y ejemplo. La promesa de este esfuerzo es que cuando un negocio transforma su cultura, se transforma el negocio. 

Cultura y cambio

La transformación cultural en las organizaciones comienza en cada uno de sus integrantes. El cambio en los negocios, su entorno y sus modelos, sucede a una velocidad vertiginosa que fácilmente sobrepasa la capacidad y velocidad de cambio en las personas. La cultura tiene el potencial para ser un facilitador del cambio en épocas tan dinámicas. Una de las palancas para acelerar el cambio en las personas es la educación y el desarrollo de competencias. Las culturas organizacionales que son adaptables suelen precisamente promover en las personas una alta disposición para el aprendizaje, para la experimentación, administran apropiadamente el error y fomentan la iniciativa. En cuanto a esta última, algo particular de nuestras culturas latinas según estos expertos: somos muy buenos para tener iniciativa, pero no tan buenos para tener “acabativa”, es decir, caemos en la tentación de empezar e involucrarnos en muchas cosas, pero nos cuesta concluirlas y con facilidad las dejamos a mitad de camino. En épocas de cambio, el fomento a las iniciativas debe estar acompañado de foco para escogerlas bien y de disciplina para procurar concluir las que empezamos. De otra parte, las empresas que han tenido algún liderazgo en sus industrias deberían cuestionar seriamente si el mismo es sostenible: “cuando quienes vienen detrás vemos que están corriendo más rápido que nosotros, la sostenibilidad de nuestro liderazgo está seriamente comprometida”, manifestó la presidente de Terpel. La búsqueda de sostenibilidad explica, por ejemplo, que Ecopetrol esté haciendo fuertes inversiones en energía solar y generada por biomasa, para procurar conservar su liderazgo desde una actitud proactiva frente al cambio, y adoptando el paso al que marcha el desarrollo en el mundo de energías alternativas al petróleo y el gas. Sostener el liderazgo desde una mentalidad competitiva y creativa, y diversificarse anticipadamente a negocios de largo plazo, son casos que evidentemente demandan una transformación cultural. 

Cultura y ética

La ética es el campo de la filosofía que estudia la moral, y ésta a su vez explora las fronteras entre el bien y el mal, entre lo conveniente y lo inconveniente. Los comportamientos no éticos, y la tolerancia con la corrupción, son dos riegos que enfrentan cada vez con más frecuencia las empresas. La mejor manera de promover la ética en las organizaciones es haciéndola parte de su cultura, y vivirla en la cotidianidad como la forma obvia de actuar. Para lograrlo, es fundamental que los códigos de ética sean simples, comprensibles, prácticos y aplicables. Así mismo, el cuidado en los procesos de selección es clave para evitar el ingreso de personas desalineadas desde sus valores con la organización. 

A manera de conclusión, vale anotar que todas estas reflexiones, desde la práctica, están plenamente alineadas con literatura especializada y reciente sobre los factores claves para la ejecución de la estrategia, la cual pone como fundamental todo lo relacionado con las personas y, de manera muy especial, con la cultura de las organizaciones. Ella siempre está allí presente, con su fuerza silenciosa, apoyando o incomodando a la estrategia. Ignorarla es un error ingenuo. Gestionarla es un reto que requiere método y perseverancia, y del cual es esencial hacerse cargo en las organizaciones. Casos como los de las empresas en el panel así lo demuestran. 

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¿A quién invitar a las sesiones de estrategia?

La diversidad es valiosa para las conversaciones sobre la estrategia, en las que además se forman los mentores que la difunden en la organización y lideran su ejecución.

Las empresas suelen tener la disciplina de reservar algunos espacios a lo largo del año para conversar sobre su estrategia. Estas sesiones reciben diversos nombres, por ejemplo, alineación estratégica, revisión de la estrategia, planeación estratégica, o “strategic review”, entre otros. En estas conversaciones son abordados temas relacionados tanto con la formulación de la estrategia (¿Es nuestra estrategia la correcta?), como con su ejecución (¿Qué resultados hemos logrado con esta estrategia y qué podemos hacer para ejecutarla mejor?).

En la experiencia de acompañar estos procesos, una pregunta que encuentro con frecuencia en las empresas es la siguiente: ¿A quién debemos invitar a las sesiones de estrategia en las que participan ejecutivos de la organización? Los criterios son múltiples y varían según cada empresa. A continuación, comparto algunos que pueden servir como referencia.

En las sesiones ejecutivas de estrategia es fundamental que esté presente la alta dirección de la organización. Es intuitivo que así sea, pese a ello existe el riesgo de no darle la importancia suficiente a este compromiso y encontrar casos en los cuales algunas personas claves dejan de asistir. Esto incluye la presencia indispensable del gerente general o presidente como líder del proceso de formulación y ejecución de la estrategia. Son los ejecutivos de la organización, liderados por su cabeza visible, los que revisan la estrategia e identifican los ajustes pertinentes para su ejecución. La profundidad de los ajustes necesarios puede variar, y es así como la implementación de algunos de ellos es potestad de la administración ejecutiva, y otros deben ser discutidos y acordados con la junta directiva, y en ocasiones incluso con la asamblea de accionistas.

Además de la participación de la gerencia general o presidencia, y del equipo gerencial primario que le reporta, hay otro universo de personas cuya presencia en las sesiones de estrategia puede ser relevante. En estos espacios es siempre interesante, por ejemplo, contar con aquellas personas que tienen potencial real para aportar, aun cuando su cargo no sea del primero o segundo nivel jerárquico. Esta condición se las brinda su experiencia, su conocimiento especializado, su liderazgo natural o informal, o su demostrada capacidad de observar a la organización, con sentido crítico y constructivo, de manera no convencional.

Así mismo, es interesante contar con personas que son clave para el proceso de ejecución por la naturaleza de su responsabilidad. Además de su capacidad de aporte, para ellas participar en las discusiones estratégicas genera sentido de pertenencia, que es un motor vital de motivación y compromiso. De la mayor importancia es contar en estos espacios con la presencia de personas nuevas que llegan a la organización a ejercer cargos relevantes para la ejecución de la estrategia. Es su oportunidad para alinearse, aportar una mirada fresca, construir vínculos con otros líderes de la organización y evidenciar componentes importantes de su cultura, entre otras posibilidades que les brinda esta experiencia.

Otros invitados interesantes a estas sesiones son aquellas personas que se encuentran liderando proyectos de futuro los cuales, si bien no son parte central de la cotidianidad presente de la organización, han sido puestos en marcha para la construcción de negocios o capacidades fundamentales para el mediano y largo plazo. Es importante que estas personas mantengan la perspectiva de la organización completa, y estas sesiones son un buen escenario para que lo logren.

Las sesiones de estrategia son también un excelente escenario de formación para las personas jóvenes, o que llevan poco tiempo en la organización, y que han sido identificadas como de alto potencial. Participar en estos espacios acelera su curva de aprendizaje, les brinda perspectiva y se convierte en una forma de reconocimiento para enviarles una señal clara y estimulante respecto a la forma como están siendo percibidas por la organización.

Con respecto a la alta dirección, puede aparecer la pregunta sobre la conveniencia o no de contar con la presencia de miembros de la junta directiva en las sesiones de estrategia. Hay casos en los cuales esta situación es natural, por ejemplo, en las empresas de familia que son gestionadas al nivel ejecutivo por sus fundadores o sus descendientes, y que están desarrollando una estructura de gobierno corporativo en la cual también ellos hacen parte de la junta directiva. Hay casos incluso en los cuales aparece la denominada “triple condición”, en los que una persona es al mismo tiempo accionista, miembro de la junta directiva y ejecutivo de una empresa. Lo más importante en esos casos mencionados es la claridad que la persona tenga respecto a las características y fronteras de cada rol, así como los escenarios para ejercerlos. Así entonces, el de accionista se ejerce en la asamblea, el de miembro de junta en las sesiones de ese órgano de gobierno, y el de ejecutivo en la cotidianidad del negocio, lo cual incluye las sesiones de estrategia a las que estoy haciendo referencia. El resultado de dichas sesiones suele ser escalado a la junta directiva, bien para ilustración o consulta. En ese escenario de la junta la discusión sobre la estrategia es diferente en cuanto al alcance y propósito en comparación con la discusión al nivel ejecutivo. En la junta directiva, por ejemplo, las preguntas respecto a los objetivos de la estrategia están más concentradas alrededor de qué, por qué y para qué, y un poco menos alrededor de los detalles del cómo. En la conversación ejecutiva, además de tener la responsabilidad de proponer escogencias respecto al qué, soportadas por los por qué y para qué, es fundamental profundizar en el cómo conseguir esos objetivos, los recursos necesarios, las capacidades pendientes, los tiempos y métricas, entre otros. Así entonces, el miembro de junta que es también ejecutivo, y participa en las sesiones de estrategia, habrá de tener claro que su rol es diferente en cada escenario.

Una forma interesante de involucrar a la junta directiva en el proceso estratégico es llevando a cabo con sus integrantes, antes de las sesiones ejecutivas de estrategia, una conversación de recolección de insumos relacionados con su visión respecto al entorno, la organización, los negocios, los resultados, las expectativas y las oportunidades que proponen explorar. Estos insumos son luego incorporados en las conversaciones que tienen lugar en las sesiones de los ejecutivos para considerarlos en la definición de los ajustes a implementar, o a proponer a la junta misma, después de tales sesiones.

En los casos en los cuales no se da la mencionada triple condición, o cuando los miembros de junta no ejercen cargos ejecutivos, es importante reflexionar sobre la conveniencia de su presencia en las sesiones ejecutivas de estrategia ya que invitarlos es opcional para la gerencia. Una pregunta fundamental a resolver es la relación costo beneficio entre su potencial aporte en la sesión y el efecto que para la fluidez de la misma tenga su participación. No es extraño que, ante la presencia de un miembro de junta en la reunión, se inhiba o disminuya la participación de los asistentes por razones de confianza o de respeto a la jerarquía, tan común en la cultura de nuestras organizaciones. Así entonces, si dicho miembro de junta no se convierte en un obstáculo o distractor para una buena sesión ejecutiva de estrategia, y si está dispuesto a adoptar el rol que le corresponde en ese escenario abierto de discusión y autocrítica, bienvenida su participación.

Las conversaciones sobre estrategia son más complejas en presencia de miradas múltiples y diversas, pero dicho costo bien se justifica en tanto disminuye substancialmente el riesgo de llegar a conclusiones equivocadas y se ganan mentores estratégicos para la organización, cargados de capacidad para difundir y explicar la estrategia desde su claridad, compromiso y sentido de pertenencia. 

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Hacer buenas preguntas: una virtud gerencial bien valorada

Hacer buenas preguntas es clave para lograr buenas respuestas. ¿Qué características tienen las buenas preguntas en una conversación gerencial?

Las preguntas son una herramienta fundamental para darle dinámica a la comunicación, y formularlas de manera adecuada es una competencia gerencial deseable por diversas razones, como la necesidad permanente en las organizaciones de dialogar de forma efectiva para tomar decisiones y avanzar a ejecutarlas.

Las buenas preguntas en las conversaciones gerenciales generan valor en escenarios en los cuales el tiempo es restringido y la complejidad es alta, tal es el caso en una junta directiva. Así mismo, en situaciones en las cuales las miradas a un asunto son diversas y está de por medio la necesidad de tomar una decisión partiendo de muchas alternativas. Hacer buenas preguntas, sin embargo, es más sofisticado de lo que parece. 
Recientemente, en un espacio académico con ejecutivos que pertenecen o reportan a juntas directivas, exploramos cuales son, desde su experiencia, las características de las buenas preguntas en una conversación gerencial.

Las mejores preguntas suelen ser concretas, simples y claras, es decir, van al punto. En la comunicación gerencial, el poder de síntesis es una virtud altamente valorada. Este tipo de preguntas, carentes de editoriales, florituras y contextualizaciones innecesarias, suelen ser, por lo tanto, cortas. Otra condición básica de una buena pregunta, que podemos suponer obvia, aun sin serlo, es que sea pertinente a la conversación, en tanto respeta el alcance de esta última, no la arriesga a desviarse innecesariamente y no la pone a competir con asuntos aptos para otro momento.

Las buenas preguntas permiten que emerja información nueva que no estaba disponible, es decir, facilitan que se enriquezca y avance el diálogo a partir de elementos adicionales. También abren nuevas ventanas para el aprendizaje. 

Otra de sus características, propia de las mejores preguntas, es que elevan el nivel de la discusión y del análisis, lo cual permite evolucionar en la madurez de la conversación y acercarla a su objetivo. Hay riesgos comunes en las conversaciones gerenciales.

Uno de ellos, es el de caer en redundancias. En tales casos, son de valor las preguntas que mueven la conversación hacia adelante en lugar de retrasarla. Otro riesgo frecuente es el de discutir desde paradigmas arraigados, algunos que pueden ser obsoletos o no relacionados con la conversación. En estos casos, las buenas preguntas retan supuestos y ayudan a desenmascarar sesgos que deterioran los procesos de toma de decisiones.

Las buenas preguntas tienen una sana intención, es decir, están movidas por el interés legítimo de indagar por lo relevante y no por el de generar ruido, que incomoda y distrae. De esa característica se deriva otra, muy interesante para promover el aprendizaje en las organizaciones: las buenas preguntas empoderan a quien las responde en lugar de ponerlo en aprietos. Ellas son una oportunidad para dejar a disposición de todos lo mejor del conocimiento y la experiencia individual. 

Finalmente, encontramos dos elementos de forma que tienen las buenas preguntas: son limpias, es decir, no contienen implícita una respuesta ni están formuladas con sesgos que les restan transparencia para llegar a las mejores respuestas. Están planteadas para descubrir, no con la intención de hacer una afirmación de manera encubierta u oportunista. En la gerencia creemos, a veces, que es más importante la habilidad para responder preguntas que para hacerlas. Ambas competencias son importantes. A mayor nivel de responsabilidad, más critico es hacer buenas preguntas.

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Estrategias deliberadas y emergentes

La estrategia, en la práctica, necesita incluir y balancear una dimensión deliberada, que es intencional y enfocada, y otra emergente, que es flexible y adaptable.

Definir la estrategia en las empresas es sinónimo de hacer escogencias respecto a qué queremos lograr y cómo vamos a conseguirlo. Estas elecciones tienen implícita una lectura particular del entorno, el futuro y la organización misma por parte de los arquitectos de la estrategia, quienes la elaboran desde su experiencia y a partir de información, por lo general, incompleta. Por ello toda estrategia suele tener, como ingredientes naturales, subjetividad e incertidumbre.

La subjetividad es inherente a todo acto humano. La construcción colectiva de la estrategia, la metodología y la información, son herramientas para mitigar el riesgo de padecer el efecto negativo de la subjetividad en su versión caprichosa e ignorante. La subjetividad informada y ordenada, de otro lado, que es a veces colectiva, que se expone al reto de la discusión, y que logra aleaciones novedosas entre los hechos y la imaginación, es la que permite algunas de las estrategias exitosas, disruptivas y diferenciadoras, que en ocasiones observamos. 

La incertidumbre, por su parte, es inherente a cualquier conversación sobre el futuro. Hay riesgos que observamos, unos gestionables y otros no. Hay otros que no anticipamos. Reconocer y acoger tal ignorancia es vital en los procesos estratégicos, y es menos riesgoso que asumir erradamente que lo tenemos todo claro. Mark Twain, escritor estadounidense, anotaba que “no es lo que no sabemos lo que nos genera problemas. Es lo que creemos que es cierto, pero resulta no serlo”. La incertidumbre es el ingrediente que le da la flexibilidad a la estrategia para aprovechar oportunidades inesperadas, aprender y adaptarse a condiciones imprevistas, según Donald Sull, experto en estrategia del MIT. Incertidumbre implícita y flexibilidad son características de una estrategia bien estructurada. 

Esta reflexión nos remite a una interesante tensión observable en las empresas entre su estrategia deliberada y su estrategia emergente. La primera, hace referencia a la estrategia que intencionalmente busca ejecutar la compañía, definida formalmente y enfocada en escogencias particulares que resultan de la lectura inicial de los arquitectos. La segunda, es aquella que va tomando forma en el camino, a partir de la estrategia deliberada que le sirve como referencia y de la cual puede alejarse en distinta proporción. Ella va incorporando, desde la flexibilidad, aquellas incertidumbres que dejan de serlo y las nuevas que aparecen, así como las oportunidades no previstas que surgen del entorno y de las capacidades que va desarrollando la empresa. 

Henry Mitzberg, un reconocido académico y escritor, considera que, dado que la estrategia es dinámica, todo proceso estratégico debe incluir las dos dimensiones: deliberada y emergente. Sugiere que la excesiva rigidez alrededor de la estrategia deliberada impide el aprendizaje y genera el riesgo de desaprovechar oportunidades legítimas, mientras que la dimensión emergente, llevada al extremo hasta dejar la formulación de la estrategia al azar, impide el control y el enfoque de la gestión. Como antagonista filosófico del reconocido Michael Porter, Mintzberg nos recuerda que algunas herramientas tradicionales para hacer estrategia operan en la dimensión deliberada, pero entorpecen la reacción oportuna en la dimensión emergente. 

Aunque pareciera paradójico, gestionar la tensión entre las dos dimensiones requiere mucha disciplina. De una parte, para definir la estrategia deliberada y ejecutarla. De otra, para observar con curiosidad, y de forma permanente, la dinámica interna de la empresa y de su entorno, y acoger oportunamente a la estrategia emergente. 

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La importancia del propósito empresarial

El propósito declarado de una organización es clave para generar vínculos con sus miembros y su entorno, y así movilizar su estrategia.

Las organizaciones necesitan definir con claridad su propósito, es decir, su razón de existir, el tipo de valor que crean y el impacto que buscan lograr en su entorno. Algunas enuncian su objetivo, erradamente, como discurso genérico, de frases calcadas de otras compañías, y sin conciencia respecto a la utilidad y efecto potencial que tiene esta pieza básica de la filosofía de una empresa. 

El profesor Costas Markides, del London Business School, reconocido investigador y ‘gurú’ contemporáneo de la estrategia empresarial, publicó recientemente un modelo sobre las que considera son las cuatro fases del éxito para la ejecución de la estrategia. En la primera, a las personas de la organización se les comunica la estrategia. En la segunda, las personas entienden porqué tal estrategia es importante para su organización y para ellas mismas, y comienzan a identificar terrenos comunes entre el propósito de la empresa y el suyo individual. En la tercera, las personas desarrollan confianza a partir de las victorias tempranas, creen que la estrategia es posible, y empiezan a imaginar proactivamente caminos para ejecutarla. En la cuarta, las personas alcanzan lo que Markides denomina “compromiso emocional”, actúan de manera alineada con la estrategia por convicción y desde un alto sentido de pertenencia. Todo este proceso sucede en una plataforma compuesta por los indicadores e incentivos correctos, los valores y la cultura adecuados a la estrategia, las estructuras y procesos que facilitan su ejecución, y la mentalidad y competencias apropiadas en las personas de la organización. 

Socializar la estrategia, por lo tanto, no es suficiente para lograr que las personas se comprometan plenamente con esta. Markides cita un estudio en el cual, mientras el 95 por ciento de los presidentes de una muestra de empresas pensaba que toda su gente estaba comprometida con la estrategia, más del 80 por ciento de los empleados encuestados manifestaron que ni siquiera la conocían. Para cerrar esa brecha, y avanzar hacia el compromiso genuino de las personas, el propósito empresarial es pieza clave. 

El propósito sirve a la empresa como guía para definir sus valores, desarrollar su cultura, y orientar sus decisiones estratégicas cotidianas. Es un pilar que le da firmeza a la estrategia, y mantiene su norte, frente a las adaptaciones que suelen ser necesarias en su proceso de ejecución, y es un mensaje para las partes interesadas que rodean a la organización respecto al aporte a la sociedad que la mueve y lo que quiere significar para todas ellas. El propósito define aquello de lo que se perdería la sociedad si la empresa dejase de existir.

Para los miembros que hacen parte de la organización, y para el talento que quiera atraer, el propósito empresarial es un eslabón de enlace con su objetivo personal, y una guía para sus comportamientos, que alimenta el sentido de pertenencia. Cada persona necesita, en algún momento, identificar el sentido que hace para su vida ser parte de una organización. Un propósito bien formulado debe estar en capacidad de darle respuesta a cada uno de sus miembros acerca de lo valioso de su trabajo y de la relevancia de su aporte cotidiano. La conexión con el propósito empresarial es un ingrediente fundamental para lograr el ‘compromiso emocional’ de las personas, clave para que las empresas sean exitosas ejecutando su estrategia.

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Juntas directivas y endogamia organizacional

Juntas Directivas: ¿Por qué son importantes los miembros independientes? 

La endogamia es una condición social observada en algunas especies animales que establecen comunidades en las cuales los individuos que las componen tienen una alta similitud genética debido a su parentesco. Esta situación hace que, con el paso del tiempo, se concentren cada vez más, tanto las virtudes como las fragilidades de la genética de esa comunidad, amplificando sus ventajas, pero también las debilidades y los riesgos para esos individuos en comparación con otros de la especie que hacen parte de comunidades menos emparentadas y más diversas genéticamente. En el resultado neto, los efectos de tal condición suelen ser negativas.

En las organizaciones, el riesgo de incurrir en una condición de endogamia también existe, tanto a nivel de los equipos gerenciales como de la junta directiva. Es por ello que las buenas prácticas de gobierno corporativo recomiendan la presencia de los denominados ‘miembros independientes’. Ellos son personas que no tienen ningún vínculo con la empresa de cuya junta directiva hacen parte, es decir, no son accionistas, no son empleados, no dependen de ella económicamente ni tienen con relaciones comerciales vigentes, entre otras consideraciones. 

Los objetivos de contar con miembros independientes en una junta son variados, algunos encaminados a conjurar, a partir de la diversidad, el riesgo de caer en la ‘endogamia organizacional’ y padecer sus efectos negativos que suelen no compensar sus beneficios. Desde el punto de vista de la estrategia, estos miembros garantizan que se rompa la inercia y promueven una mirada fresca, más liviana en sesgos, al direccionamiento tradicional. Ellos pueden cuestionar el statu quo desde preguntas difíciles y enriquecer el diálogo sobre el futuro, sin caer en el riesgo de herir susceptibilidades históricas o estresar relaciones familiares. Estas personas traen, además, competencias, experiencia y relaciones con el entorno de la organización que en ocasiones no existen en las juntas que han sido muy cerradas, como es el caso de algunas compuestas solo por accionistas o por miembros con conocimientos muy homogéneos.

Los miembros independientes son, además, pilares valiosos para la construcción y fortalecimiento del gobierno corporativo. Estas personas están desprovistas de conflictos de interés, tienen una relación imparcial con la gerencia a la que aconsejan y supervisan, balancean el poder de los miembros de junta patrimoniales o no independientes por otras circunstancias, y pueden servir de contrapeso a intereses particulares, de algunos accionistas o miembros de junta directiva, que eventualmente no coincidan con los de la organización. Son de vital importancia, además, en situaciones de conflicto entre accionistas, las cuales suelen contagiar a las juntas directivas en las que sus miembros son patrimoniales o gozan de parcial independencia. En las empresas familiares, los miembros independientes son un apoyo crítico para los accionistas en el manejo de su relación con su organización, la cual suele ser estrecha. En todos los casos, los miembros independientes le aportan a la junta directiva legitimidad frente a distintas partes interesadas del entorno de la organización, por ejemplo, el sector financiero, clientes y proveedores, y los mismos accionistas. 

Para que todos estos efectos positivos sucedan, y alejarse de la ‘endogamia organizacional’, es fundamental que los miembros independientes cuenten con legitimidad desde su perfil y experiencia, con la acogida respetuosa por parte de los miembros no independientes y, principalmente, con el respaldo de la asamblea de accionistas que los eligió.

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Intuición gerencial

¿Qué es y cómo utilizar en la toma de decisiones esta capacidad que desarrollamos desde la experiencia?

“Tomar las decisiones importantes es la tarea específica de un ejecutivo”, anotó Peter Drucker en uno de sus escritos ya convertido en clásico. 

En efecto, decidir es una tarea gerencial cotidiana de cuya calidad y oportunidad depende, en buena medida, el éxito en este oficio. Es por ello que desde mediados del siglo pasado tomó fuerza en el mundo de los negocios un campo de investigación conocido como ciencias de la decisión, el cual mezcla elementos de ámbitos como sociología, sicología, antropología, filosofía, matemáticas y economía para ensamblar una disciplina que se ocupa de estudiar, entre otros temas, la toma de decisiones bajo incertidumbre, la modelación estadística de decisiones y pronósticos, la gestión del riesgo y la aplicación de los hallazgos de la economía conductual al mundo gerencial. De hecho, las más prestigiosas escuelas de negocios cuentan hoy con un departamento de ciencias de la decisión. La fascinación de la academia por el estudio de la forma en la que las personas decidimos y de los mecanismos para tomar mejores decisiones, ha llevado a que investigadores como Daniel Kahneman y Richard Thaler hayan sido galardonados con el Premio Nobel de Economía por sus aportes en tal sentido.

La intuición como herramienta para la toma de decisiones gerenciales, ha sido uno de los temas de investigación entre académicos vinculados a las ciencias de la decisión y la economía conductual. El interés por la intuición en el terreno gerencial surgió de las limitaciones prácticas de los modelos racionales prescritos para tomar decisiones de negocios prevalentes en la academia hace algunas décadas, que privilegiaban exclusivamente la recolección y análisis de información. De hecho, el concepto de intuición en la gerencia estuvo por años proscrito en el mundo académico, hasta que reconocidos filósofos de la administración como James March, Herbert Simon, Henry Mintzberg y Kathleen Eisenhardt, entre otros, le abrieron la puerta a la legitimidad a partir del reconocimiento que hicieron de su importante papel en la práctica administrativa, y particularmente en los procesos de toma de decisiones que tienen lugar en la vida real de un gerente.

Al igual que sucede con diversos conceptos de las humanidades, son múltiples las definiciones y tipos de intuición en el terreno de la gerencia, ello resultado de la diversidad de maneras en la cual los investigadores la han aproximado. La denominada ‘intuición experiencial’ es una de ellas. Esta es la intuición que se desarrolla desde la experiencia y que se caracteriza, entre otros aspectos, por la capacidad que nos proporciona, al momento de enfrentar una decisión gerencial, de reconocer patrones y de hacer asociaciones de porciones aparentemente desarticuladas de información. En otras palabras, es una de las formas en las que opera la experiencia, para poner los aprendizajes pasados al servicio de una situación presente, repasando situaciones similares sucedidas y haciendo sentido de las piezas de un rompecabezas incompleto, sin imagen de referencia. La experiencia permite intuir la forma y contenido de las piezas faltantes, así como tal imagen de referencia.

En este contexto, la intuición experiencial no es lo contrario a la racionalidad, ni su sustituto, ni es un proceso aleatorio de conjeturar. Por el contrario, la intuición es vista como una forma inconsciente de procesar información que es complementaria y paralela a la racionalidad, en particular útil para tomar decisiones con información escasa o incompleta, frente a una alta incertidumbre, ante múltiples alternativas equiparables con soporte racional sólido, y bajo la presión del tiempo. Así, entonces, para la toma de decisiones los ejecutivos pueden apoyarse y confiar simultáneamente en los análisis racionales y en la intuición experiencial, cuando sea necesario. 

Respecto a la intuición, siempre surge la pregunta: ¿cuándo y cómo debo usarla como una herramienta legítima para tomar decisiones? En una publicación reciente de la consultora McKinsey, Daniel Kahneman reconoce la validez de usar la intuición como herramienta para tomar decisiones en algunos casos, siempre con la precaución de reconocer que no todo lo que intuimos es totalmente acertado. Plantea, además, cuatro pruebas o condiciones para que los ejecutivos hagan uso de ella de manera más efectiva en los procesos de decisión: 1. Prueba de la familiaridad: ¿qué tan profunda es su experiencia en situaciones similares? 2. Prueba de la evidencia: ¿qué tan confiable es la evidencia que al respecto posee de decisiones pasadas? 3. Prueba emocional: ¿qué tan moderadas o fuertes son las emociones que tengo respecto al asunto? 4. Prueba de la independencia: ¿tengo algún conflicto de interés frente a esta decisión? Estas pruebas validan la experiencia, y evidencian sesgos emocionales o por intereses que puedan desorientar la intuición.

La intuición gerencial es una herramienta útil que podemos poner, con prudencia, al servicio del proceso de tomar decisiones, y cuyo uso apropiado requiere un alto nivel de autoconocimiento y de conciencia de sí mismo.

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Prioridades estratégicas

¿Cuántas deben ser las prioridades estratégicas de nuestra organización? Pregunta frecuente para cuya respuesta proponemos algunas reflexiones.

Estrategia es enfocarse. En una reciente entrevista, Tim Cook, presidente de Apple, planteó que una de sus principales funciones es proteger a la organización del cúmulo de ruido externo para lograr mantenerla enfocada. Agregaba que la gente se sorprende al enterarse que los productos nuevos, o en proceso de mejora, en los cuales está concentrada Apple caben en una mesa de tamaño mediano. Así ilustra el esfuerzo por hacer escogencias, como virtud central del proceso estratégico, en una empresa inundada de posibilidades.

Donald Sull, profesor de estrategia en MIT, publicó hace algunos meses un estudio que llevó a cabo con otros colegas, para explorar el grado de enfoque en compañías que hacen parte del índice bursátil S&P 500 de Estados Unidos, considerado uno de los más representativos de ese mercado. Estos investigadores revisaron los informes anuales de 494 de esas empresas para identificar las prioridades estratégicas que en ellos publicaban. Las prioridades estratégicas son el conjunto de tópicos en los cuales la organización se enfoca para acelerar la ejecución de su estrategia en un horizonte de tiempo de 3 a 5 años, sin descuidar aquello que hoy valoran sus clientes o por lo cual es reconocida. Algunos ejemplos son internacionalizarse, encontrar un aliado estratégico, ingresar a un nuevo negocio, implementar su estrategia de transformación digital, estructurar su gobierno corporativo o configurar el plan de sucesión de su presidente ejecutivo. El 71 por ciento de las empresas en la muestra hicieron explícitas sus prioridades estratégicas en sus informes anuales, y la mayoría (55 por ciento) enunció entre 3 y 5 prioridades. Dada la dimensión y diversidad de dichas empresas, la expectativa natural era observar un número mayor de prioridades. Concluyeron estos autores que un conjunto efectivo de prioridades estratégicas está compuesto por un número reducido de asuntos, se enfoca en construir el mediano plazo sin descuidar el corto plazo, hace explícitas escogencias profundas y aborda riesgos sensibles para la sostenibilidad de la organización. De esa forma, las prioridades definidas orientan acciones e inversiones, y alinean la agenda del equipo gerencial.

Los dos casos mencionados ponen de presente que enfocarse y elegir es una necesidad estratégica para las compañías, y reconocen que lograrlo tiene dificultades, por diversas razones: no escoger es una opción cómoda en el corto plazo, ya que evita tensiones y renuncias. Así mismo, elegir un número reducido de prioridades podría asimilarse a una actitud de mediocridad, explícita en una aspiración modesta, o al reconocimiento de una sentida falta de capacidad de gestión. Escoger un número amplio de prioridades, en cambio, evita la incómoda sensación de estar, aparentemente, relegando a un segundo plano todo lo demás que no sea escogido, incluso lo que que es básico hacer bien para participar de una determinada industria.

De otra parte, es más simple definir como prioridad estratégica un planteamiento genérico y muy amplio, como satisfacer a los clientes, sin dar el paso a identificar cómo hacerlo, o incluso asimilar objetivos básicos de cualquier empresa a tales prioridades, como generarle el retorno apropiado sobre su inversión a los accionistas. Todos estos atajos o excusas para no hacer elecciones concretas en el presente comprometen la construcción del mediano plazo. Identificar las prioridades estratégicas y dedicar a ellas esfuerzos, recursos y seguimiento, es vital para la sostenibilidad empresarial. 

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¿Está bien formulada nuestra estrategia?

¿Está bien formulada nuestra estrategia? Un criterio para su evaluación es su capacidad para responder preguntas y orientar decisiones.

La estrategia de una empresa es una guía para la toma de decisiones respecto a numerosos aspectos de su gestión, y bien formulada tiene la capacidad de responder a diversas preguntas que de manera cotidiana aparecen en una organización.

La misión de la compañía nos explica su razón de existir, y su visión expresa los objetivos que desea lograr, alineados con su misión. Una misión y visión bien formuladas orientan la respuesta, por ejemplo, a preguntas tan profundas como el tipo de negocios en los cuales debe estar o ingresar una empresa, y tan cotidianas como la que puede hacerse un miembro de la organización respecto a si su jornada laboral tuvo sentido y aportó valor estratégico.

La definición de los pilares estratégicos, las capacidades o rasgos en los cuales una organización busca la excelencia para diferenciarse y alcanzar su visión, orientan la respuesta, entre otras, a preguntas sobre las prioridades de inversión, los énfasis en su estructura organizacional y necesidades en el desarrollo de su talento humano.

Los valores, que son aquello en lo que la compañía cree, y la cultura, entendida como la forma de comportarse de sus miembros y que es alimentada por los valores, responden a interrogantes sobre los rasgos personales del talento que debe reclutar, las políticas a diseñar e implementar, e incluso sobre la gravedad relativa de faltas cometidas por sus integrantes. 

La formulación de la estrategia corporativa involucra también la definición del ámbito de los negocios en los cuales participa la organización, además de la misión, la visión, los pilares estratégicos, los valores fundamentales y la cultura deseada. Ese foco definido de negocios, sumado a los demás elementos de la estrategia, responde preguntas respecto a la pertinencia de iniciativas para ingresar a nuevos negocios o relacionadas con la búsqueda de crecimiento. Una empresa debe participar en negocios que hagan sentido con su misión, la acerquen a su visión, aprovechen sus pilares estratégicos y sean compatibles con sus valores y cultura.

Complementaria a la estrategia corporativa es la estrategia competitiva. Esta se refiere a la forma en la que una empresa define competir en cada uno de los negocios en los que decide participar. La formulación de la estrategia competitiva, en la denominada propuesta de valor a los clientes, responde preguntas relacionadas con lo que entiende la compañía como importante para estos, sobre las capacidades fundamentales que necesita fortalecer para generarles valor y poder compartirlo capturando parte del mismo, sobre los indicadores más relevantes a los cuales debe hacer seguimiento e incluso sobre la estructura organizacional más conveniente. 

La estrategia también debe dar cuenta de los supuestos sobre los cuales está construida en cuanto a la lectura del entorno, las tendencias de los mercados de interés, al entendimiento de los competidores y la manera de enfrentarlos, a las fortalezas y brechas propias a gestionar para ejecutarla exitosamente y lograr sus objetivos, así como respecto a la coherencia entre las prioridades del corto plazo y la visión de largo plazo.

Una estrategia bien formulada, que incluye y articula de forma consistente sus elementos corporativos y competitivos es fuente permanente de respuestas y una guía para acertar en la toma de decisiones que definen el futuro de una organización.

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Revisión de la estrategia

Una práctica saludable para las empresas es darle una mirada crítica a su estrategia. Estas son algunas recomendaciones para llevar a cabo este ejercicio periódico.

El cierre del primer semestre del año trae consigo para las empresas toda una serie de evaluaciones respecto al resultado parcial alcanzado, y de ajustes a sus planes para el segundo semestre, con el fin de lograr sus objetivos en el consolidado de los 12 meses. 

De hecho, algunas hacen un ejercicio que recibe diversos nombres, entre ellos revisión o evaluación de la estrategia (viene de la expresión inglesa strategic review) desde dos perspectivas: formulación y ejecución.

La estrategia no es algo que las organizaciones redefinan a profundidad con frecuencia, menos aún en periodos tan cortos como un semestre. Sin embargo, es saludable darle una mirada crítica de manera regular. 

Siempre será prudente validar que ella sea clara y siga siendo factible, y que el nivel de entendimiento de la misma por parte de quienes la ejecutan sea el adecuado. Así mismo, es de la mayor importancia considerar si aquellos supuestos sobre los cuales está soportada siguen vigentes o si es necesario incorporar algunos nuevos, o descartar otros que se hicieron obsoletos. La dinámica de los competidores, cambios en la legislación, eventos económicos o políticos, son algunos de los supuestos que pueden implicar ajustes.

Los supuestos respecto al entorno son dinámicos, y también aquellos relacionados con las organizaciones mismas. Ellas en el tiempo aprenden, maduran y se desarrollan, y es así como nuevas experiencias y el fortalecimiento de capacidades les permiten ajustar su estrategia. 

Cambios internos negativos también pueden tener implicaciones estratégicas, desde la situación financiera hasta la terminación de una alianza o la pérdida de un cliente clave. Desde esa mirada al entorno, y hacia el interior, es posible identificar oportunidades para refrescar la estrategia, mantenerla alineada con la realidad y construir nuevos acuerdos en el equipo gerencial y con las juntas directivas sobre su enfoque y prioridades de gestión. 

Evaluar la ejecución es igualmente importante. Los resultados de una organización son la expresión visible de esta , y en el espacio de revisión la conversación gira alrededor de aquellos elementos que han facilitado o retrasado el logro de las metas propuestas. Plantear abiertamente aquello que está funcionando, y lo que no, logros y fracasos, es crítico para tomar decisiones a tiempo. 

Es posible que factores relacionados con la estrategia vigente, la estructura de la organización, la disponibilidad de recursos financieros o tecnológicos, el nivel de las capacidades críticas necesarias, la forma de trabajar o la cultura prevalente, entre tantos otros, estén favoreciendo o entorpeciendo la traducción en resultados. El ejercicio de revisión debe ser un espacio seguro que permita la sinceridad y la apertura necesarias en una conversación que haga explícito lo mejor del conocimiento y experiencia de los asistentes para aprovecharlo en afinar su formulación, y dinamizar su ejecución. El resultado de un buen ejercicio será, idealmente, una alta claridad y acuerdo sobre las prioridades en la gestión y la inversión, y un equipo ejecutivo más motivado y alineado desde su mayor conciencia y sentido de pertenencia respecto a la estrategia.

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Una sinergia indispensable: estrategia y cultura organizacional

La sinergia entre estrategia y cultura organizacional es indispensable. Sin la cultura adecuada, no hay estrategia que funcione.

Peter Drucker popularizó en el ámbito empresarial la frase “la cultura se come a la estrategia al desayuno”, sugiriendo que sin la cultura organizacional adecuada no hay estrategia que funcione. 

Investigaciones recientes de académicos y consultores confirman que un factor clave para ejecutar exitosamente la estrategia es la cultura. Ella tiene el poder de dinamizar o constreñir el desempeño de una organización, incluso es un determinante en la definición de la estrategia misma. 

La cultura de una organización es el equivalente a la personalidad de un individuo. En una empresa los valores son aquello en lo que creemos y la cultura es la manera como nos comportamos, inspirada en dichos valores. Así, coloquialmente nos referimos a ella como “la forma en la que acá hacemos las cosas”. 

La profesora Rebecca Homkes, del London Business School, la cataloga como el software organizacional. Boris Groysberg, coautor de un artículo publicado recientemente en la revista Harvard Business Review, define cultura como el orden social tácito de una organización, que les da forma a las actitudes y comportamientos de manera durable y en una amplia variedad de ámbitos. Las normas culturales definen dentro de un grupo aquello que se acepta o rechaza, que se promueve o desestimula. Expertos de PwC consideran que la cultura es una fuerza natural cuyos efectos positivos incluyen la solidez de un buen clima laboral, la generación en las personas de bienestar y confianza, así como de compromiso emocional y conexión tangible con el propósito de la empresa. Estrategia y cultura van de la mano. Las organizaciones deben gestionar su cultura buscando que ella le sirva bien a la estrategia definida. Es por ello que una cultura no es en sí misma buena o mala, la realidad es que su bondad se mide en función de su alineación y aporte para la ejecución de la estrategia. Por ello, para gestionarla en una empresa es importante entender su cultura actual así cómo definir una cultura objetivo, hecha a la medida, que incorpore comportamientos alineados con la estrategia escogida para facilitar su ejecución, generadores de valor tangible, coherentes con las demandas del entorno, específicos y alcanzables para que se conviertan en la nueva forma de “hacer las cosas”.

Lawrence Hrebiniak, profesor de Wharton, plantea que para reforzar la cultura en una compañía son fundamentales el control, los reconocimientos, el ejemplo de los líderes y la presión social que ejercen los modelos de comportamiento cotidiano sobre los individuos. Así mismo, sugiere que para gestionar un cambio de cultura puede ser necesario modificar la estructura, los incentivos, los controles, e incluso relevar a algunas personas. Entre los expertos hay consenso en que para cambiar la cultura es importante iniciar con el foco en un número reducido de comportamientos claves, que se encargan de construir una nueva mentalidad, más que pretender arrasar con la cultura existente, ya que las batallas abiertas en su contra suelen estar perdidas. Comunicar es vital para demostrar la conveniencia de los nuevos comportamientos para el negocio o para resolver un problema, con énfasis en lo que queremos promover, no en lo que necesitamos erradicar. 

Alinear estrategia y cultura organizacional demanda valor y la paciencia que toma construir cualquier activo estratégico para el largo plazo, además de alta claridad estratégica, liderazgo que da ejemplo, comunicación asertiva y sincero sentido de lo humano.

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El presidente de la junta directiva

El presidente de la junta directiva: ¿Qué funciones cumple y qué rasgos son deseables en quien lo ejerce?.

Las asambleas de accionistas celebradas en el primer trimestre del año designaron las juntas directivas de sus organizaciones. En su primera sesión del nuevo periodo es común que la junta elija a su presidente. ¿Qué funciones cumple ese cargo y qué rasgos son deseables en quien lo ejerce?

La revista de negocios Harvard Business Review, en su edición de marzo pasado, publicó una investigación llevada a cabo por la prestigiosa escuela europea de negocios Insead, en la cual exploraron la respuesta a esa pregunta con 200 presidentes de junta directiva en 31 países alrededor del mundo. Los hallazgos coinciden con las mejores prácticas prescritas por expertos. 

Para comenzar, es importante reconocer que el presidente de la junta directiva lidera a ese órgano de gobierno, más no así a la empresa en su operación, labor que corresponde al gerente general. Así mismo, el presidente de la junta directiva es quien representa a la junta frente a los accionistas y a la administración ejecutiva, y no ejerce como tal representación formal de la empresa. Esta última cuenta con representantes legales que incluyen habitualmente al gerente general. Salvo designación explícita para temas específicos, el presidente de la junta no sustituye ni a la junta directiva ni a la gerencia general frente a ninguna de las partes interesadas en la organización.

El presidente de la junta directiva es el conducto regular para la comunicación continua entre ese órgano de gobierno y quien lidera a los accionistas. Por tal motivo, su presencia en las asambleas de accionistas es recomendable. Así mismo, el presidente de la junta es el enlace permanente entre la gerencia general y su junta, y suele ser el miembro que más de cerca trabaja con el cuerpo ejecutivo de la empresa: acompaña a la gerencia general en su gestión cotidiana según lo requiera y solicite, estructura con ella la agenda para las sesiones de junta directiva, y lidera la gestión de esta última para que acompañe adecuadamente al equipo gerencial. Ello explica que el presidente de la junta suela ser un candidato a sustituir el gerente en sus ausencias temporales. No es un miembro superior a los demás, en tanto su voto vale igual que otros, pero sí ejerce una labor de liderazgo que debe servir para que la información necesaria fluya a los miembros de junta antes de sus reuniones, mantener la dinámica en las sesiones, promover la toma de decisiones y conservar el foco en los asuntos relevantes. 

En atención a sus funciones, un rasgo deseable en el presidente de la junta es su alta capacidad de liderazgo que se refleje en competencias para promover y facilitar el diálogo efectivo, así como para gestionar apropiadamente el conflicto. El presidente de la junta no es el protagonista en las sesiones, es un facilitador de procesos que procura mantener el foco y lograr que cada miembro aporte lo mejor de sí mismo. Paciencia, experiencia liderando personas de alto nivel e inteligencia emocional son rasgos deseables para esta posición. De mucha importancia es que el presidente cuente con tiempo para interactuar con accionistas, otros miembros de la junta y la gerencia. Los equipos de alto rendimiento necesitan un líder para lograr sus objetivos y la junta directiva cuenta para ello con su presidente.

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Gobierno corporativo: paradigmas tradicionales y propuestos

Gobierno corporativo: algunos paradigmas tradicionales pueden ser sustituidos por unos nuevos, más ajustados a la realidad.

El gobierno corporativo hace referencia, en términos generales, a todas las políticas y prácticas respecto a la forma en que se relacionan y el papel que juegan tres actores fundamentales para la gestión de una organización: accionistas, junta directiva y equipo gerencial. Persisten en numerosos empresarios algunos paradigmas tradicionales sobre el tema, que pueden ser sustituidos por unos nuevos, más ajustados a la realidad, que a continuación propongo.

El primer paradigma tradicional es que la formalidad en el gobierno corporativo surge de una exigencia legal, particularmente para empresas listadas en bolsas de valores. La realidad, es que el interés en fortalecerlo parte de la convicción respecto a los beneficios tangibles que produce a las organizaciones en cuanto a sostenibilidad y generación de valor, según amplia evidencia al respecto. De dicha convicción surgieron posteriormente normas aplicables a firmas de interés público. Paradigma propuesto: construir un buen gobierno corporativo busca beneficios palpables para la compañía, más allá del cumplimiento legal.

El segundo paradigma es que gobierno corporativo es un tema que compete exclusivamente a los abogados. Su establecimiento necesita, en efecto, contar con una estructura jurídica que lo formalice y lo armonice con la normativa legal, mediante estatutos y acuerdos como los protocolos de familia. Más allá de ello, sin embargo, es responsabilidad de los tres protagonistas mencionados en la gestión de la empresa, y de la estructura de control que los acompaña incluida la revisoría fiscal. Lo jurídico es uno de los cimientos, pero lo que realmente lo fortalece es la inclusión de sus prácticas en la cultura de la empresa, es decir, que se convierta en la forma natural de comportarse y hacer las cosas de todos los actores involucrados. Paradigma propuesto: construir el buen gobierno corporativo es responsabilidad de todos en una organización, no solo de sus abogados.

El tercer paradigma es que gobierno corporativo es sinónimo de tener una junta directiva. En realidad, esa no es condición necesaria o suficiente. El bueno gobierno empieza por los accionistas. Construir un acuerdo de accionistas, o un protocolo de familia, es un primer paso recomendable para emprendedores o empresas familiares en fases tempranas, y ello permite posteriormente estructurar y delegar en una junta directiva. Un paso legítimo y frecuente, antes de tener junta directiva, es conformar un consejo asesor. Paradigma propuesto: la solidez en el gobierno de los accionistas es vital para la gestión efectiva de la junta directiva y el equipo gerencial.

El cuarto paradigma es que las buenas prácticas de gobierno corporativo son un lujo reservado para las grandes empresas en avanzado estado de madurez y desempeño económico, por lo cual es natural que, en empresas familiares o en los emprendimientos, se pospongan las conversaciones al respecto. En realidad, las conversaciones sobre gobierno corporativo son oportunas y pertinentes para todas las empresas, en cualquier momento de su desarrollo, sin tener que esperar a cumplir criterios de tamaño o madurez. Paradigma propuesto: el gobierno corporativo es un activo valioso que se empieza a construir desde la fundación de la empresa, se incorpora a su cultura, se fortalece con la práctica y se desarrolla según las necesidades de la organización.

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Disciplina estratégica

Disciplina estratégica: qué es, por qué es importante, cómo conseguirla, cuáles son causas comunes de indisciplina, cómo cultivarla, y quienes son los responsables de liderarla.

El literato alemán Carl Zuckmayer, premio Göethe en 1952, planteó esta reflexión: “La mitad de la vida es suerte. La otra mitad es disciplina, y esa es la mitad más importante, en tanto sin disciplina no sabríamos que hacer con la suerte”. Vista desde el ámbito empresarial, podríamos considerar que esa primera mitad es la que gestionamos desde la estrategia, para reducir el azar a su mínimo, reconociendo que eliminarlo es imposible y desestimarlo, irresponsable. La otra mitad, la disciplina, haría referencia a la actitud requerida por una empresa para ejecutar su estrategia y, aún más importante, para mantenerse leal a ella, es decir, para conservar su foco estratégico. 

Casos comunes de desenfoque, por indisciplina estratégica, involucran empresas en dos extremos del mismo espectro. En uno están las exitosas, que caen en la tentación de querer ser todo para todos, dada su reputación y capacidad de gestión, sus excedentes de caja y la debilidad de otros actores en su industria. Estas compañías empiezan a ver, a veces con arrogancia, oportunidades de crecimiento en todas partes, sin considerar cuáles son sus verdaderas competencias para aprovecharlas, y terminan cargadas de complejidad, erosionando los pilares de su éxito como su cultura y la calidad de su talento, su modelo de negocio original y la excelencia en procesos claves para su estrategia, hasta distorsionar su sentido de propósito. En el otro están las empresas en dificultades, cuya urgencia por sobrevivir las lleva a migrar de foco sin profundidad en los análisis o, peor aún, a ampliarlo sin medida, hasta perderlo.

Disciplina estratégica significa rigor en las decisiones de ampliar o cambiar de foco, considerando sus requerimientos y consecuencias, y no implica inflexibilidad, falta de innovación, temor al crecimiento o a diversificarse. Los principales responsables de la disciplina estratégica en las empresas son sus accionistas, la junta directiva y el equipo ejecutivo. Para cuidar tal disciplina es recomendable tener claridad en la estrategia. Visualizar un destino concreto facilita detectar cualquier desvío en la ruta. La estrategia, bien formulada, actúa como un filtro y es una fuente de respuestas que permite identificar la afinidad de cada nuevo paso con la razón de existir de la organización y con sus objetivos. 

Para lograr disciplina es definitivo conocerse muy bien como organización. Hacer conciencia de aquello que explica el éxito de una empresa es fundamental para cuidarlo y profundizarlo, para no dejarlo erosionar o marchitar por incursiones en nuevos negocios, y para incorporarlo como pilar en estos últimos. Es importante, así mismo, construir la estrategia con un grupo amplio de personas para crear sentido de pertenencia, un alto entendimiento de la misma y contar así con promotores disciplinados de su ejecución. También es clave socializar la estrategia para que las personas entiendan los raciocinios que la soportan, y que su lealtad a ella sea producto de su comprensión y no de la imposición. 

Finalmente, es vital mantener espacios abiertos para conversar de estrategia, para refrescarla proactivamente y no siempre de forma reactiva, para discutir decisiones y debatir nuevos supuestos. Tan relevante como preguntarse por aquello que va a cambiar en el futuro, es entender lo que va a permanecer. 

En la vida, para Zuckmayer, sin disciplina es inútil la suerte. En las empresas, sin disciplina pareciera inútil la estrategia.

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¿Por qué crecen las empresas?

El crecimiento implica recursos, complejidad y riesgos, por eso es clave tener claras las razones para emprenderlo.

Crecer es una aspiración natural de las empresas. Chris Zook y James Allen, autores del libro La mentalidad del fundador (HBR, 2016), anotan que la mayoría de los fracasos de las iniciativas de crecimiento se explican en problemas internos de las empresas, y no en su entorno. Crecer es un reto que demanda talento, recursos de diversas clases, mucha gestión y asumir riesgos. Antes de lanzarse a crecer es interesante, por lo tanto, hacer conciencia de las razones para ello, esto porque en el mundo de las empresas no siempre ser más grande es mejor.

La competitividad es una de las razones por las cuales las compañías crecen. Para competir mejor es posible, por ejemplo, que una empresa necesite vender más y aspirar así a materializar economías de escala, a utilizar su capacidad instalada ociosa, a tener una tecnología más alta o un talento gerencial mejor perfilado, a hacerse más atractiva para sus proveedores y mejorar así su capacidad de negociación, o a poder atender mercados o clientes de mayor tamaño y sofisticación que demandan un portafolio más amplio, mejores precios, volúmenes superiores y especificaciones de calidad más elevadas. 

Construir una posición relevante en el mercado también justifica el crecimiento. Algunas industrias se van consolidando, es decir, su número de participantes disminuye para concentrarse en pocos de gran tamaño, la diferenciación entre ellos se desvanece, los nichos viables se erosionan, y la reducción progresiva de los márgenes aumenta de manera significativa las exigencias para competir. En ese caso, el crecimiento es una necesidad, y la incapacidad para abordarlo debería llevar a los accionistas a considerar la venta de su empresa o su fusión con alguna que tenga oportunidad de sobrevivir. El crecimiento, en dicho escenario, es además un mecanismo para disuadir a nuevos competidores potenciales, o para convertirse en un objetivo de adquisición atractivo para quien quiera entrar a la industria con una participación de mercado relevante. 

Existen otras razones que explican el crecimiento. Algunas empresas crecen simplemente por inercia, reaccionando al crecimiento de sus clientes. En otras, la razón para crecer es dar uso a los excedentes de caja que genera el negocio, los cuales no son aprovechables de mejor manera por parte de los accionistas, quienes los reinvierten. 
Otras crecen porque desean diversificarse y así mejorar su perfil de riesgo frente a sus accionistas. En países con mercados bursátiles maduros es común ver empresas que crecen por el deseo de ser percibidas más positivamente, o incluso para evitar ser objeto de una adquisición por parte de otra. En algunas organizaciones de propiedad familiar es filosofía el crecimiento del negocio para responder al crecimiento de la familia de una generación a otra. En estas empresas, en las cuales, en algunos casos, la deuda es casi inexistente, puede ser interesante incursionar en iniciativas de crecimiento, apalancadas en deuda para optimizar la estructura de capital para la empresa y el retorno para los accionistas. 

En conclusión, es deseable que el crecimiento empresarial tenga un propósito claro, y en particular que esté alineado con la estrategia de la organización, que sea intencionado y no accidental, que sea factible y cuente con recursos, y que sea rentable, esto es, que su retorno honre apropiadamente el capital y el esfuerzo que demanda, así como el riesgo y la complejidad que implica para cualquier organización.

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Juntas Directivas: Reflexiones personales antes de aceptar ser su miembro

Asumir la responsabilidad de ser miembro de una Junta Directiva es un extraordinario espacio de desarrollo profesional y personal. Al respecto, escribí una columna en el diario Portafolio denominada “Atractivos de pertenecer a una Junta Directiva”. Considerando las bondades del cargo, al recibir la invitación a participar de una Junta Directiva es de la mayor importancia hacer un ejercicio juicioso de “debida diligencia” respecto a la empresa u organización en diversos aspectos, así como alinear expectativas alrededor del aporte que se espera del nuevo miembro y de las motivaciones para considerar su nombre. En ese sentido, escribí también para el diario Portafolio una columna denominada “Juntas Directivas”, en la que planteo precisamente cuáles son esos ámbitos a explorar y conocer de la organización antes de aceptar la invitación a ser miembro de su Junta, y los posibles caminos para abordar tal indagación.

Un eslabón de la mayor importancia dentro de esta reflexión tiene que ver con las preguntas que a nivel personal es pertinente hacerse antes de aceptar el cargo, y luego de haber llevado a cabo el proceso de “debida diligencia” organizacional mencionado, así como teniendo claras las bondades y los riesgos potenciales que trae consigo ser miembro de una Junta Directiva. 

El proceso de “debida diligencia” personal, abordado cuando se está ya provisto de los insumos anotados, parte de una pregunta fundamental: ¿Cuál es mi verdadero potencial para agregar valor en esta Junta Directiva desde mis conocimientos, experiencia y red profesional? Entendiendo que el propósito de hacerse parte de una Junta Directiva es entablar con la organización una relación de doble vía, constructiva y equilibrada, la respuesta a esta pregunta debe estar plenamente clara antes de aceptar el cargo. Ser considerado como candidato para ocupar esa posición genera una intuición educada para pensar que el potencial para agregar valor existe, sin embargo, validar honestamente a nivel personal que esa posibilidad es tangible, ya en posesión de un amplio conocimiento sobre la organización y sus necesidades, y con un mayor entendimiento de lo que ella espera del nuevo miembro y de las motivaciones para invitarlo, es un paso responsable y necesario.

Aparecen otras preguntas que hacen parte también de este análisis personal. Estas son algunas de ellas: ¿Estoy en condiciones de asumir este reto? Esta se refiere a la disponibilidad de tiempo para asistir a sesiones y prepararse adecuadamente para ellas, y para asumir la responsabilidad que requiere como tal el cargo. ¿Me identifico con el propósito superior de la organización y estoy dispuesto a representarlo públicamente? Con esta pregunta validamos, principalmente, nuestra identidad ética con la organización. ¿El nivel de riesgo percibido en lo legal y reputacional es compatible con mi tolerancia al mismo, con mi carrera y proyección profesional? Cuando el oficio principal de una persona no es ser miembro de Juntas Directivas, es definitivo cuidar sus prioridades y no distraerse innecesariamente. ¿Es esta una oportunidad real para crecer profesionalmente? La responsabilidad y riesgo que se asumen, que contrastan con una remuneración con frecuencia modesta, deben estar compensados por la posibilidad real de materializar varios de los atractivos de pertenecer a una Junta Directiva. ¿Estoy seguro de no tener ningún conflicto de interés al asumir el cargo? En caso de existir, estos deben ser puestos inmediatamente de presente para analizar si es posible gestionarlos o si es motivo para retirarse del proceso y dejar de aspirar al cargo. A manera de referencia, algunos elementos adicionales para hacer esta autoevaluación aparecen en mi columna “Competencias indispensables”, en la cual menciono las consideraciones a tener en cuenta para escoger a un miembro de Junta Directiva, y en la columna “¿Cómo evaluar a una Junta Directiva?”.

La claridad sobre todas estas reflexiones personales, que buscan identificar elementos de compatibilidad e incompatibilidad ética y práctica, es la clave para materializar los beneficios que en lo profesional ofrece el privilegio de hacer parte de una Junta Directiva, y para lograr, de manera tangible y honesta, hacer el aporte que las organizaciones necesitan de sus directores.

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¿Cómo evaluar a una junta directiva?

Los resultados integrales de la organización reflejan la efectividad de su Junta Directiva. Es importante evaluar también su estructura y operación.

La evaluación de la junta directiva es una práctica común en las organizaciones con un gobierno corporativo maduro, y es un área de oportunidad para aquellas que tienen la intención de fortalecerlo. Esta evaluación puede tener varias perspectivas. Existe la alternativa de hacer una autoevaluación, en la cual los evaluadores son los mismos miembros de la Junta. También está la opción de una evaluación externa, donde el evaluador es una firma especializada en esa práctica, la cual, por intermedio de entrevistas y revisión documental, emite un concepto sobre la Junta y sus miembros.

En ambos casos, contar con asesoría experta es recomendable por temas metodológicos, de eficacia del ejercicio y para diseñar un plan de acción producto del resultado de la evaluación.

Algunas juntas de empresas locales listadas en bolsa, con un buen gobierno corporativo, hacen una autoevaluación anual y una evaluación externa cada dos años. Los resultados de ese último proceso suelen estar incluso disponibles para el público en las páginas electrónicas de esas firmas. 

Desde la perspectiva del evaluado, es deseable hacer tanto una evaluación de la junta directiva en su conjunto, como de cada uno de sus miembros y de roles particulares como el de su presidente. La evaluación de cada miembro combina idealmente un componente de autoevaluación, uno de evaluación por sus pares y otro por externos.

Una práctica menos extendida, y muy recomendada, es la evaluación a la junta por parte del equipo gerencial. Los ejecutivos invierten cantidades significativas de tiempo trabajando con la junta y para ella, tanto en sesiones ordinarias como en comités especializados. Es natural, por lo tanto, que los gerentes esperen como retribución un aporte significativo de su junta para la buena gestión de la organización, mediado por una relación fluida y de respeto entre ambas partes. 

La evaluación de la junta como equipo de trabajo involucra criterios que suelen ser comunes en las distintas metodologías utilizadas para ello. Estos son algunos: en cuanto a la estructura de la junta, son aspectos a evaluar el número de miembros, su condición de accionistas o independientes, su diversidad y el tiempo que llevan en el cargo, la experiencia ejecutiva y en juntas que poseen como conjunto, la existencia de un presidente y su rol, la presencia de comités especializados y sus integrantes y, en síntesis, sus capacidades y competencias como equipo para abordar de la mejor manera las responsabilidades de una junta directiva. 

Con respecto a su operación, la evaluación debe observar la frecuencia de sus reuniones, la asistencia de sus miembros, la información que se les envía antes de sesionar, el rigor en el manejo de actas y el seguimiento a sus tareas pendientes. En términos de la calidad de sus sesiones, es interesante revisar el clima que las acompaña y la capacidad de discutir en un ambiente de respeto promovido por una cultura abierta al disenso, la participación plural de sus miembros, los temas y tiempos de la agenda que deben privilegiar la discusión sobre las presentaciones y los asuntos estratégicos sobre los operativos, así como la conversación sobre el futuro más que retrospectiva, la oportunidad y efectividad en la toma de decisiones y la relación constructiva con la gerencia y su equipo. 

A nivel individual, suelen ser dos los ámbitos de evaluación de cada miembro de una junta. De una parte,su perfil y su ajuste a las necesidades de la organización. Algunas variables a considerar son su experiencia directiva, conocimiento de temas generales pertinentes para la gestión de cualquier empresa, conocimiento sobre temas específicos de interés para la empresa de cuya junta hace parte, su aporte a la diversidad de la junta y su formación académica. 

De otra parte, la evaluación de su desempeño y actitud. En un miembro de junta directiva son elementos a evaluar la calidad de sus aportes y preguntas, el entendimiento de su rol, la forma como se relaciona con la gerencia y con los demás miembros, su preparación antes de las sesiones de junta, su asistencia y puntualidad para atender las reuniones agendadas, su habilidad para sostener conversaciones difíciles con respeto y ánimo constructivo, su capacidad de trabajar en equipo, su compromiso frente a decisiones de la Junta, su destreza para evidenciar y poner de presente situaciones inconvenientes o de riesgo para la organización, su interés en entender la estrategia de la empresa, sus iniciativas y aporte al desarrollo de los negocios, entre otros. 

La evaluación de la junta directiva es una práctica útil para que las organizaciones avancen en obtener efectivamente lo que de ella necesitan a partir de su buen funcionamiento, estimular la calidad y desempeño de sus integrantes, y para fortalecer ese activo vital para la sostenibilidad empresarial que es un buen gobierno corporativo. 

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Juntas directivas

Ser miembro de una junta directiva es una valiosa experiencia de alta responsabilidad. Es por ello que, frente a la invitación a asumir esa posición en una empresa y antes de aceptarla, es recomendable indagar acerca de diversos aspectos en un proceso de ‘debida diligencia’ para el cual puede ser apropiado incluso ofrecer a la compañía la firma de un acuerdo de confidencialidad. 

El gobierno corporativo de la organización es uno de los temas a explorar en el proceso. Es conveniente estudiar sus estatutos y el reglamento de junta directiva, si existe, así como asegurarse de que sus miembros cuenten con una póliza de responsabilidad civil para directores y administradores. También aclarar si la invitación es a participar como miembro principal o suplente.

Es importante conocer la filosofía que como empresarios promueven los accionistas, así como el clima de relaciones entre ellos, en tanto es un elemento que puede llegar a afectar el funcionamiento de la junta. Así mismo, entender detalles sobre la junta misma y su funcionamiento: por ejemplo, quiénes son sus miembros, cuánto tiempo llevan en sus cargos y si algunos tienen condición de accionistas, quién la preside, cómo es su ambiente de trabajo y cuál la agenda típica de una reunión, entre otros. Una buena práctica antes de aceptar la posición es hacer lectura de las actas de las reuniones más recientes e incluso del acta de la última asamblea de accionistas y del informe de gestión que fue presentado. 

Entender la estrategia de la compañía también es fundamental: su razón de existir, sus propósitos de largo plazo, su filosofía empresarial, los negocios de los cuales participa y sus propuestas de valor, sus fortalezas y retos más relevantes en el corto plazo, las perspectivas de su industria y sus competidores, y los elementos relevantes de la coyuntura del entorno, entre otros. Es pertinente, además, explorar la salud económica de la empresa, conocer sus estados financieros de los años más recientes e incluso los últimos auditados por la revisoría fiscal, el presupuesto vigente y la dinámica de su ejecución, sus proyectos de inversión y la calidad de su relación con las entidades financieras. Su salud reputacional es igualmente importante, ya que los miembros de una junta directiva experimentan un intercambio de doble vía con la empresa, en el cual ambas partes se contagian de su respectiva reputación en cualquier sentido que ella sea.

La junta directiva, como parte de la administración, asume serias responsabilidades legales. Por tal motivo, es legítimo indagar sobre contingencias o procesos jurídicos vigentes y cómo están siendo atendidos. Para cumplir bien las funciones de la junta, es importante entender cuáles son los principales riesgos que enfrenta la organización en sus actividades y la forma en la que los gestiona. En tal sentido, es pertinente conocer la estructura y procesos de control establecidos en la organización, e incluso informes recientes al respecto.

Todos estos elementos de contexto permiten identificar el verdadero potencial para agregar valor en la junta directiva en caso de asumir la posición. Si bien el espectro de temas relevantes a revisar es amplio, y pareciera poco práctico, la dimensión de la responsabilidad lo amerita y la empresa, con certeza, asumirá el proceso como un acto de respeto y profesionalismo.

El balance estratégico de las empresas

El balance estratégico: una mirada integral a los resultados de las empresas, desde su estrategia, que incorpora el corto y el largo plazo.

El inicio del año es el momento en las empresas para hacer balances respecto al pasado y refrendar sus objetivos de futuro. Los balances tradicionales para esa mirada retrospectiva incluyen, entre otros, el económico, comercial, relacionado con el desarrollo del capital humano y balance social. Una visión integral de todos es el denominado balance estratégico.

La estrategia de una empresa provee una lógica para sus objetivos y orienta de forma permanente su toma de decisiones, y el balance estratégico tiene que ver con la evolución de su ejecución, la cual es observable apenas parcialmente desde los indicadores habituales en cualquier negocio. El balance estratégico va más allá de los resultados individuales de los otros balances mencionados, y los integra para indagar sobre su coherencia conjunta respecto a la estrategia. Por ejemplo, es posible lograr excelentes resultados económicos en el presente, a la vez que la empresa se desvía de su estrategia y pone en riesgo su futuro. Por ello, al elaborar el balance estratégico es importante observar que los resultados obtenidos en todos los aspectos estén enmarcados dentro del propósito de la empresa, es decir, que hagan sentido con su razón de ser, que estén alineados con su filosofía y que fortalezcan su reputación deseada. Así mismo, es indispensable evaluar que todos los avances logrados la estén acercando efectivamente a su aspiración de largo plazo.

Es relevante, también, verificar que los recursos disponibles estén cada vez más alineados a los objetivos estratégicos fundamentales de la organización, y que el fortalecimiento en capacidades y competencias vitales para su sostenibilidad en el mediano y largo plazo esté sucediendo. La mirada crítica a la dinámica y evolución del portafolio de negocios es otra variable a considerar. Un buen balance estratégico incluye el ser rentable y crecer competitivamente en los negocios escogidos de manera intencional, con propuestas de valor claras, y no producto del azar. 

El balance estratégico implica también evaluar si la evolución de la cultura de la organización se está dando en el sentido que más conviene a la estrategia. Peter Drucker sostenía que “la cultura devora a la estrategia al desayuno”, para indicar que, sin el soporte de la cultura adecuada, incluso una buena estrategia está en riesgo de fracasar. Las personas son las gestoras naturales en la construcción de la cultura de una organización, por eso su convicción respecto a la estrategia también es un eje crítico para el éxito de este balance. Los expertos reconocen hoy, producto de numerosas investigaciones, que el factor humano es clave para ejecutar la estrategia. Comunicarla clara y generosamente a todos los que participan de volverla realidad, es necesario, pero no suficiente. El objetivo de fondo es lograr que cada persona, desde el conocimiento de la estrategia, encuentre sentido en su trabajo, que es la fuente primaria de su motivación intrínseca, la más poderosa de todas. Y tal convicción surge de la confianza. En la ejecución de la estrategia no hay victorias pequeñas, todas son importantes. Socializarlas y celebrarlas es indispensable para convocar, con hechos, a la genuina confianza de las personas. 

El balance estratégico es una oportunidad para hacer sentido integralmente de los resultados alcanzados por una empresa, y una mirada profunda al desarrollo de la plataforma que la hará sostenible para el largo plazo.

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Atractivos de pertenecer a una junta directiva

Las motivaciones profesionales y personales para asumir la responsabilidad de ser miembro de una junta directiva.

Ser miembro de una junta directiva, bajo los parámetros actuales del buen gobierno corporativo y en el marco legal vigente, implica una responsabilidad profesional y personal muy significativa además de un compromiso de trabajo y tiempo más allá de sus sesiones ordinarias.

Las motivaciones que justifican asumir tal responsabilidad trascienden al incentivo económico, el cual, contrario a la intuición, no es uno de los principales para quienes ejercen el cargo, menos aún en un país como Colombia, donde la remuneración a las juntas es poco competitiva en el contexto de América Latina. 

Un estudio internacional de la firma PwC, por ejemplo, encontró que la principal motivación para quienes hacen parte de una junta es el reto intelectual. Y en efecto, lo es. En una junta se mira a la empresa de manera integral, se escalan temas diversos y de mayor complejidad, sus deliberaciones sobre la gestión de los riesgos son determinantes para la sostenibilidad de la organización, es común enfrentar desde ella las crisis y los más graves imprevistos, y tiene la responsabilidad de imaginar el futuro. En síntesis, siempre estará presente la adrenalina intelectual en el ejercicio comprometido y serio de este cargo en cualquier tipo de organización.

Ser parte de una junta directiva es también una oportunidad de desarrollo profesional. Allí es posible aprender de diferentes negocios, de la experiencia de otros, de disciplinas de la gerencia distintas a la especialidad propia, de otras culturas organizacionales y de la gestión de coyunturas empresariales particulares. Una buena sesión de junta directiva es como un caso de los analizados en las escuelas de negocios, pero en vivo y con consecuencias reales de las decisiones tomadas. 

Una junta es, además, un espacio para el desarrollo y refinamiento de competencias vitales en la alta dirección como comunicarse de forma efectiva y sintética, escuchar y preguntar, negociar, trabajar en equipo y bajo presión, pensar estratégicamente, tomar decisiones ante la incertidumbre y con información incompleta, y ser emocionalmente inteligente, entre otras. La experiencia en juntas directivas eleva el perfil de los ejecutivos por razones de capacidad gerencial, más allá del prestigio y visibilidad.

El desarrollo de contactos profesionales es otro valor agregado de una junta. Compartir en un ambiente constructivo con un objetivo común, de confianza y apertura como debe ser el de una junta, madura y afianza las relaciones. Tener una buena red profesional es un activo estratégico para cualquier persona de negocios. 

Para ejecutivos en ejercicio, estar en una junta de otra empresa es un espacio para refrescarse de su rutina, para poner su conocimiento y experiencia en una nueva dimensión, y para ver otra perspectiva de situaciones quizás comunes a su negocio. Para ejecutivos retirados es una oportunidad para mantenerse vigentes y conectados al ambiente de los negocios, y para las personas dedicadas exclusivamente a participar en juntas, involucrados además en comités y proyectos especiales de la empresa, es el camino para construir un portafolio de empleos de tiempo parcial en distintas organizaciones. 

Finalmente, ser miembro de junta de entidades sin ánimo de lucro ofrece todos los atractivos mencionados, así como un extraordinario espacio para poner al servicio de una buena causa el conocimiento, la experiencia y las relaciones, para retribuir socialmente y sentir una gratificación única derivada del privilegio de ejercer este cargo.

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