Elegir objetivos profesionales para 2019

Escoger objetivos profesionales, con estrategia y balance, garantiza que el largo plazo que imaginamos empiece a tomar forma desde nuestras decisiones en el corto plazo. 

El comienzo de un nuevo año invita a reflexionar sobre las metas que esperamos haber logrado una vez termine. Así como las empresas establecen objetivos y presupuestos anuales, es interesante hacer lo propio en la esfera personal. 

Definir una estrategia profesional en el campo empresarial implica, al igual que para las organizaciones, enfocarse, hacer elecciones y renunciar. Es común enfrentar la tentación de construir un inventario de metas profesionales de corto plazo excesivamente amplio, que incluye asuntos de futuro que aún no son pertinentes, o metas incumplidas en el pasado de cuya vigencia no tenemos certeza.

Por eso, es interesante definir algunos criterios para la escogencia de tales objetivos, para estructurar un listado viable y motivante, alineado con nuestra estrategia profesional, es decir, en lo que queremos convertirnos en ese oficio que hemos escogido.

El ámbito profesional es solo uno de los factores del espectro para el desarrollo integral de una persona. Por ello, los objetivos profesionales deben hacer sentido, en primer lugar y de manera balanceada, con nuestro proyecto de vida integral.

La forma en la que orientamos la carrera influirá en nuestro bienestar, y la invitación a ver nuestro oficio como un medio y no un fin, podría ser una premisa relevante para esta reflexión.

Los empresarios y emprendedores suelen tener la definición de sus objetivos profesionales ligada a los de su compañía, lo cual hace el proceso más intuitivo. Quienes son parte de una organización en otra condición, en cambio, cuentan con otros criterios explícitos útiles para definir sus objetivos individuales. 

La estrategia misma de la empresa, con sus prioridades y proyectos, es una guía desde la cual sus integrantes identifican competencias individuales pertinentes a fortalecer o brechas profesionales por cerrar, así como oportunidades de aprendizaje y desarrollo profesional.

De otra parte, en organizaciones donde la gestión del talento es estructurada, el plan de carrera diseñado para las personas orienta la identificación de sus objetivos para el corto plazo. La precaución en este punto es garantizar que dicho plan sea afín con las preferencias y proyectos de cada individuo, más allá de coincidir con sus capacidades y potencial profesional. 

Para personas con algunos años de experiencia, es importante cuidar que los objetivos de corto plazo tengan un balance adecuado entre el desarrollo de competencias duras o técnicas y de competencias blandas o gerenciales.

Estas últimas son clave para abrir la puerta a la posibilidad de recibir responsabilidades de liderazgo significativas en el futuro. Los objetivos definidos de manera pragmática son compatibles, además, con las oportunidades reales observables en el entorno y con las propias capacidades y posibilidades individuales. Aún así, siempre es conveniente incluir objetivos que, acogiendo la incertidumbre, tengan implícita una dosis de riesgo que nos resulte tolerable.

Una lista concreta y enfocada de objetivos para el corto plazo permite, además, flexibilidad para acoger oportunidades altamente estratégicas que no anticipábamos y renunciar conscientemente a aspiraciones que lo serían menos. 

Una vez definidos nuestros objetivos, es pertinente compartirlos con las personas que nos rodean más de cerca para alinearlas con nuestras prioridades profesionales y convertirlas en aliadas para abordarlas. 

Acumular metas, sin estrategia ni balance, es un camino a la frustración. Hacer una pausa para reflexionar, garantiza que el largo plazo profesional que imaginamos empiece a tomar forma desde nuestras decisiones en el corto plazo.

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Propósito profesional: indicios de su hallazgo

Las personas que han hallado su propósito profesional, o están cerca de encontrarlo, parecieran tener un patrón de comportamiento. Observarlas nos ayuda a hacernos preguntas para saber si vamos por el camino correcto en la búsqueda del nuestro.

Todos los conceptos de estrategia empresarial son aplicables a la vida personal, que incluye el ámbito profesional. En las empresas, hablamos de su propósito o misión para referirnos a su razón de existir, a aquello que se despiertan a hacer cada mañana, y a lo que dejaría de suceder si desaparecieran. Con respeto por los verdaderos expertos en temas de estrategia personal y desarrollo profesional, comparto en este escrito, improvisado y accidental, algunas reflexiones respecto al propósito profesional, desde tres casos particulares, y algunos indicios que podrían revelar que lo hemos hallado o que estamos cerca de lograrlo.

El primer caso al que haré referencia fue el que motivó este escrito. En la mañana del pasado domingo tuve un encuentro con una agradable entrevista al pintor Fernando Botero publicada en el periódico El Colombiano, de Medellín. En la misma, Botero manifestó: “El más grande gozo en la vida lo tiene la gente cuya profesión es la fuente de su alegría, es decir, que no tiene que estar contando las horas para salir del trabajo.” A sus 86 años, su cotidianidad profesional transcurre entre pintar y esculpir, movido por el genuino gusto de hacerlo.

El segundo caso, que volvió a mi memoria tras mi encuentro con el anterior, es el de un reconocido ejecutivo, que por conocerlo muy bien sé que prefiere que mantenga su nombre en reserva, gestor de la construcción de un importante grupo empresarial en una labor que duró más de treinta años. Alguna vez tuve el atrevido privilegio de preguntarle en qué consideraba que radicaba el éxito profesional que había logrado, visto desde el legado empresarial que había construido. Su respuesta fue elocuente: “Nunca vengo a la oficina a trabajar, siempre vengo a divertirme”. Una frase que suena contraintuitiva, y quizás más cuando pensamos en la probabilidad de divertirnos en el trabajo, por más de treinta años y en una misma empresa. 

El tercer caso me sucedió este mismo domingo en la tarde, ya con los sentidos despiertos por el encuentro con los dos anteriores. Un lugar que visité con mi familia incluye dentro de su experiencia la presencia de “recreacionistas” para los niños, y conocí a un joven experto en pintar figuras en las caras de los infantes. Un arte por la pintura y por la paciencia. Mientras pintaba a mis hijos conversé con él, viendo el entusiasmo y cuidado con el que hacia su trabajo, e ingenuamente le pregunté si no añoraba estar haciendo otra cosa un domingo en la tarde. Y logré otra respuesta de esas de una persona que ha encontrado o está cerca de encontrar su propósito: “Para mí esto no es trabajo. No me imagino estar en este momento haciendo algo distinto”. Era plenamente evidente el disfrute que experimentaba este joven con lo que hacía, y su plenitud por cada niña o niño satisfecho al que le decía que había terminado el dibujo que le solicitó.

Reflexionando un poco sobre estos casos, simples y concretos, aparece reconocible un patrón. Quienes encuentran su propósito profesional, o están cerca de lograrlo, parecen disfrutar profundamente de cada momento en su oficio, no se sienten trabajando, el tiempo les parece corto para continuar haciendo lo que les gusta, se van a dormir llenos de satisfacción por lo hecho y de ganas de que amanezca para hacer lo que les falta. Se despiertan, entonces, pletóricos de ánimo para ir a seguirse divirtiendo, se sienten realizados y seguros de sí mismos haciendo lo que hacen, y están plenamente enfocados en ello pues no hay otra mejor alternativa a la que aspiren, que les genere duda o intranquilidad sobre su oficio actual. Ellos viven en el presente pues les resulta suficientemente placentero. Pareciera, además, que para estas personas, al margen de la magnitud de los beneficios económicos que deriven de su actividad, el dinero no es su principal motivación y en la mayoría de los casos llega como un subproducto de la excelencia de su trabajo, de la persistencia y del reconocimiento que ella a veces trae. Hablar con estas personas es fácil, su ego es dócil ya que pareciera que no tienen que demostrarle nada a nadie, transmiten bienestar y autenticidad, no dependen del reconocimiento e intuyo que su mayor privilegio es sentir que son libres de mantenerse viviendo profesionalmente en lo que Ken Robinson, en su libro “El elemento”, llama “la zona”, allí donde convergen las aptitudes con las pasiones, donde se cansa a veces el cuerpo, pero nunca el espíritu.

Robin Sharma, en su conocido libro “El monje que vendió su Ferrari”, plantea que “el propósito de la vida es una vida con propósito”. Es natural que en lo profesional aspiremos a lo mismo, a lograr vivir de hacer lo que nos gusta, lo que nos nace y nos motiva. 

Estas reflexiones me invitaron a escribir sobre ese patrón que describo, del cual se desprenden algunas preguntas que pueden ser de utilidad para identificar si hemos hallado nuestro propósito profesional o si estamos cerca de lograrlo. Nacemos con esa pregunta, y su respuesta solo está al interior de cada uno de nosotros. El sabio chino Confusio nos invitó a esa búsqueda: “Escoge un trabajo que te guste, y nunca tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”.

¡Éxitos en la búsqueda!

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Persistencia estratégica

¿Cómo persistir frente a la incertidumbre? Dos elementos son claves: convicción desde la claridad de la estrategia y constancia en la ejecución desde el enfoque en las prioridades estratégicas.

En el mundo empresarial es conocido que para alcanzar objetivos es fundamental la persistencia, expresada en la convicción de empresarios y ejecutivos en cuanto a lo que desean lograr en sus organizaciones, así como en la constancia cotidiana respecto a las acciones claves para avanzar en la dirección elegida. En tiempos como los que vivimos, persistir es más complejo ante las dudas naturales que aparecen en las empresas respecto a su estrategia dado el nivel tan alto de incertidumbre. La convicción puede debilitarse y la constancia compite con la urgencia.

¿Cómo persistir? Además de claridad estratégica para mantener la convicción, la persistencia demanda un alto grado de enfoque para la ejecución de tal manera que los esfuerzos no se dispersen en muchos frentes. Tales focos son las denominadas prioridades estratégicas. 

Precisamente, durante una reciente sesión virtual de graduación en una reconocida escuela de negocios de Europa, Pablo Isla, presidente ejecutivo de Inditex, propietaria de la marca Zara entre otras, mencionó en su intervención como orador principal las tres prioridades estratégicas de su organización para el momento actual: flexibilidad como pilar de la mentalidad de todos los miembros de la empresa, integración plena de los canales físico y virtual para facilitar la movilidad de sus clientes entre uno y otro en forma transparente y dinámica, y sostenibilidad en toda su cadena de valor para atender las expectativas de sus partes interesadas. 

Esta simplificación, que puede sonar excesiva para una empresa con cerca de 170.000 empleados, demuestra su bondad en el efecto que tiene para agilizar la toma de decisiones, facilitar la asignación de recursos, comunicar la estrategia y hacer seguimiento a su ejecución.

Para identificar tales prioridades, en una coyuntura como esta, es recomendable entender, por ejemplo, aquello que necesita la empresa para garantizar su viabilidad y supervivencia en el corto plazo, las acciones que demandan una ejecución sostenida e impecable para mantenerse relevantes al cliente, y las capacidades que serán indispensables en el futuro próximo para navegar la nueva realidad que se vislumbre. 

Otra guía para hacer esta búsqueda de prioridades, y lograr la persistencia estratégica en la práctica, tiene que ver con aquellas palancas claves para avanzar la ejecución en las organizaciones, a saber: estrategia clara, liderazgos visibles y actuantes, competencias del talento, comunicación de la estrategia, flujo de información para la toma de decisiones, estructura organizacional apropiada, indicadores de gestión pertinentes, alineación de personas y recursos hacia objetivos comunes, cultura organizacional, estado de ánimo colectivo y recursos materiales, entre otras. Cada organización tiene hoy oportunidades específicas para acelerar su ejecución estratégica enfocándose en la gestión de unos pocos habilitadores que le son pertinentes. 

Finalmente, siempre es oportuno recordar que un excelente alimento para la persistencia son los resultados.

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Hábitos para la estrategia

¿Cómo activar la capacidad de pensamiento estratégico en nuestras organizaciones? Algunos obstáculos que debemos superar y hábitos para lograrlo.

Los tiempos que vivimos demandan activar en nuestras organizaciones toda su capacidad disponible de pensamiento estratégico. Dicha capacidad, que nos permite imaginar un futuro y darle forma desde las decisiones que tomamos en el presente, habita en las personas que las integran. Para lograr la activación es pertinente reconocer tres obstáculos comunes que suelen impedirla o ralentizarla en las empresas. 

Primero, algunas personas no conocen la estrategia, o no la entienden, y en razón a ello no logran aportarle desde su mirada para definirla ni para priorizar con criterio sus esfuerzos hacia aquello que la organización desea lograr.

Segundo, hay quienes conocen la estrategia, pero no se sienten “estratégicos” y adolecen de sentido de pertenencia hacia ella al no identificar con claridad cuál es su aporte cotidiano tangible para materializarla. 

Y tercero, dado que quizás las conversaciones estratégicas tienen lugar en los niveles gerenciales más elevados, y sus conclusiones no fluyen de manera adecuada hacia toda la organización, las personas marginadas se divorcian de aquello inherente a la estrategia, intencionalmente o por inercia, lo cual se manifiesta en su natural desinterés en aportar para refrescarla e incluso para ejecutarla.

Activar la capacidad de pensamiento estratégico en una organización requiere, en primer lugar, una sincera convicción respecto al potencial que tienen las personas que la componen para aportar a la construcción y ajuste permanente de la estrategia. En tiempos como estos, de alta incertidumbre, buena parte de la información relevante para hacer estrategia está por fuera de las organizaciones, y es por eso que necesitamos contar en ellas con excelentes observadores que hagan sentido del entorno para que aporten a las conversaciones estratégicas elementos pertinentes y valiosos. El desarrollo del “sentido estratégico” habilita a las personas para observar de manera crítica su propia organización, en particular las falencias y oportunidades de su estrategia en ejecución.

En términos prácticos, para activar su capacidad de pensamiento estratégico una organización necesita hacerse cargo de los obstáculos mencionados, y otros posibles, así como adoptar algunos hábitos y prácticas que según los expertos facilitan este proceso. Comunicar con generosidad la estrategia, proveer a las personas de conceptos y herramientas para el pensamiento estratégico desde programas de formación, difundir información pertinente para motivar la reflexión colectiva, y convertir la estrategia en tema de conversación en espacios seguros, son algunos de ellos. Así mismo, fomentar una cultura abierta y menos jerárquica, y un estilo de liderazgo que promueva el diálogo y valore la curiosidad, suman en esta intención. 

Cosechar y alinear la consciencia estratégica colectiva de nuestras organizaciones es hoy una valiosa oportunidad. La capacidad de pensamiento estratégico ya está en nuestras empresas, la tarea ahora es desplegarla y fortalecerla desde acciones intencionales para conseguirlo.

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Estrategia y emociones

¿Existe una relación entre el pensamiento estratégico y el mundo emocional?

Maestros de una ortodoxia gerencial antigua prescribían ejercer el liderazgo al margen del mundo emocional. Dicho mundo amenazaba con deteriorar la “objetividad” en la gestión, que quienes practican la gerencia llevan a cabo tomando decisiones, quedando reservado a la intimidad de la esfera personal, y en lo profesional a cargo de expertos en disciplinas como la sicología. 

La mirada moderna al asunto es sustancialmente distinta. Hace dos semanas, publiqué un libro digital corto, “Pensamiento estratégico: tomar decisiones en tiempos de crisis”, el cual está disponible al público para su descarga sin costo en mi página personal. Precisamente, respecto a los temas que allí planteo sobre las emociones y su pertinencia para el pensamiento estratégico, he recibido positivas consideraciones. 

Este tema realmente no es nuevo. Podemos remontarnos, incluso, al filósofo escocés David Hume y su libro “Disertación sobre las pasiones” publicado en 1757. Pensadores como él, sin embargo, no lograron sobreponerse en su época al arraigo de las ideas racionalistas, presentes años después también en la teoría económica neoclásica, por ejemplo, en su concepto del Homus Economicus, un ser racional estándar, representativo de todos en cuanto a la forma de decidir y ver el futuro.

Con el paso del tiempo, y a la luz de la ciencia, se fue abriendo camino una visión más “humanista” del pensamiento estratégico y la toma de decisiones. Así entonces, el reconocimiento de las emociones en estos terrenos se empezó a manifestar, por ejemplo, desde estudiosos de la economía conductual, de la cual dos de sus pilares han sido los premios Nobel Daniel Kahneman y Richard Thaler. A mediados de los años noventa, Daniel Goleman, con su libro “Inteligencia emocional”, logro elevar sustancialmente el perfil de este asunto. Más recientemente, Susan David, sicóloga en la escuela de medicina de la Universidad de Harvard, planteó nuevas ideas prácticas y sólidamente sustentadas en su exitoso libro “Agilidad emocional”, publicado en 2016. Así mismo, el coaching ha vitalizado la relevancia del mundo emocional en el ámbito ejecutivo, y últimamente hemos recibido un vehemente llamado desde distintas disciplinas a desarrollar dos habilidades claves para liderar: la capacidad de consciencia sobre nosotros mismos y la competencia de estar presentes, aquí y ahora, conocida como mindfulness. 

Nuestra propia gestión emocional es ahora crítica para el ejercicio del liderazgo, el cual se materializa, entre otros, en el pensamiento estratégico y la toma de decisiones, para los cuales las emociones son a su vez una fuente de información. En este tiempo que vivimos, evidentemente emotivo, es ingenuo pretender liderar o pensar estratégicamente de espaldas al mundo emocional. Reconocer y aceptar las emociones es hacerse cargo de ellas para aprovecharlas en tanto la intención de su presencia, inherente a nuestra naturaleza humana, suele ser buena. 

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Tensiones estratégicas

¿Qué retos surgen en una crisis para ejercer la gerencia y definir la estrategia? Son diversos. Enfrentarlos en la práctica requiere flexibilidad con criterio, no libretos.

El eclecticismo es una escuela filosófica fundamentada en la búsqueda de los puntos de conciliación entre doctrinas de diversos orígenes, las cuales, en aparente tensión, comparten terrenos comunes. 

Las circunstancias actuales nos han puesto precisamente frente a múltiples tensiones en el ejercicio de la gerencia. Recientemente, conversé virtualmente con un amplio grupo de directivos del primer nivel en sus organizaciones, e identificamos varias de ellas desde sus experiencias gestionando esta coyuntura. En la gerencia cotidiana, dos tensiones sobresalieron: aquella entre enfocar la atención en lo urgente o elevarla para mirar la ejecución de la estrategia, y la que surge entre seguir pretendiendo la excelencia operacional y procurar al menos la continuidad operativa.

En la gestión del talento identificamos dos tensiones: la primera, esa que se genera entre la cultura organizacional deliberada y pretendida con la cultura que emerge frente a un cambio drástico y abrupto del modelo de trabajo. La segunda, relacionada con la forma de interactuar con las personas, entre un modelo tradicional de control y otro de empoderamiento en la virtualidad. Y respecto a la mirada a los negocios, apareció esta: ¿Nos enfocamos en los negocios actuales o es momento para desarrollar nuevos negocios dadas las oportunidades que observamos?

Podemos abordar estas tensiones como dilemas o como rangos. Los dilemas nos obligan a escoger alguno de sus extremos. Los rangos, en cambio, entendidos como espacios entre dos extremos y asumidos desde una mirada flexible, nos permiten explorar un justo medio adecuado para cada momento y según evolucione la crisis. 

La situación actual para cada empresa es distinta. Y aparece una tensión adicional: ¿Qué es lo más adecuado que deben hacer las empresas respecto a su estrategia? Algunas, adoptan estrategias contingentes, aquellas para casos excepcionales que sustituyen temporalmente la estrategia definida o deliberada que estaban ejecutando antes de la crisis. Otras, practican el modelo de la estrategia emergente, aquella que combina la estrategia deliberada con esas oportunidades que la crisis hizo evidentes y urgentes, incorporándolas rápidamente a la estrategia de base. Y varias adoptan estrategias ambidiestras: conservan su estrategia deliberada intacta, pero en paralelo empiezan a explorar otros caminos, a pequeña escala, en un modelo de prueba y error. 
En síntesis, no hay un “libreto estratégico” para las crisis. Tal y como sucede con el vino, que el mejor es el que a cada uno más le gusta, también en un momento de crisis la mejor estrategia para una empresa es aquella que más le resulte conveniente. 

Estamos en tiempos de evolución, reinvención y disrupción. De esa tensión semántica también escuché en la conversación que cito. En cualquier caso, adoptar una mentalidad ecléctica, con criterio y carácter, es una actitud gerencial pertinente para enfrentar las tensiones estratégicas.

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Hacer hoy estrategia

¿Cómo hacer estrategia en esta coyuntura? Tres elementos básicos deben hacer parte de las conversaciones estratégicas que son ahora tarea cotidiana. 

Avanzamos como economía hacia la recuperación de la vida productiva en medio de la incertidumbre, y con más claridad sobre los efectos que ha tenido en distintas industrias el modelo que adoptamos para proteger la salud y la vida. Ese cambio obligado y profundo, que perjudicó a algunas y favoreció a otras, ha puesto de presente oportunidades potenciales para múltiples sectores, surgidas de las revelaciones que sigue generando este experimento económico forzado, cuyas consecuencias desconocemos.

Vivimos tiempos difíciles, y no pareciera momento de eufemismos para llamar esta crisis de otra manera. Sabemos también que una crisis es temporal y no seguiremos para siempre observando el futuro desde ella. Retomar nuestras actividades empresariales alimenta la esperanza, y es clave despertar ahora en las organizaciones toda su capacidad de pensamiento estratégico para proyectar un nuevo mañana sin esperar a conocer las consecuencias ciertas de esta situación.

Pensar estratégicamente es imaginar un futuro para darle forma desde decisiones que tomamos en el presente. Ese ejercicio obliga a escoger, acción crucial en este momento para adoptar nuevas estrategias, algunas llamadas contingentes, emergentes o ambidextras. Quizás no es momento para ejercicios estratégicos profundos en algunas empresas por limitaciones de insumos, más que de recursos o metodológicas. Aun así, es tiempo de repensar proactivamente la estrategia desde las certezas que permanecen y las luces que empecemos a reconocer en el horizonte. 

Para hacer estrategia en esta coyuntura, tres elementos básicos deben hacer parte de las conversaciones: supuestos, activos estratégicos y oportunidades.

El futuro que imaginamos es el tejido de verdades de referencia que denominamos supuestos. Tales verdades tienen cuatro categorías: las que cambiaron estructuralmente, las que siguen vigentes, las que podemos asumir pragmáticamente como nuevos supuestos legítimos, y las que, pareciendo válidas hoy, son de incierta sostenibilidad en el tiempo. Estas últimas son críticas ahora en las conversaciones estratégicas ya que, mientras agregan incertidumbre, son determinantes para las escogencias más difíciles. 

Los activos estratégicos son aquellos que permiten a una organización diferenciarse y competir exitosamente, toma tiempo construirlos, son difíciles de copiar y algunos no se consiguen con dinero. Ellos incluyen competencias del talento humano, cultura organizacional y reputación, marcas y patentes, entre otros. Es vital tenerlos claros en tanto siguen siendo herramientas tangibles, pertinentes y poderosas, para enfrentar el futuro. La incertidumbre es una multiplicación de las versiones posibles del futuro. De ella surgen oportunidades, no todas necesariamente válidas para todas las empresas. Las mejores oportunidades cumplen dos condiciones: son compatibles con los supuestos que asume la empresa, y sus activos estratégicos son pertinentes para aprovecharlas.

Hacer estrategia siempre ha sido un reto, hoy mayor y más urgente. Conversaciones estratégicas bien estructuradas facilitarán la tarea, ahora cotidiana, de imaginar un nuevo futuro.

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Aprendizaje estratégico

Vivimos un momento de la humanidad que motiva, por voluntad o por fuerza, profundas reflexiones personales. En simultánea con esta experiencia individual y familiar, que tiene implícita una densa carga emocional, quienes integran empresas, organizaciones e instituciones enfrentan con valor y creatividad una situación impensable hace pocas semanas. La estrategia de todas ellas, en la mayoría de los casos, estaba planteada para desenvolverse en un contexto muy diferente, cuyos escenarios posibles no contemplaban el actual.

Los acontecimientos han puesto a prueba la estrategia en las empresas, y las premisas sobre las cuales está construida, estresándola agudamente en vivo y enfrentándola a un entorno extraordinario que parece más un experimento extremo, temporal pero sin agenda, plagado de incertidumbres. Quizás sea pertinente entonces, aun en medio de las afugias y exaltaciones de la nueva cotidianidad, hacer una pausa esporádica para observar con curiosidad nuestra estrategia en este tiempo de denso aprendizaje. 

El DOFA, una herramienta tradicional del pensamiento estratégico, es una buena guía para ese ejercicio reflexivo de observación, autoconocimiento y aprendizaje en la coyuntura actual. Las organizaciones, de manera explícita o no, incorporan en su estrategia formulada una visión de sus fortalezas y debilidades, así como de sus oportunidades y amenazas. Dicha herramienta, cuyo desprestigio surge más de su uso inapropiado que de su antigüedad, orienta las preguntas más básicas y pertinentes que, frente a esta situación, podríamos hacernos en las empresas.

Respecto al entorno, algunas preguntas razonables en cuanto a oportunidades y amenazas serían, por ejemplo: ¿Qué oportunidades nuevas se hacen evidentes dada la coyuntura actual? ¿Qué oportunidades identificadas con anterioridad parecen ahora más frágiles y menos atractivas? ¿Qué fortalezas y debilidades se hicieron visibles en nuestros competidores? ¿Qué dinámicas nuevas observamos en nuestros clientes en procura de sortear su situación? ¿Qué revelaciones ha puesto de manifiesto la crisis respecto al futuro de nuestra industria?

En cuanto a la organización misma, respecto a sus fortalezas y debilidades, pregúntese por ejemplo: ¿Cómo se están comportando frente al estrés actual las fortalezas que creemos tener? ¿Qué nuevas fortalezas se han hecho evidentes en la organización dada la situación? ¿Qué capacidades es necesario convertir en fortalezas para abordar oportunidades que ahora vemos posibles? ¿Tenemos en nuestro talento humano una fortaleza o qué necesitamos hacer para que lo sea? ¿Es nuestra cultura un sólido soporte al funcionamiento de la organización?

Todos tenemos cosas muy importantes que hacer y en qué pensar en el inmediato plazo, a nivel personal y familiar, y ya habrá tiempo para hacer, también en las empresas, reflexiones profundas para cosechar los aprendizajes de esta experiencia traumática e incorporarlos a su estrategia. Con esperanza en el futuro, sugiero respetuosamente que mantengamos presente que, en lo humano y empresarial, vivimos un momento que por complejo es también privilegiado para aprender y repensar el futuro de nuestras empresas, fortaleciendo su estrategia para que sigan cumpliendo su vital función en la sostenibilidad del tejido social, tal como lo están haciendo en esta coyuntura. Las crisis también tienen el poder de hacer visible lo invisible.

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Juntas y género

Diversidad de género en las juntas directivas: una tendencia evidente que seguirá profundizándose por múltiples razones.

La encuesta anual de la firma PwC a más de 700 miembros de juntas directivas de empresas listadas en los Estados Unidos, publicada en octubre pasado, muestra en sus resultados que el género ocupó el primer lugar en importancia como factor para lograr la diversidad de pensamiento en ese órgano de gobierno. 

Este hallazgo coincide con la tendencia evidente hacia una mayor presencia femenina en las juntas directivas. Un informe de la consultora ISS Analytics reveló que cerca del 45% de los nuevos miembros que llegaron en 2019 a las juntas en las empresas del índice Russell 3.000 de Estados Unidos fueron mujeres.

En 2016, ese indicador había sido inferior a 25%. A mediados de 2019, el 27% de los puestos de junta directiva en las empresas del índice S&P 500 de Estados Unidos ya estaba ocupado por mujeres, cifra que 5 años atrás era el 18%, y en agosto pasado, por primera vez en la historia, todas las empresas del índice ya contaban con al menos una mujer en su directorio. Según un estudio reciente de la firma EY, el 56% de las empresas del S&P 500 cuentan con 3 o más mujeres en su junta directiva actualmente.

Las estadísticas actuales de la organización Corporate Women Directors International muestran que en América Latina la presencia de la mujer en las juntas directivas de empresas listadas en las bolsas de valores es aún modesta. Mientras que en diferentes países de Europa las mujeres representan entre el 16 y el 40% del total de directores en dichas empresas, en Estados Unidos y Canadá alcanzan el 21%, en África el 14% y en nuestra región apenas el 7%. 

La Superintendencia de Sociedades de Colombia, en su informe más reciente respecto a los indicadores de gobierno corporativo de empresas de capital cerrado, reveló que, de 6204 empresas vigiladas con ingresos y activos totales superiores a 30000 SMMLV, un 62% manifiesta tener una junta directiva u órgano equivalente, con presencia de mujeres en un 59% de los casos donde existe dicha figura. 

Esta tendencia continuará profundizándose. En países como Noruega, Francia y España las empresas listadas en bolsa deben contar, por norma, con al menos un 40% de mujeres en su junta directiva, mientras que en el estado de California – Estados Unidos, para 2021 será requisito que las empresas listadas basadas allí tengan mínimo 3 mujeres en las juntas de 6 o más miembros. 

Por su parte, fondos de inversión globales como BlackRock y State Street, así como la banca de inversión Goldman Sachs, promueven activamente la presencia femenina en la junta de las empresas donde participan o a las que asesoran. 

Más allá de las iniciativas regulatorias y políticas que incentivan la diversidad de género en las juntas directivas, algunas de las cuales despiertan incluso controversia, la evidencia empírica aportada por la academia, consultoras reconocidas y entidades expertas en gobierno corporativo, demuestra que tal diversidad favorece el desempeño integral de las organizaciones y enriquece tangiblemente la capacidad de pensamiento estratégico del directorio. 

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Juntas diversas

¿Cuáles son las dimensiones de la diversidad en una junta directiva y por qué es importante?

Diversidad significa variedad y también diferencia. En las juntas directivas, la diversidad de sus miembros se manifiesta desde múltiples factores: genero, edad, formación académica, competencias particulares, experiencia profesional, nacionalidad, estilo de pensamiento, tiempo integrando la junta, participación en otras juntas directivas, condición de miembro independiente o de accionista, entre otros.

El interés de inversionistas, instituciones gubernamentales y académicas en promover la diversidad en las juntas directivas es manifiesto en la actualidad. Esto es evidente también en las empresas, tanto que en algunas han optado incluso por aumentar el tamaño de la junta directiva como una manera de facilitar su diversificación y, en ocasiones, de contrarrestar el riesgo de efectos negativos potenciales por la baja rotación de sus miembros tradicionales.

Algunas razones explican la relevancia de este asunto. De una parte, múltiples estudios científicos demuestran que los grupos diversos tienden a tomar mejores decisiones, aun cuando su proceso para llegar a ellas sea más complejo. Así entonces, las juntas directivas diversas cuentan con una mayor capacidad colectiva de pensamiento estratégico, aquel que se ocupa de imaginar el futuro para fijar, en el presente, objetivos y caminos para lograrlos. Esta es una competencia clave en tiempos en los que es más retador para quienes administran las organizaciones el articular, frente a la incertidumbre, estrategias pertinentes y oportunas que enlacen apropiadamente su realidad presente con la abundancia de información y tecnología disponibles para escoger aquello en lo que desean convertirse.

Así mismo, la diversidad de perspectivas permite a una junta directiva ejercer mejor su labor de aconsejar a la gerencia, tanto desde proveerle con una mayor riqueza de insumos para hacer su labor, como a partir de la observación de los riesgos de una empresa desde lentes heterogéneos. Algunos investigadores en temas de gobierno corporativo han encontrado que a mayor complejidad de una organización más alto es el valor que le genera la diversidad en su junta directiva. 

Larry Fink, presidente de la junta directiva de BlackRock, uno de los mayores fondos de inversión en el mundo, en una reciente carta anual enviada a las empresas donde dicho fondo poseía inversiones, sintetizó en cuatro puntos las bondades de las juntas directivas diversas: mentalidad variada, elevado estado de consciencia, menor probabilidad de omitir amenazas al modelo de negocio y mayor capacidad de identificar oportunidades que promueven el crecimiento de largo plazo.

La diversidad no se hace manifiesta en las juntas de manera espontánea. Para materializar sus beneficios, es fundamental que exista una cultura de participación plural de sus miembros y una alta capacidad de gestionar la divergencia en la toma de decisiones. 

En esta época de asambleas de accionistas y elección de juntas directivas, la diversidad como criterio para conformarlas es pertinente, no vista como una moda o de manera caprichosa, sino entendida como la pluralidad que atiende integralmente las necesidades estratégicas de una organización y que genera, además, los beneficios mencionados. 

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Comunicar la estrategia

¿Cómo comunicar la estrategia de manera efectiva en las organizaciones? Tres elementos son claves en la práctica: claridad, persistencia y coherencia.

El reto cotidiano de los líderes de una organización es lograr que las cosas sucedan, es decir, que la estrategia que han definido se haga realidad. Un factor clave para el éxito en la ejecución de la estrategia, reconocido por ejecutivos, académicos y consultores, es su comunicación. ¿Cómo hacerla de manera efectiva? Tres elementos son claves: claridad, persistencia y coherencia.

La claridad facilita el entendimiento y evita interpretaciones erradas. Es clave comunicar la estrategia en un lenguaje simple y comprensible, adaptando los mensajes a cada grupo de interés a la vez que se conserva la unidad de criterio. La creatividad es bienvenida si es afín a la cultura de la organización, incluso a su marca, y es válido cuidar que los mensajes abran la puerta en el receptor desde lo emocional para lograr su atención desde lo racional. Algunas organizaciones, por ejemplo, al comunicar su estrategia renovada prefieren hablar de evolución y no de cambio para mitigar la generación natural de resistencia. Un objetivo de la comunicación clara debe ser permitirle a cada persona generar sentido de pertenencia respecto a la estrategia desde su respuesta a estas preguntas: ¿Por qué es estratégico mi trabajo? ¿Cuáles son las prioridades en mi gestión? ¿Cuál es el mejor uso de los recursos que controlo?

La persistencia es crítica en tanto no es suficiente una sola comunicación para lograr el pleno entendimiento y apropiación de la estrategia. Es importante compartir información de manera sostenida en el tiempo, con mensajes variados que hagan sentido entre sí, concretos y sencillos ya que son los de más alto impacto. Tener un primer espacio colectivo para compartir un contexto general de la estrategia es una práctica común, y tal visión general luego se enriquece desde la comunicación permanente y ordenada para que las personas avancen su entendimiento individual. Persistencia también significa que los líderes estén siempre abiertos a responder preguntas sobre la estrategia, y difundir los logros a medida que aquella se transforma en realidad.

La coherencia entre el decir y el hacer es una condición básica cuando se trata de seres humanos ya que, como primates que somos, aprendemos de manera muy eficaz mediante la observación y el ejemplo. El papel de la alta dirección es clave para la comunicación de la estrategia, al interior y hacia el exterior, tanto a nivel verbal como desde su vivencia cotidiana. Los líderes comunican la estrategia al exterior, por ejemplo, desde sus conversaciones y actuaciones con clientes y proveedores. A su vez, al interior de la organización, los líderes también están comunicando la estrategia al cuidar la pertinencia de los temas a tratar en sus reuniones de trabajo, en los comités ejecutivos y en la junta directiva. Hablar y actuar, tomando la estrategia como referencia, son oportunidades privilegiadas de comunicación para los líderes.

Comunicar efectivamente la estrategia en una organización es una labor valiosa para alinear personas y recursos hacia los esfuerzos de más alto impacto que la acerquen al logro de sus metas.

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Estrategia y gobierno corporativo

¿Cuál es y cómo articular el papel de los accionistas, la junta directiva y la gerencia frente a la estrategia? Este es un modelo general de referencia.

Accionistas, junta directiva y gerencia, ejes del gobierno corporativo, tienen responsabilidades específicas respecto a la definición, implementación y seguimiento a la estrategia de una organización. 

Los accionistas orientan temas de fondo para la estrategia, por ejemplo, la filosofía en la forma de hacer negocios y lineamientos para definir políticas relevantes. Igualmente, delimitan los ámbitos de la actividad empresarial en los cuales se sienten cómodos, así como el grado de riesgo que consideran tolerable, a la vez que orientan temas financieros como el nivel de deuda que estiman adecuado, y su necesidad de liquidez que determina la política de reparto de dividendos.

Estos temas son insumos fundamentales para la definición de la estrategia y deben ser de conocimiento de la junta directiva elegida por los accionistas.

La junta directiva, por su parte, orienta a la gerencia para la construcción de una propuesta de estrategia, a partir de su visión del entorno y de la empresa, así como de su interpretación del deseo de los accionistas. Así, la junta establece el marco de referencia para el proceso de formulación estratégica de la gerencia.

Los equipos gerenciales son los encargados entonces de plantear el direccionamiento de la estrategia, o de estructurar una propuesta de ajuste a la misma. La experiencia de quienes están al frente de la empresa los habilita para hacer tal ejercicio, considerando la orientación recibida desde la junta directiva.

El paso siguiente del proceso se da cuando la gerencia pone a consideración de la junta directiva su propuesta. Las dos partes se alinean respecto a lo que desean lograr y cómo van a hacerlo, y la visión de los accionistas siempre está presente en la conversación desde la voz de la junta directiva que los representa frente a la gerencia. En la interacción entre los actores del gobierno corporativo un participante adicional de importancia es la revisoría fiscal, representante de los accionistas, para diversos efectos, frente a la junta directiva y la gerencia. 

La interacción de la junta directiva y la gerencia entorno a lo estratégico es permanente. En su labor de acompañar a la gerencia desde el control y el consejo, la junta hace seguimiento a la ejecución de la estrategia y aporta desde su experiencia para mejorar los procesos de toma de decisiones y para procurar avanzar a la velocidad necesaria hacia los objetivos.

Por su parte, la interacción entre la junta directiva y los accionistas es también dinámica alrededor de la estrategia. Así entonces, en las asambleas de accionistas la junta directiva reporta sobre la estrategia formulada y el avance en su ejecución, propone y recibe orientación sobre iniciativas estratégicas que pudiesen estar fuera de su competencia, y recalibra su lectura de los intereses de los accionistas. 

Esta dinámica entre accionistas, junta directiva y gerencia varía en cada empresa. En cualquier caso, la estrategia debe incorporar y dar testimonio de los intereses de todos los integrantes del gobierno corporativo, el cual es a su vez fundamental para convertirla en realidad.

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La estrategia es una sola

¿Cuántas estrategias debe tener una empresa? Una sola, la cual se desarrolla en tres niveles. Reflexiones para enfrentar el defecto de la organización “multi-estrategia”.

Las organizaciones siempre están ejecutando una estrategia. En algunas, aquella está formulada de manera clara y metódica, es explícita y conocida por sus integrantes, en otras la estrategia habita de manera tácita en el ambiente y las personas la intuyen, pero no ha sido formalmente estructurada o comunicada.

 Existen casos exitosos en los dos modelos, aunque en el segundo el riesgo de desalineación se amplifica por la falta de una estrategia declarada a ejecutar. Tal riesgo puede materializarse en un fenómeno curioso, el de la organización “multi-estrategia”, en cuyo interior conviven diversos planteamientos estratégicos, formulado cada uno de manera aislada por unidades de negocios o áreas funcionales, algunos incluso con una misión y visión propias.

Este defecto, generado por el vacío de una estrategia intencionalmente estructurada y generosamente difundida, fractura la integridad de la organización.

¿Cuántas estrategias debe tener una empresa? Una sola, la cual, eso sí, se desarrolla en distintos niveles. El primer nivel es la estrategia corporativa, la cual hace las veces de sombrilla filosófica y define para la organización la misión o propósito, la visión o aspiración, el ámbito de negocios en los cuales participar y crecer para lograr su aspiración, los pilares estratégicos o énfasis de gestión escogidos para buscar la excelencia y ponerlos al servicio de la competitividad de los negocios, la cultura o forma de hacer las cosas, y los valores o creencias profundas que sustentan dicha cultura.

El segundo nivel es la estrategia competitiva, que define para cada negocio escogido en el nivel anterior su forma de competir, y se expresa en una propuesta de valor estructurada para precisar claramente la manera de relacionarse con los clientes y diferenciarse, apalancada en los pilares estratégicos identificados en la estrategia corporativa.

El tercer nivel es la estrategia funcional. Las áreas funcionales en una organización, como gestión del talento humano, finanzas, logística y mercadeo, son la plataforma sobre la cual operan los negocios. 

La estrategia funcional es el tercer nivel en tanto resulta de los dos primero, es decir, para desarrollarla, cada área funcional se guía por elementos de la estrategia corporativa, como los pilares estratégicos, y de la competitiva, como las propuestas de valor de los negocios y sus focos de crecimiento. 

Se llama estrategia porque en efecto cada área funcional hace escogencias. Si bien hay asuntos que por su naturaleza un área debe atender para cumplir con la ley y con los mínimos necesarios en cualquier empresa, hay otros en los que tiene flexibilidad para enfocarse buscando generar valor desde mejorar la competitividad de los negocios, la eficiencia de sus propios procesos, y la fortaleza de sus capacidades.

La estrategia en cada nivel es una parte de un mismo cuerpo estratégico, no son estrategias separadas. Todas están alineadas y se retroalimentan mutuamente. La mejor forma de corregir el defecto de la “multi-estrategia” es abordar un ejercicio de formulación que abarque los niveles descritos y comunicar con generosidad el resultado de este, en toda la organización, para establecer un lenguaje común y una visión compartida.

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Resistencia al cambio

¿Cómo gestionar el cambio en las organizaciones y prevenir la resistencia para lograrlo? Algunas ideas prácticas.

Gestionar el cambio es un reto que enfrentan las organizaciones para implementar ajustes en su direccionamiento estratégico. 

John Kotter, reconocido profesor de la escuela de negocios de Harvard, propone abordar el cambio desde un modelo que parte por establecer un sentido de urgencia explícito en la organización para avanzar luego a estructurar un equipo que lidere dicho movimiento.

Este equipo desarrolla y comunica una visión clara del cambio, y gestiona la remoción de los obstáculos que lo impidan. Las victorias tempranas son críticas para darle credibilidad al proceso e ir elevando la ambición de los objetivos de transformación, y el resultado exitoso sucede cuando, además de la modificación objetivo, la organización incorpora esa capacidad de cambiar a su cultura para habilitar su evolución futura.

Desde la perspectiva de las personas, Tessa Bassford y Bill Shaninger, consultores de la firma McKinsey, consideran que existen cuatro condiciones para que los miembros de una organización cambien de mentalidad y comportamientos: el ejemplo de los líderes, el entendimiento claro de lo que se les pide que modifiquen y que aquello les haga sentido, proveerlos de capacidades y herramientas para enfrentar la transformación, y hacer ajustes en la estructura y los procesos como mecanismos formales de refuerzo del cambio.

Albert Einstein planteó que la capacidad de cambiar es la medida de la inteligencia. La propensión humana, sin embargo, no siempre es tal y es por ello qué la resistencia al cambio suele estar presente en los procesos que lo pretenden. ¿Cuáles son los inductores de dicha resistencia?

En consultorías recientes con diversas organizaciones, identificando con sus ejecutivos las mejores oportunidades para acelerar la ejecución de su estrategia, he explorado intencionalmente la respuesta a esta pregunta.

La resistencia se alimenta de la falta de comunicación explícita respecto al cambio esperado, así como de sus bondades para la organización y sus integrantes. El cambio impuesto, sin justificación aparente, es otro de sus detonantes naturales. La falta de ejemplo por parte de los líderes de la organización, tanto en sus actuaciones como en sus declaraciones respecto al cambio, es otro inductor de resistencia. 

Esta actitud de algunos líderes, a su vez, justifica y legitima el miedo colectivo derivado de la incertidumbre respecto al nivel de incomodidad que será necesario tolerar durante la transición y a los resultados posibles del cambio. La percepción de desorden y anarquía en algunos momentos de una transformación también estimulan la resistencia, en tanto validan la coloquial frase “mejor malo conocido que bueno por conocer”. 

Genera resistencia igualmente la belicosidad destructiva de los líderes del cambio respecto a lo pasado, y el eventual deterioro tangible de los resultados de la organización debido al proceso, síntoma que es importante entender claramente para seguir adelante con aquel o redireccionarlo.


Cambio y resistencia van de la mano. En un proceso de transformación es crítico entender las causas de resistencia para afinar los argumentos de persuasión y conseguir que aquellos estimulen esa inteligencia evocada por Einstein desde la empatía con las fibras más íntimas de la naturaleza humana. 

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¿Entendemos nuestra estrategia?

¿Por qué es importante que las personas entiendan la estrategia de sus propias organizaciones y cuáles son algunos obstáculos para lograrlo?

Las organizaciones suelen hacer esfuerzos significativos para definir su estrategia y procurar ejecutarla de manera exitosa. Pese a ello, los estudios respecto a qué tanto entienden la estrategia de las empresas quienes las integran arrojan de manera consistente el mismo resultado: solo una minoría tiende a tener claro qué es lo que su organización desea lograr y cómo espera hacerlo.

Esta falta de entendimiento de la estrategia por parte de los encargados de ejecutarla se convierte en una limitación significativa para alcanzar los objetivos de una empresa por las consecuencias que genera, por ejemplo, dificultad para alinear consciente y fluidamente esfuerzos y recursos, así como falencias en el compromiso de las personas por la desconexión que perciben entre los objetivos organizacionales y sus motivaciones individuales. 

Los obstáculos que impiden que las empresas avancen en irrigar internamente la estrategia de manera efectiva son diversos. Estrategias expresadas de manera compleja o confusa, deficiencias deliberadas o inadvertidas en su comunicación, culturas jerárquicas, ausencia de indicadores de gestión y sistemas de remuneración desalineados de los objetivos estratégicos, son factores que vuelven borroso el entendimiento de la estrategia por parte de los integrantes de una organización. 

Cuando las empresas enfrentan obstáculos como estos, queda en manos de los individuos intentar avances en tal entendimiento de la estrategia. ¿Cómo hacerlo? El ingrediente fundamental es la curiosidad, que motiva preguntarle a los líderes de la organización, leer los informes internos y públicos de la compañía, y reflexionar para entender, por ejemplo, las razones para las inversiones recientes de la empresa, así como su intención de crecer o decrecer en determinados negocios.

¿Cómo saber si entiendo la estrategia de mi empresa? Quien entiende claramente la estrategia de su organización está en capacidad de dar testimonio de los objetivos superiores en los cuales aquella está enfocada, así como de visualizar su contribución para lograrlos desde el trabajo cotidiano. 

Esta persona, guiada por la estrategia, cuenta con los criterios para priorizar su gestión y utilizar los recursos a su cargo de la manera que más valor pueden generar, y se alinea sin resistencia con los cambios que favorecen la ejecución estratégica. 

Quien entiende la estrategia tiene identificados los resultados que es más importante alcanzar, y en tal sentido puede enfocar muy bien aquello a lo cual hacer seguimiento y mediante qué indicadores de gestión. 

De igual manera, puede vigilar el entorno de manera efectiva, y aportar para la afinación de la estrategia desde su posición, ya que su entendimiento le permite ver señales y conectar con su organización eventos, tendencias, oportunidades y movimientos de los competidores, entre otros.

Una persona que entiende claramente la estrategia de su empresa está, además, en capacidad de gestionar de manera inteligente su carrera en ella, visualizando oportunidades y desarrollando las capacidades que necesita para hacer camino en los espacios que más le interesan.

Para las personas, entender la estrategia genera confianza y sentido de pertenencia. Para las organizaciones, el entendimiento de las personas genera ejecución y resultados. ¿Entendemos todos en nuestra empresa su estrategia? 

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La junta y su mirada a la estrategia

¿Cómo abordar desde la junta directiva la mirada a la estrategia propuesta por la gerencia para la organización?

Los equipos ejecutivos hacen periódicamente ejercicios de revisión a la estrategia de su organización con el propósito de mantenerla pertinente y viable. 

El resultado de esta actualización suele llegar posteriormente a la junta directiva para sus consideraciones y ajustes, de tal manera que aquella se apropie a su vez de la estrategia y acompañe decididamente al grupo gerencial en avanzar su ejecución.

¿Cómo abordar desde la junta directiva esta mirada a la estrategia propuesta por la gerencia? La junta necesita asegurar que la estrategia esté planteada de una manera clara y comprensible, y sentirse cómoda acompañando un planteamiento que estima factible, es decir, en el que cree y cuyos objetivos considera alcanzables. 

Al nivel general, la junta debe acoger como interesantes y retadores el propósito y la aspiración de la empresa. Igualmente, requiere entender la racionalidad detrás del ámbito de negocios propuesto para la organización, y de las renuncias explícitas al respecto, y hacer sentido de como aquellos son el medio adecuado para alcanzar sus objetivos más elevados. 

Las organizaciones definen, para cada negocio en el que escogen participar, una forma de competir. Para la junta directiva es crítico entender cuáles son los factores claves de éxito en cada negocio y cómo la empresa generará valor tangible a sus clientes, cómo se diferenciará y porqué podrá enfrentar efectivamente de esa manera a sus competidores.

Desde tal entendimiento, la junta contará con los criterios para visualizar las brechas de más urgente atención y para evaluar, por ejemplo, la pertinencia estratégica de las propuestas de inversión planteadas por la gerencia. 

La comprensión plena de lo que la estrategia aspira lograr, y del cómo hacerlo, habilita a la junta para una mirada desde tres dimensiones adicionales: la cultura, el entorno y los accionistas. 

Si un ajuste en el direccionamiento estratégico implica la necesidad de hacer cambios en la cultura de la organización, es vital que la junta entienda cuáles son y la forma como la gerencia planea avanzar en ellos, así como asegurar que comulguen con las expectativas de los accionistas. 

De otro lado, en tanto la junta hace parte del radar que conecta a una organización con el exterior, ella debe vigilar que la estrategia se haga cargo, de manera explícita, de los elementos que considera más relevantes del entorno en cuanto a tendencias, riesgos y responsabilidades con todas las partes interesadas de la empresa. 

Finalmente, la junta directiva determina si la estrategia, en su conjunto, recoge el espíritu empresarial de los accionistas, es compatible con el nivel de riesgo tolerable, construye una organización sostenible para el mediano y largo plazo, y permitirá remunerar apropiadamente el capital puesto a su servicio.

La mirada consciente por parte de la junta directiva a la estrategia, desde las perspectivas mencionadas, le permite aportar en su formulación, comprometerse desde la confianza con su ejecución, definir las conversaciones estratégicas prioritarias con la gerencia durante sus sesiones, e identificar los temas críticos de seguimiento para cumplir con sus funciones de aconsejar y controlar. 

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Tiempo de alianzas estratégicas

¿Qué condiciones y actitudes son necesarias en una organización que desea adoptar las alianzas como parte del patrón para acelerar la ejecución de su estrategia?

En esta época, en la cual es más difícil predecir y todo pareciera suceder más rápido, es evidente para las compañías la necesidad de evolucionar a mayor velocidad. Con el fin de lograrlo, ellas deben acceder a recursos que no poseen, adquirir capacidades que no han desarrollado o complementar su portafolio, de manera casi inmediata para asegurar su sostenibilidad en el corto y mediano plazo. Un camino expedito para cerrar esas brechas es la constitución de alianzas estratégicas con otras organizaciones.

En el marco de una sesión sobre pensamiento estratégico con el equipo ejecutivo responsable de identificar, explorar, estructurar y poner en marcha las alianzas en uno de los grupos empresariales más importantes de nuestro país, reflexionamos, desde su experiencia, sobre las buenas prácticas para adoptar esta ruta que ha sido clave para la ejecución de su estrategia. 

Este equipo de expertos considera que, para abordar las alianzas como un patrón estratégico, son necesarias algunas condiciones y actitudes de parte de una organización. Es indispensable, en primer lugar, un alto conocimiento de la estrategia propia para identificar las mayores necesidades y mejores oportunidades de generar valor, mejorar la competitividad y ganar en diferenciación de la mano de un aliado. 

Así mismo, es necesario reconocer rápidamente las limitaciones internas de la empresa, al margen de cualquier arrogancia, y enfrentarlas con un alto sentido de urgencia para encontrar coherente el camino de aliarse, aun cuando aquel implique compartir con el otro parte del valor creado. 

Una vez identificado un potencial aliado, es clave la curiosidad para acercarse, hacerle preguntas y procurar entenderlo a profundidad, así como la apertura para responder a sus inquietudes y dejar explícitos los intereses propios.

La transparencia mutua es crítica para identificar las posibilidades reales de alianza, desde los intereses genuinos de cada uno más que a partir de sus posiciones iniciales, así como desde el entendimiento de los verdaderos activos estratégicos con los cuales cuentan juntos para escoger un camino de exploración factible.

Es igualmente importante aproximarse a las conversaciones exploratorias con una disposición flexible, en tanto los ámbitos para una eventual alianza pueden ser incluso diferentes o más amplios que los que motivaron el acercamiento inicial. 

Las alianzas se estructuran buscando generar valor tangible para ambas partes, como condición definitiva para su sostenibilidad, y en tal sentido esa es una métrica para identificar el mejor camino para avanzar. 

Por ello también es indispensable actuar con sensatez y resistir la tentación de poner en marcha alianzas en las cuales sea evidente la asimetría en el esfuerzo, en el aporte de recursos o conocimiento, o en el reparto del valor generado. 

Finalmente, es relevante definir mecanismos de salida para las partes cuando, por ejemplo, cambios en las circunstancias vuelven una alianza obsoleta en tanto pierde capacidad para servir al propósito para el cual fue estructurada, así como mitigar el riesgo de una ruptura abrupta.

Las organizaciones que deseen mantenerse a la vanguardia y garantizar su sostenibilidad competitiva, bien pueden encontrar en las alianzas estratégicas un camino para lograrlo.

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Ciclotimia estratégica

¿Cómo mitigar el riesgo de definir la estrategia desde un estado de ánimo particular, que frente a la incertidumbre es volátil, y que se materializa en decisiones frágiles?

El Congreso Empresarial Colombiano, organizado por la Andi, permitió a los asistentes exponerse a múltiples visiones acerca de lo que nos podría deparar el futuro, en diversos ámbitos, a nivel internacional y local. 

Tales visiones, presentadas por expertos de primer nivel desde sus reflexiones y análisis, algunas convergentes y otras abiertamente divergentes, fueron una muestra clara del nivel de incertidumbre que enfrentan las empresas en la coyuntura actual.

 En las charlas entre empresarios podía evidenciarse por momentos algo similar a una condición médica conocida como ciclotimia, caracterizada por variaciones abruptas del humor que, como un péndulo, va y viene entre la euforia y la tristeza. 

Visiones optimistas, sólidamente soportadas, contrastaban en los diálogos sobre el futuro con visiones pesimistas posibles. Cada empresario, con certeza, procuró hacer sentido de tanta información y perspectivas para llevar a su organización una conclusión razonable que alimentara el direccionamiento de su estrategia. 

Dialogar sobre estrategia empresarial, es decir, sobre el futuro que desean y cómo van a lograrlo, es más complejo en el contexto que vivimos. 

En tales conversaciones, el proceso de toma de decisiones está amenazado por el riesgo de la ciclotimia estratégica, entendido como aquel de definir la estrategia desde un estado de ánimo particular, que frente a la incertidumbre es volátil, y que se materializa en decisiones faltas de coherencia, confiabilidad y sostenibilidad. Hacer estrategia es escoger y ello implica elaborar una visión del mañana desde la lectura que cada organización hace de su entorno. ¿Cómo enfrentar, entonces, el riesgo de ciclotimia estratégica al imaginar el futuro? 

En primer lugar, es importante reconocer el estado de ánimo predominante al momento de una conversación sobre estrategia para evidenciar sesgos en los análisis y las decisiones. Para elevar el nivel de consciencia, pregúntese: ¿En qué estado de ánimo nos encontramos? ¿Qué tan probable es el escenario que estamos analizando? ¿Cuál sería la dimensión de su impacto en nuestra organización e industria, en nuestros clientes y proveedores? ¿Cuáles son los argumentos que pueden demostrar que estamos equivocados en nuestro análisis?

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Es recomendable, en segunda instancia, conversar desde los hechos y los datos, hasta donde estén disponibles. Si bien el proceso de pensamiento estratégico requiere especular acerca de escenarios posibles, utilizar la intuición que surge de la experiencia y hacer sentido de información contradictoria e incompleta, es importante contar en los análisis con información “dura” para conectar la construcción de hipótesis futuristas a las realidades tangibles del presente.

Así, para matizar paradigmas y sesgos cognitivos arraigados en las organizaciones, es útil enriquecer las conversaciones con la mirada de terceros que no pertenezcan al entorno, bien sean ellos colegas de industria, clientes y proveedores, académicos o empresarios de otros sectores, que dibujen una perspectiva amplia que trascienda la de la empresa. En conclusión, para mitigar los riesgos de la ciclotimia estratégica es clave no quedarnos solos en nuestras conversaciones sobre el futuro.

Buenas juntas directivas

¿Qué caracteriza a las buenas juntas directivas? Estos modelos de referencia facilitan reflexionar e identificar oportunidades para multiplicar el valor que ellas generan a sus organizaciones.

¿Qué caracteriza a las buenas juntas directivas? La respuesta interesa a quienes hacen parte de una junta, reportan a ella, deben elegirla o evaluarla. Estas son algunas consideraciones generales.

Jeffrey Sonnenfeld, profesor de la Universidad de Yale, publicó en 2002 un artículo al respecto, el cual se convertiría en un clásico del gobierno corporativo. Allí plantea que las buenas juntas se caracterizan por operar en un clima de franqueza y confianza, lo cual es clave para sobreponerse a los temas que podrían polarizarlas.

Tales juntas promueven una cultura donde es legítimo el disenso abierto, entre sus miembros y con la gerencia, y en la que no son indispensables los consensos. Los miembros de las buenas juntas no se encasillan en un solo rol, y aceptan salirse de sus esquemas predeterminados por su experiencia o formación. El nivel de responsabilidad de sus miembros es elevado, y están abiertos a ser evaluados como junta y como individuos alrededor de la calidad de sus discusiones, su nivel de conocimiento y la relevancia de sus aportes, entre otros elementos.

La firma consultora A.T. Kearney, experta en gobierno corporativo, a partir de publicaciones de David Nadler, Beverly Behan y Mark Nadler, considera que las juntas directivas de alto desempeño incorporan cinco valores que motivan una serie de conductas. En primer lugar, valoran la independencia e integridad, para hacer preguntas profundas, navegar los desacuerdos, hacer respetar las reglas del buen gobierno y tener relaciones de transparencia entre sus miembros y con la gerencia.

Estas juntas aprecian la apertura, desde la cual intercambian puntos de vista con sinceridad en conversaciones incluyentes que derivan en decisiones bien elaboradas que les generan confianza. Creen en la rendición de cuentas, y desde allí sus miembros entienden que su liderazgo y responsabilidad son compartidos frente a sus partes interesadas, así como la importancia de gestionarse a nivel individual y colectivo acogiendo una evaluación periódica. Las buenas juntas valoran la orientación a acciones, haciendo seguimiento a lo acordado, promoviendo decisiones y enfocando su conversación con la gerencia alrededor de prioridades verdaderas. Todo esto sucede enmarcado en el valor de la confianza desde el respeto mutuo, que motiva capacidad de escuchar, empatía entre los miembros de la junta y desde ella con el equipo de gerencia, confidencialidad y compromiso individual frente a lo decidido pese a no estar eventualmente de acuerdo.

En su libro Compañías excelentes merecen juntas excelentes, Beverly Behan identifica cinco rasgos evidentes en las juntas exitosas. Ellas agregan valor tangible a la gerencia, aportando perspectiva, desafiando sus supuestos y tomando decisiones. Además, son juntas consientes de su forma de generar valor, enfocadas en los temas relevantes desde la estrategia de la organización y su coyuntura. Desde la consciencia de sí misma, y el conocimiento de su rol, una junta de alto desempeño identifica y gestiona sus oportunidades de mejora, y procura tener sesiones dinámicas y abiertas, participativas e interesantes para los asistentes. Finalmente, una junta directiva es exitosa cuando la organización que lidera logra los resultados estratégicos y financieros que desea. 

Estos modelos generales de referencia, que comparten terrenos comunes, son de utilidad para reflexionar sobre nuestras juntas directivas y evidenciar algunas de sus oportunidades para mejorar su operación y multiplicar el valor tangible que generan a las organizaciones que lideran. 

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Gestión estratégica de riesgos

A mayor incertidumbre respecto al futuro, más importante escoger estratégicamente los riesgos a gestionar. ¿Cómo hacerlo?

Erik Peterson, director del centro de pensamiento sobre política global para los negocios de la firma consultora A.T. Kearney en Washington, visitó recientemente el país y lidero un interesante taller con ejecutivos y miembros de juntas directivas de reconocidas organizaciones, cuyo propósito era identificar los principales riesgos percibidos en el corto plazo para el desarrollo empresarial en Colombia.

Inicialmente, Peterson compartió a manera de contexto su mirada sobre el complejo e interesante entorno actual para los negocios a nivel global, y posteriormente invitó a todos los asistentes, distribuidos en grupos, a construir un inventario de riesgos relevantes para el caso colombiano y a clasificarlos en un plano compuesto por cuatro categorías definidas por dos ejes: nivel de incertidumbre y nivel de impacto.

Riesgos con alta incertidumbre son aquellos respecto a cuya materialización es difícil definir sus probabilidades. Los de baja incertidumbre, en cambio, tienen una alta posibilidad de materializarse o es evidente su pronta aparición. El impacto estimado para los negocios, alto o bajo, hace referencia a la dimensión del efecto nocivo sobre su rentabilidad, crecimiento o sostenibilidad en el tiempo.

Un total de 22 riesgos aparecieron en la matriz consolidada, construida desde la perspectiva de cerca de 60 experimentados ejecutivos. 

De carácter global, están en la lista en orden aleatorio el populismo, la antiglobalización y los cambios en las políticas de comercio internacional, la convergencia tecnológica en algunas industrias y el cambio tecnológico acelerado en otras, la multipolaridad en la geopolítica actual, el cambio climático, el envejecimiento poblacional y su efecto sobre las finanzas públicas, los cambios en las preferencias y forma de abordar la vida de las nuevas generaciones, los riesgos cibernéticos, los excesos de regulación en unos sectores económicos y la falta en otros, la reputación de la empresa privada en el imaginario público, y los efectos no deseados de los modelos económicos prevalentes en el mundo.

De origen local, por su parte, los empresarios identificaron como riesgos relevantes la corrupción, la falta de institucionalidad, la debilidad de la justicia, el impacto social del narcotráfico, la inseguridad jurídica, la baja productividad y la situación de Venezuela.

Una conclusión interesante es que, de este inventario de riesgos percibidos, cada uno varía en cuanto a su impacto potencial, e incluso en su probabilidad de materializarse, para cada industria y empresa. 

Así entonces, en las conversaciones estratégicas que llevan a cabo las organizaciones, en el capítulo de análisis del entorno, es recomendable elaborar un inventario de riesgos pertinentes a la industria y a la empresa particular, clasificarlos en una matriz como la mencionada, y privilegiar el foco en la gestión de aquellos que pueden ser de alto impacto y que tienen baja incertidumbre de ocurrencia, es decir, que exhiben más probabilidades de materializarse. 

Aunque para algunos suene paradójico, los esfuerzos alrededor de riesgos cuya materialización es altamente incierta pueden ser tan infructuosos que se vuelven un gasto en lugar de una inversión. 

Del ejercicio de identificación de los riesgos más pertinentes para una organización, en razón a su industria y ponderados en función de su situación y estrategia, se deriva una guía para su seguimiento desde las juntas directivas, para las conversaciones estratégicas y para enfocar los sistemas de control y prevención en la cotidianidad gerencial. A mayor incertidumbre respecto al futuro, más importante escoger estratégicamente los riesgos a gestionar.

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Vivir las crisis desde la junta directiva

Las crisis bien gestionadas son una valiosa oportunidad de aprendizaje y fortalecimiento para las juntas directivas. Estas son algunas buenas prácticas para vivirlas y superarlas.

El pasado mes de junio tuvo lugar la “liga de directores”, evento que es organizado por A.T Kearney, firma consultora experta en temas de gobierno corporativo, en alianza con Korn Ferry y la Universidad de los Andes. 

En una de sus sesiones, cerca de 50 experimentados miembros de juntas directivas de reconocidas empresas del país aportaron su visión sobre las mejores prácticas para vivir, desde ese órgano del gobierno corporativo, las crisis que enfrentan las organizaciones. 

La primera recomendación para una junta directiva es prepararse en varias dimensiones. Desde la perspectiva del gobierno corporativo, una junta bien preparada es aquella que se ha ocupado de fortalecerlo, conoce muy bien su papel y ha interiorizado su propio reglamento y código de ética. 

En cuanto a la gestión de los riegos, las juntas preparadas los tienen identificados en un mapa claro, construido considerando la estrategia, en tanto hay crisis más predecibles que otras y con impactos de distintas proporciones según afecten variables claves para la sostenibilidad de cada empresa. 

La sucesión del presidente o gerente general fue identificada como causa común de crisis en las juntas directivas. Discutir anticipadamente el tema, y tener siempre un plan vigente al respecto es la mejor recomendación para la junta. Las organizaciones maduras en su preparación para las crisis cuentan con un protocolo para enfrentarlas, y dentro del mismo un elemento fundamental es el manejo de las comunicaciones. Oportunidad y transparencia son las claves para gestionarlas, según estos expertos. 

Las crisis ponen a prueba las juntas directivas, las competencias de sus miembros y sus relaciones. Ante señales evidentes, la junta debe promover que se reconozca el estado de crisis como tal, ello en tanto es posible que, por diversos motivos, la gerencia tenga incentivos para no hacerlo. Ya en medio de la crisis, es importante que la junta se informe ampliamente sobre la situación, sin veda alguna, tenga claro el problema y se provea de elementos que le permitan entender su dimensión y eventuales consecuencias, así como las posibles rutas de acción. En momentos de tensión, es vital que la junta acoja los protocolos del gobierno corporativo, en particular en cuanto a su relación con la gerencia, apoyándola sin interferirla, respetando estrictamente los conductos regulares de interacción con el equipo ejecutivo, y acordando con ella los canales de comunicación formales hacia el interior y el exterior de la organización. 

En la gestión de una crisis, la junta directiva está sentando precedentes de fondo para una empresa. Por ello debe cuidar su proceso de toma de decisiones, conservando el rigor y procediendo en el marco de las normas y cultura de la organización, así como vigilando estrictamente el cumplimiento de la ley. Según requiera, es buena práctica que se acompañe de asesores expertos.

Administrar la relación entre los miembros de la junta directiva en medio de la crisis es importante en tanto es probable que emerjan algunas discrepancias. Para tal propósito, es definitivo el papel del presidente de la junta, y la sugerencia para todos sus integrantes es recurrir al consejo del mexicano Miguel Ruiz en su libro ‘Los cuatro acuerdos’: no suponer, ser impecables con las palabras, hacer lo mejor que les sea posible y no tomarse nada como personal.

En conclusión, las crisis bien gestionadas son una valiosa oportunidad de aprendizaje y fortalecimiento para las juntas directivas.

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Gerenciar la estrategia

La creación de un área de estrategia en la alta gerencia es interesante siempre que se haga con objetivos claros y por las razones correctas.

La estructura organizacional clásica en las empresas incluye la gerencia especializada de procesos claves en su plataforma de gestión como las finanzas, el talento humano y el mercadeo, entre otros. Es normal tener en las compañías un área dedicada a la gerencia de la estrategia.

En términos generales, esta área se encarga de procesos relacionados con la definición y la gestión de la estrategia, y trabaja en procura de elevar el nivel de las conversaciones estratégicas en una organización y de acompañar a los equipos ejecutivos en la tarea de abordar las preguntas de mayor complejidad en ese ámbito. Gerenciar la estrategia involucra contar con metodologías apropiadas para tener procesos de formulación estratégica efectivos, incorporar permanentemente nuevos conceptos y prácticas que faciliten su definición y ejecución, e identificar oportunidades para acelerar el logro de sus objetivos. Implica, además, promover el desarrollo de la capacidad de pensamiento estratégico en los integrantes de la organización, y asegurar que existan mecanismos apropiados para la comunicación clara y permanente de la estrategia. Gerenciar la estrategia significa pensar en el futuro de forma proactiva, lo cual incluye vigilar el entorno en búsqueda de señales relevantes para mantener la pertinencia del direccionamiento actual. Por eso, un área de estrategia aporta en la definición del alcance de los estudios de mercado y en la labor de inteligencia de negocios que desarrolla la organización. También hace parte del alcance de este proceso gerencial el observar al interior de la empresa para asegurar que esté desarrollando las capacidades necesarias, y cuente con los recursos, para alcanzar sus metas. Ese proceso permanente de análisis incluye, además, velar por la alineación de elementos claves para la ejecución de la estrategia como la cultura organizacional, la estructura y los indicadores de gestión. 

El área de estrategia tiene funciones relevantes frente al desarrollo de los negocios y al crecimiento de una organización. Cuenta con conocimientos y herramientas para apoyar la definición y refinación de la estrategia competitiva de las unidades de negocio, así como con metodologías para analizar de manera apropiada y rápida nuevas oportunidades de crecimiento, dentro o fuera de las actividades actuales. Además, es un interlocutor de interés para otras áreas, por ejemplo, la de talento humano, para identificar las oportunidades y necesidades de desarrollo, la de innovación, para asegurar la pertinencia estratégica de los esfuerzos en ese sentido, y la de control, para lograr el mejor aporte posible de su gestión a la estrategia. 

Si bien el alcance de un área de estrategia suena atractivo, lograr sus objetivos no es fácil. PwC realizó una encuesta a 187 vicepresidentes de estrategia en grandes corporaciones de Estados Unidos, y apenas una cuarta parte de ellos consideró que su gestión era exitosa en generación de valor para su organización. Esto sucede porque en ocasiones el área de estrategia surge, de manera equivocada, para hacerse cargo de todas las responsabilidades sin dueño en una empresa, o liderada por personas con el perfil equivocado, o bien porque es una oficina de proyectos de gestión de iniciativas con consultores externos. 

La creación de un área de estrategia en la alta gerencia es interesante siempre que se haga con objetivos claros y por las razones correctas.

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¿Crisis o cambio estructural?

La primera demanda persistencia estratégica y ajustes en el modelo de ejecución, el segundo implica un cambio de estrategia para la empresa. ¿Cómo diferenciarlos?

Conversar periódicamente sobre la estrategia en las organizaciones es una práctica común que tiene diversos propósitos, entre ellos, retarla para validar su pertinencia o ajustarla, y entender la evolución de su ejecución para identificar oportunidades que aceleren este proceso.

Las conversaciones estratégicas son de particular interés en un momento como este, luego de vivir un primer semestre en el cual abundaron las fuentes de incertidumbre y volatilidad en el entorno de los negocios. Una pregunta aparecerá para algunas empresas: ¿estamos frente a una crisis de nuestra industria o nos encontramos observando señales de un cambio estructural en esta? Al hablar de estrategia, esta distinción es fundamental.

La palabra crisis se asimila a una situación temporal, generalmente aguda y con el potencial de generar un alto impacto, que tiene causas poco predecibles o accidentales, que demanda acciones prontas y excepcionales para atenderla en medio, casi siempre, de un alto nivel de incertidumbre y vacíos de información. 

Los cambios estructurales, por su parte, tienen otras características. Estos pueden surgir del efecto de las denominadas ‘megatendencias’, por ejemplo, el envejecimiento poblacional, la globalización y el cambio climático, todas poco impredecibles. Así mismo, estos cambios suelen derivar de asuntos regulatorios, económicos, políticos, culturales o sociales. También aparecen por modificaciones en lo que Michael Porter denomina ‘la estructura de la industria’, a la cual se aproxima desde analizar cinco fuerzas: el poder que en ella tienen los clientes, el poder de los proveedores, el nivel de rivalidad competitiva entre los actores de la industria, la amenaza de nuevos entrantes y la amenaza de productos sustitutos. Los cambios en el balance entre esas cinco fuerzas determinan un ajuste en la estructura de la industria. Los cambios estructurales suelen evidenciarse de manera progresiva, sus síntomas son más crónicos que agudos y por eso no motivan generalmente decisiones de choque, causan estragos en las industrias de forma paulatina y selectiva, habitualmente primero en las empresas más débiles o menos preparadas, pero una vez se instalan, el nivel de incertidumbre que generan se reduce. En el proceso de cambio estructural es posible que se den episodios de crisis, por causas coyunturales amplificadas por la misma mutación de fondo, y de allí que se genere confusión en la lectura de estos dos fenómenos por parte de los empresarios. 

El cambio estructural en una industria demanda un ajuste en la estrategia de la empresa y, por lo tanto, un nuevo modelo de ejecución para materializarla. Las crisis, en cambio, requieren persistencia estratégica con ajustes temporales en el modelo de ejecución para enfrentarlas. Confundir crisis y cambio estructural genera riesgos, tanto el de mantener una estrategia obsoleta para una realidad que ya no existe y no va a regresar, como el de ajustar prematuramente el direccionamiento estratégico para navegar lo que de verdad es una coyuntura de corto plazo, lo que multiplica la incertidumbre y desconfianza en una organización. 

El dilema entre la paranoia del cambio y la negación de la realidad está implícito en las conversaciones estratégicas en momentos de incertidumbre. En ellos, los elementos coyunturales y estructurales se mezclan, se enmascaran, se potencian y mitigan. Cuidar la pertinencia de la estrategia implica hacer un esfuerzo sereno y metódico en procura de discernir entre lo temporal y lo duradero, entre la crisis y el cambio estructural.

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Las juntas directivas frente a las crisis

Las juntas directivas frente a las crisis: anticiparlas, vivirlas, y aprender de ellas como organizaciones e individuos. 

Las 1000 empresas más grandes de Colombia administran activos por cerca de mil billones de pesos, según el reciente informe de la Superintendencia de Sociedades. Esta cifra es similar al presupuesto del Plan Nacional de Desarrollo del país, aprobado hace algunas semanas. En tanto las empresas son una fuerza fundamental para generar bienestar social y desarrollo económico, la gestión de los administradores de recursos tan significativos se convierte en un tema de interés general.

Este escenario, de organizaciones cada vez más robustas y complejas expuestas a retos mayores, contribuye a explicar el interés actual en asuntos relacionados con el gobierno corporativo, tanto desde las empresas, que lo identifican como un generador tangible de valor, como desde la academia, interesada en su investigación. Precisamente, la creación del Centro de estudios de gobierno corporativo de la Universidad de los Andes es una valiosa iniciativa dentro de cuyos intereses está atender la sentida necesidad de investigación en el tema para el contexto de América Latina. 

Las juntas directivas hacen parte de los administradores de ese recurso vital para un país que son sus empresas, y su papel es de alta relevancia ya que a sus manos suelen llegar las decisiones más complejas y de mayor importancia para las organizaciones. Una misión fundamental de las juntas directivas, no siempre presente en el listado de sus funciones básicas, es acompañar a la gerencia, y en ocasiones hacerse cargo, en el manejo de las crisis que enfrentan las compañías. Miguel Silva, experto en comunicación estratégica, considera que una crisis es una situación que amenaza la supervivencia de una organización, y que de alguna manera pone en riesgo lo que llama su “licencia social”, es decir, el permiso, tácito y explícito, que el entorno le otorga para operar. Stanislav Shekshnia y Brian Henry, profesores de la escuela francesa INSEAD, proponen cuatro criterios para identificar si una junta está frente a una crisis: la situación es urgente, puede tener un impacto significativo en los negocios, genera incertidumbre y demanda acciones excepcionales.

La firma consultora internacional A.T. Kearney, experta en temas de gobierno corporativo y organizadora junto a Korn Ferry y la Universidad de los Andes de uno de los eventos de más alto nivel en América Latina para miembros de juntas directivas denominado “Liga de directores”, considera que las crisis tienen cuatro momentos relevantes en el directorio. El primero, es la anticipación. Las juntas necesitan estar atentas a las señales del entorno, e interesarse en mantenerlo vigilado intencionalmente. Así mismo, deben prepararse para afrontar una eventual crisis con diversas herramientas. Una de ellas es el denominado manual de crisis, el cual se estructura desde la identificación de las crisis posibles y su simulación para definir planes de acción y preparar a los responsables en caso de un evento.

El segundo momento es la vivencia de la crisis. Si bien la preparación del primer momento aporta enorme claridad para gestionar en medio de las tensiones de la crisis, cada caso se da en un contexto específico, con variables y complejidades impredecibles propias del momento en el tiempo, lo que obliga a la junta directiva a operar con plena atención y criterio más allá de seguir el procedimiento predeterminado. Uno de los temas claves en este momento es la comunicación. En ese aspecto, el especialista Miguel Silva plantea la que llama regla de oro de las crisis: Decir la verdad, y decirla pronto. La dilación o la mentira son la puerta de entrada a un funesto proceso de desangre progresivo en términos de credibilidad. Así entonces, es importante reconocer pronto si la situación en cuestión es en efecto una crisis para gestionarla como tal. Por esa razón, la junta debe ser estricta y crítica en tanto pudiese existir el riesgo de demorar tal reconocimiento por parte de la gerencia. La vivencia apropiada de la crisis requiere el entendimiento inicial muy claro del problema, y asumirla con responsabilidad sin caer en el error de creer que su gestión es apenas un problema de comunicaciones.

El tercer momento para una junta es el aprendizaje desde la crisis. Eventos de esta naturaleza son oportunidades muy valiosas en las empresas para incorporar lecciones y salir fortalecidas. La junta directiva necesita asegurar que este proceso en efecto suceda. Finalmente, además de los tres momentos colectivos mencionados, hay un cuarto momento de reflexión personal para los miembros de la junta y la gerencia. Tal reflexión, a manera de autoevaluación, permite al individuo cosechar esta experiencia, para su desarrollo personal y profesional, desde hacer conciencia de sus comportamientos y ejercicio del liderazgo durante la crisis.

Las juntas directivas tienen una responsabilidad significativa y directa en la construcción de empresas cada vez más competitivas y sostenibles. Gestionar las crisis es una de sus oportunidades más interesantes para generar valor a las empresas, y desde ellas a la sociedad. 

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La junta directiva y la sucesión del presidente

La sucesión del presidente ejecutivo o gerente general de una empresa es una de las decisiones más importantes a cargo de una junta directiva. ¿Cómo prepararse para ella?

La sucesión del presidente ejecutivo o gerente general de una empresa es una de las decisiones más importantes a cargo de una junta directiva, dado su impacto para la compañía y su futuro. Un estudio publicado en 2018 por la firma estadounidense Equilar, reveló que la permanencia media de los presidentes ejecutivos de las empresas del Índice S&P 500 pasó de 6 años en 2013 a 5 años en 2017. 

Otro estudio del centro de investigación en gobierno corporativo de la Universidad de Stanford, en una muestra cercana a 5.000 empresas transadas públicamente en Estados Unidos, encontró que el 50 por ciento de sus presidentes llevaban menos de 5 años en ejercicio. En un escenario de permanencias más cortas de los ejecutivos en sus cargos, la probabilidad de tener que enfrentar tal sucesión desde la junta es hoy mayor.

No es casual que la falta de preparación de las juntas para la sucesión del presidente sea reconocida por expertos como una causa común de crisis en esa instancia. Aún así, en ellas las conversaciones al respecto no son comunes, entre otras, por temor a ser mal interpretadas o considerarlas poco prioritarias en condiciones normales. 

Los escenarios de sucesión del presidente son muy variados para una junta directiva. La sucesión puede darse de manera programada, o bien resultar necesaria, de forma intempestiva, por una desgracia, la renuncia de la persona a su cargo o por eventos que deriven en la decisión de su despido. Así mismo, tienen particularidades casos como la sucesión de un presidente ejecutivo fundador de su empresa, o la de un presidente emblemático de muchos años en el cargo y heredero de un legado significativo.

Las buenas prácticas desde la junta para enfrentar la sucesión del presidente ejecutivo involucran, entre otros, dos elementos claves: definir criterios para elegir a un sucesor y tener un plan de emergencia. Los expertos Ram Charam, Dennis Carey y Michael Useem, autores del libro Juntas que lideran, consideran que los criterios de elección deben incluir elementos de experiencia gerencial, conocimiento de la industria, capacidad y estilo de liderazgo y características personales. Dichos criterios necesitan estar alineados con la estrategia, el modelo de negocio y la cultura de la organización, así como con las necesidades de corto y mediano plazo de todas sus partes interesadas. Esta definición de criterios, útil para abordar una sucesión programada o enfrentar una emergencia, debe idealmente incluir el concepto de la junta directiva, del presidente ejecutivo y los miembros más cercanos de su equipo, e incluso de los accionistas, cuando sea pertinente, por ejemplo, en las empresas familiares. 

Para efectos del plan de emergencia, los candidatos naturales para asumir la presidencia ejecutiva, de manera temporal o definitiva, suelen estar en el equipo gerencial y eventualmente en la junta directiva. Por esto es de valor que los miembros de la junta tengan exposición a los ejecutivos claves de la empresa, que interactúe con ellos en comités especializados y socialmente, e incluso que se involucren en su selección, ya que en ese proceso podrían estar escogiendo a un futuro presidente para la organización. 

Ser miembro de una junta directiva o presidente ejecutivo de una empresa, implica estar en capacidad de sostener conversaciones importantes, potencialmente difíciles. Esta es una de ellas.

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Juntas directivas: prototipos culturales

La cultura de cada junta directiva es particular y resulta de una mezcla de múltiples prototipos.

Cada junta directiva es un mundo, con su propia dinámica y forma de hacer las cosas. Existen diversos prototipos de referencia para facilitar la identificación de rasgos relevantes en la cultura de una junta. Beverly Behan, en su libro Compañías excelentes merecen juntas excelentes, identifica cuatro tipos de junta directiva caracterizados desde su relación con el gerente general o presidente al que acompañan.

La junta imperial es aquella en la cual los miembros son escogidos por el gerente general, comúnmente amigos que poco lo cuestionan, y en la que solo a alguno de sus integrantes, que goza del respeto genuino del gerente, este le solicita consejo. La independiente, en otro extremo, es una en la que los miembros carecen de conflicto de interés con la gerencia y, por tanto, su foco es la empresa por encima del ejecutivo. La atrincherada es una versión de la independiente, en la cual sus miembros no privilegian la organización, sino el interés por conservar su puesto y honorarios. Son juntas complacientes con la gerencia, siempre que cumpla las reglas básicas, poco aportantes y resistentes a su cambio cultural. La junta hostil es una en la cual la relación con la gerencia está dominada por el conflicto, la comunicación es pobre y gira entorno a cuestionamientos, y la desconfianza termina por volver insostenible la permanencia del gerente. 

Desde otro ángulo, la firma consultora Spencer Stuart plantea cuatro estilos básicos en los cuales encajan la mayoría de las culturas de las juntas directivas: las juntas curiosas, valoran el intercambio de ideas y la exploración de alternativas, son flexibles y abiertas al cambio. Las decisoras, que privilegian discutir sobre los resultados y tomar decisiones dirigidas a objetivos particulares, son más rígidas y valoran la experticia individual de sus miembros. Las colaborativas, que prefieren la construcción de consensos desde el esfuerzo colectivo y la mirada general a los temas desde el propósito superior de la organización. Finalmente, las juntas disciplinadas privilegian la consistencia en la gestión, los protocolos, la planeación y la administración de riesgos.

Desde una mirada más coloquial, los que han participado de una junta o reportado a ella, habrán identificado rasgos de la junta social, donde poco se habla de los negocios; la forense, en la cual toda la conversación gira entorno al pasado; la policiva, cuya misión central es controlar a la gerencia; la espectadora, que solo tiene permitido escuchar al gerente y en la que es mal visto preguntar u opinar; la pedagoga, donde la agenda se ocupa en coadministrar y tomar la lección al gerente de las tareas que se le encargó; la anfiteatro, escenario central para dar trámite al conflicto entre sus miembros o accionistas, y la asamblea, compuesta por accionistas para conversaciones de propietarios más que de negocios.

La cultura de cada junta directiva es particular y resulta de una mezcla de múltiples prototipos, como los citados y otros tantos, en diferentes proporciones. Para quienes participan de una junta, le reportan a ella o tienen la responsabilidad de reclutar sus miembros, es de utilidad reconocer estos rasgos culturales para preservar los que son favorables para su dinámica y gestión, y para cuestionar los que le resultan perjudiciales con el fin de cumplir efectivamente con su papel en el gobierno corporativo.

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La cultura de la junta directiva

La cultura de la junta directiva: ¿A qué se refiere? ¿Cuáles son algunos rasgos convenientes en ella? ¿Cómo migrar hacia la cultura deseada?

La cultura de una organización, entendida en términos simples como su forma de hacer las cosas, es uno de sus rasgos más distintivos y, cuando está alineada con su estrategia, es una de las variables de mayor impacto para explicar su éxito. El interés por este asunto abarca ahora la cultura de sus juntas directivas. Spencer Stuart, firma experta en temas de gobierno corporativo, definió en una publicación reciente la cultura de la junta directiva como el conjunto de reglas no escritas que influencian la interacción y decisiones de sus miembros. Entre dichas reglas se encuentran elementos inherentes a sus integrantes, derivados de sus valores y experiencia, y modelos de trabajo aceptados por la junta, como su agenda y sus prácticas para discutir y decidir. 

¿Cuáles son rasgos deseables en la cultura de una junta directiva? Las juntas definen el tipo de cultura que necesitan desde variables como la cultura de los accionistas, la estrategia y la cultura de la organización, el tipo de gerente general o presidente que acompañan, la coyuntura que enfrentan y, en general, según sus necesidades para operar de manera efectiva y cumplir apropiadamente su papel. La cultura ideal es específica a cada junta directiva, pero existen rasgos generales deseables en ella. Jeffrey Sonnenfeld, reconocido profesor de la escuela de negocios de Yale, publicó hace años un artículo que se convertiría en clásico en el ámbito del gobierno corporativo, y en el cual menciona cinco rasgos a desarrollar en la forma de trabajar de las juntas para lograr su efectividad y excelencia: un ambiente de confianza y franqueza en las conversaciones, apertura al disenso constructivo como señal de interés y compromiso, disposición a considerar todos los escenarios posibles en los procesos de toma de decisiones, un alto sentido de responsabilidad individual por parte de sus miembros, y receptividad frente a la evaluación de su desempeño conjunto y de cada integrante. 

Las juntas directivas suelen reconocer la necesidad de hacer ajustes en su cultura, por ejemplo, cuando su desempeño no es el esperado, ante el ingreso de nuevos miembros, frente a un cambio de estrategia o para responder a una crisis, dada la llegada de un nuevo gerente general o presidente, o al implementar un relevo generacional en una empresa familiar. Los cambios en la cultura de las juntas, sin embargo, tienden a ser lentos dado que su interacción suele ser intermitente. Spencer Stuart, recomienda plantearse las siguientes preguntas al interior de las juntas frente a la intención de migrar desde su cultura actual hacia una cultura deseada: ¿tenemos a las personas correctas en la junta directiva?, ¿estamos estructurando nuestra agenda y discusiones de forma alineada con la cultura deseada?, ¿el presidente de la junta y el gerente dan ejemplo y promueven la cultura objetivo?, ¿somos conscientes, como miembros a nivel individual, de la manera en la que aportamos a la evolución de la cultura?

En la junta directiva, como en las organizaciones, la cultura está altamente relacionada con su desempeño, y tenerla definida es importante, entre otros, para la selección y evaluación de sus miembros. En un escenario de juntas directivas cada vez más participativas y diversas, operando bajo mayor presión por resultados, desarrollar intencionalmente su cultura es una interesante oportunidad para dinamizar su generación de valor en las organizaciones.

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Juntas directivas: recomendaciones al cambiar el modelo de gobierno corporativo desde el caso de un grupo empresarial

¿Cómo implementar un cambio en el modelo de gobierno corporativo de una empresa? Estás son algunas recomendaciones desde una experiencia práctica.

La consultoría como profesión ofrece dentro de sus atractivos la posibilidad de aprender de casos reales diversos del ámbito empresarial, sumado ello a la oportunidad de participar en proyectos en colaboración con reconocidos expertos en múltiples especialidades. Esta última fue mi experiencia en un proyecto reciente, en el cual tuve el privilegio de compartir responsabilidades con experimentados consultores interesados en el tema de las juntas directivas de grupos empresariales.

Descripción del caso

El caso que nos ocupó fue el de un grupo empresarial diversificado, es decir, con inversiones en negocios no relacionados de cerca entre sí (no hacen parte de cadenas de valor similares y no corresponden a un modelo de integración vertical u horizontal), controlado por una familia, y compuesto por empresas independientes, cada una de las cuales era dirigida por un gerente general que reportaba a un presidente del grupo, quien a su vez dependía de una junta directiva única para toda la organización. La familia controlante del grupo era accionista mayoritaria en cada una de las empresas que lo integraban, y sus miembros participaban activamente en la administración del grupo, tanto desde la junta directiva como desde algunas posiciones gerenciales.

La junta directiva corporativa, y el presidente del grupo, identificaron la dificultad que representaba acompañar apropiadamente a todas sus empresas bajo la estructura de gobierno corporativo vigente, en especial por las limitaciones que ella estaba significando para decidir y actuar con oportunidad frente a las aspiraciones de competitividad y desarrollo de cada una de ellas en línea con su potencial. El grupo empresarial decidió implementar, entonces, un nuevo modelo de gobierno en el cual cada empresa que lo componía tuviese su propia junta directivaal tiempo que seguiría existiendo una junta directiva corporativa que acompañaría la gestión del presidente del grupo. 

La invitación que recibimos los consultores tenía como objetivo plantearle a este grupo empresarial recomendaciones para la implementación de ese nuevo modelo de gobierno corporativo. Producto de diversas reuniones de trabajo con la junta directiva corporativa, la presidencia, los gerentes de las empresas y algunos ejecutivos trasversales del corporativo, logramos entender muy bien el caso particular que nos ocupaba como equipo consultor para, desde esa claridad, hacer diversas recomendaciones a fin de mejorar las probabilidades de éxito en la implementación del nuevo modelo. A continuación, una síntesis de las reflexiones que le compartimos a esa organización.

Recomendaciones a los accionistas

En primer lugar, y para implementar el modelo definido, era vital garantizar que existiese en todos los actores claridad respecto a su rol, atribuciones, y conductos regulares de comunicación, entre otros aspectos. Esta era una premisa fundamental para darle la dinámica real que deseaban a la junta directiva de cada empresa de la organización. El antecedente era el de un modelo de comunicación e interacción informal, y poco estructurado, entre los gerentes de las empresas, sus respectivos accionistas, el presidente corporativo e incluso algunos miembros de la junta directiva. La complejidad del grupo empresarial, sumada al estilo de comunicación e interacción descrito, había contribuido a debilitar el modelo de gobierno vigente. Así entonces, era crítico asegurar que los accionistas controlantes del grupo empresarial, y los socios minoritarios en algunas de sus inversiones, tuviesen clara la frontera de su papel como tales, es decir, las diferencias entre el rol de accionista y el de miembro de una junta directiva en los casos de personas que fuesen a ejercer la doble condición. Así mismo, era relevante generar en los accionistas el contexto de criterios para escoger a los miembros de sus juntas directivas, y dejar claras las reglas de interacción entre esa nueva junta y los propietarios. Un tema de importancia, además, era hacer conciencia, entre los accionistas y ejecutivos de la organización que llegaran a hacer parte de las juntas directivas, de las implicaciones legales que ello conlleva. Era un grupo empresarial sin cultura de juntas directivas, y por tanto de muy bajo conocimiento sobre este y otros detalles relevantes para la implementación del modelo.

Recomendaciones a las juntas directivas

Tal y como había tareas por hacer al nivel de los accionistas, existían otras para el caso de las juntas directivas. Respecto a aquellas, les indicamos que era indispensable delimitar muy bien las atribuciones de la junta directiva corporativa o de la compañía “holding”, a la cual reportaría el presidente ejecutivo del grupo empresarial, y las atribuciones de cada junta directiva particular en cada compañía. La creación de juntas directivas en cada empresa, con miembros independientes y ejecutivos corporativos, era una oportunidad valiosa en el propósito de darle a cada una más autonomía para el desarrollo de su negocio, apropiándola con mayor solidez de la definición de su estrategia y profundizando el acompañamiento de la junta a la gerencia en la gestión, mejorando la calidad y oportunidad de las decisiones y garantizando que la intervención de la compañía “holding” generara valor donde hubiese espacios reales. Esto sumado a la intención de la “holding” de no dilatar o distraer la evolución de sus empresas por ocupar espacios que no le correspondían o por no responder oportunamente a sus necesidades bajo el modelo anterior de una sola junta directiva en la organización para todos los efectos.

Por otro lado, dejamos explícito que considerábamos de la mayor relevancia, una vez definidas esas fronteras y atribuciones de las juntas, el garantizar que hubiese fluidez de información desde las empresas filiales hacia la junta directiva corporativa de la matriz y hacia el presidente ejecutivo de la organización. Era posible que, tras el cambio de modelo, la junta corporativa percibiera algo de distancia de los negocios. Uno de los mecanismos más efectivos para mitigar esa percepción era contar con el presidente ejecutivo de la organización como miembro en las juntas de las filiales. Por diversas razones, ello no siempre es posible. También era recomendable evaluar si algunos miembros de la junta directiva corporativa estaban en capacidad de ocupar posiciones en las juntas de las filiales. La participación en las juntas de las empresas de ejecutivos del corporativo del grupo, e incluso de gerentes de algunas de las compañías, reforzaría este flujo interno de información.  Aportaría también en tal sentido el adoptar como costumbre qué, de manera periódica cada 3 o 4 meses, cada gerente general de una filial pudiese presentar su empresa en un espacio de la sesión de la junta corporativa. Finalmente, sería importante definir una serie de indicadores claves de seguimiento para cada empresa y sus negocios los cuales se enviarían, junto con un breve reporte gerencial no mayor a una página, a la junta corporativa con la información preparatoria previa a su sesión.  

En cuanto a las juntas, también recomendamos qué, para garantizar que cumplieran su función en cada empresa, contaran con un presidente de junta que hiciese muy bien su labor tanto para con la junta como para con la gerencia. Un candidato viable para ese cargo sería el presidente ejecutivo corporativo en aquellas juntas de las que hiciese parte. El éxito de todo este modelo estaba sujeto también, por supuesto, a que la gerencia de cada empresa lo entendiera y acogiera, lo cual en buena medida dependería del valor que el mismo le generara para la obtención de sus resultados. La interacción entre el presidente de la junta de cada empresa y su gerente sería la clave para enfocar la junta en los temas relevantes, estratégicos, generadores de valor, de profundización en la gestión, orientados a dinamizar el desarrollo del negocio, para lograr así lo mejor de una junta que contaría además con miembros independientes de muy buen nivel. 

Recomendaciones a los ejecutivos

Así como era importante garantizar la alineación de los accionistas y de las juntas para el desarrollo del gobierno corporativo, era fundamental dejar muy claro el papel de los equipos ejecutivos en varios aspectos. En primer lugar, y tal como lo mencionamos, era vital que el modelo de juntas directivas por empresa realmente le aportara valor a los gerentes y sus equipos. De esta manera garantizarían la acogida del modelo y el efecto que pretendían. Era de la mayor relevancia igualmente que quedaran muy bien definidos los mecanismos y dinámica esperada de interacción, y los propósitos de ésta última, entre los ejecutivos de las empresas y sus ejecutivos pares en el corporativo, así como entre el gerente general de cada empresa con el presidente de su junta directiva, con el presidente ejecutivo de la organización y con los ejecutivos corporativos. En un modelo de mayor independencia de las empresas, las cuales contarían con una junta propia, era de esperar que la línea de reporte natural del gerente general fuera el presidente de su junta directiva, que se disminuyera la intervención particular del presidente del grupo en la gestión de los negocios de manera directa para que lo hiciera a través de la junta de la cual idealmente haría parte e incluso sería el presidente, y que las líneas punteadas de reporte desde los ejecutivos de cada empresa con los ejecutivos corporativos fueran más tenues, para temas muy específicos y eminentemente necesarios. 

Era predecible, además, que este cambio de modelo generara resistencia. Algunas de las causas más comunes para ello en estos casos tienen que ver con el desconocimiento por parte de algunos ejecutivos de la existencia, o de la conveniencia, de estos modelos, con la falta de formación de los actores para asumirlos lo cual genera inseguridad y temor, con la inquietud que motivan modelos más formales y estructurados como este, con el cambio en el nivel de responsabilidad en los gerentes generales que pasarían a reportar a una junta directiva además con miembros independientes desprovistos de conflictos de interés y ajenos a los temas políticos internos de la organización, con la pérdida de poder de algunos involucrados, con la eventual sensación de pérdida de autonomía por parte de los gerentes, y con la esperada disminución de la capacidad de influencia cruzada entre negocios en caso que ella existiese. Precisamente, y para efectos de limitar esta última en su aspecto negativo, anotamos que sería buena práctica que el gerente general de una empresa, por ejemplo, no hiciera parte de la junta directiva de otra empresa cuyo gerente general fuera a su vez miembro de la junta directiva de la primera. Tampoco sería deseable que un gerente general de una de las empresas fuese miembro de la junta de otra que fuera su cliente o proveedor en caso de existir tal posibilidad. 

Conclusiones y recomendaciones generales

Este caso ilustra como un cambio en el modelo de gobierno corporativo es un reto que se justifica asumir cuando los objetivos son claros, y que implica tener una alta conciencia sobre sus riesgos y consecuencias, así como suficiente preparación y constante seguimiento.

En conclusión, las siguientes son algunas recomendaciones generales para abordar un cambio en el modelo de gobierno corporativo, en casos como el descrito, o en otros, por ejemplo, cuando una empresa decide tener una junta directiva por primera vez, o cuando los accionistas deciden iniciarse en la práctica de tener en su junta miembros independientes:

–         Justificación del cambio: asegúrese de identificar muy bien los objetivos que pretende conseguir la organización con el cambio del modelo para diseñarlo en función de esas necesidades y para hacerle seguimiento a su impacto desde la medición de los efectos deseados. 

–         Definición de reglas claras: identifique a todos los involucrados para lograr el éxito en el cambio del modelo, defina para ellos expectativas y ajustes concretos en sus roles así como en su forma de interactuar, deje claros los canales para el flujo de información, establezca los escenarios para la toma de decisiones, y determine clara y explícitamente los derechos de decisión.

–         Formación en buenas prácticas: No suponga que para todos los interesados el nuevo modelo es claro e intuitivo. Forme a las personas, sustente el modelo en las buenas prácticas y en su efecto positivo en otras organizaciones, y haga una inducción detallada a personas que llegan a ocupar por primera vez un cargo, por ejemplo, el de miembro de una junta directiva.

–         Comunicación: Una vez definido un nuevo modelo, así como las reglas que lo acompañan, e impartida formación al equipo clave para su implementación, es fundamental mantener un plan de comunicación y divulgación, desde los líderes, tanto hacia el interior de la organización como frente a partes interesadas al exterior de ella. Accionistas, miembros de junta y ejecutivos de distintas jerarquías, necesitan mantener presentes los objetivos del cambio de modelo para entenderlo progresivamente y ayudar a mejorarlo. 

–         Gestión frente a la resistencia al cambio: Todas las iniciativas anteriores apuntan también a mitigar la resistencia frente al cambio de modelo. Es crítico, además, actuar frente a casos puntuales, de cualquier procedencia, para sentar los precedentes apropiados en forma oportuna y darle credibilidad al proceso.

–         Seguimiento: Son escasos los nuevos modelos de gobierno corporativo concebidos de manera teórica qué, una vez llevados a la práctica, no necesiten ajustes o estén exentos de posibilidades para mejorarlos. La evaluación al modelo, y los ajustes al mismo, son función del seguimiento al logro de los objetivos para los cuales se implementa. De ahí la importancia de justificar en objetivos claros, desde el principio, cualquier cambio en el modelo de gobierno corporativo.

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La junta directiva y los accionistas

¿Cuáles son algunas dimensiones y buenas prácticas en la relación entre los accionistas y la junta directiva de una empresa?

La relación entre los accionistas de una empresa y su junta directiva es un eje fundamental para el buen gobierno corporativo. Las dimensiones de dicha relación son diversas y la formalidad por la cual está regida puede variar entre organizaciones.

Los accionistas se relacionan con la junta directiva en tanto tienen la potestad de elegirla. Esta es una de sus responsabilidades más importantes frente a la empresa, entre otras razones porque será la junta que nombren la que definirá a su vez al gerente de la organización. Los accionistas necesitan, por lo tanto, garantizar que cuentan con una junta competente y comprometida con su compañía, que interprete fielmente la filosofía empresarial y expectativas de los propietarios para que, desde ellas, enfoque su gestión y oriente a la gerencia. 

Además, tienen la responsabilidad de evaluar la gestión de su junta directiva, así como entender las necesidades coyunturales de la compañía y su gerencia, bien para ratificarla o reestructurarla. Las buenas juntas, más allá de resultados financieros de corto plazo, desarrollan empresas sostenibles en el mediano y largo plazo, bien reputadas, operando a un nivel de riesgo compatible con el tolerable por sus accionistas, y son motivo de satisfacción y tranquilidad para estos últimos. 

Otra dimensión de relacionamiento aparece cuando los accionistas se hacen parte de la junta directiva. En organizaciones con un gobierno corporativo maduro esta dimensión suele operar apropiadamente. No siempre es así en aquellas empresas donde tal relación se da de una manera más informal o desestructurada. Ser accionista no debería ser condición necesaria o suficiente para estar en la junta directiva. Idealmente, a esta deben designarse miembros por razones de competencias y pertinencia para las necesidades de la empresa, criterios que son de utilidad para que los accionistas mismos, a conciencia, determinen si son ellos los mejores candidatos para integrarla. Contar con los accionistas adecuados en la junta tiene ventajas por su conocimiento de la compañía y la legitimidad que aportan a ese órgano frente a partes interesadas, por los aportes estructurados para darle dinámica a la toma de decisiones y el alto sentido de pertenencia que imprimen al actuar del directorio. 

Así mismo, implica riesgos la llegada a la junta de los accionistas equivocados, bien por su falta de imparcialidad entre los intereses de la empresa y los propios, por sus eventuales conflictos de interés, o debido a sus sesgos y apegos radicales que entorpecen las conversaciones de los directores. Hay dos riesgos profundos adicionales: el del accionista, que en el escenario de la junta directiva asume el papel de accionista, y el de los accionistas que convierten la junta en el escenario para debatir y administrar los conflictos entre ellos. Los buenos propietarios saben que su rol en la asamblea de accionistas es diferente al de miembro de junta, que esta no puede convertirse en una asamblea permanente, y que no le corresponde a la junta administrar los conflictos entre accionistas. Los miembros de junta independientes aportan valor significativo en estos escenarios.

Una máxima siempre dará luces a esta relación interesante y compleja entre los accionistas con su junta directiva y la empresa: “lo que es bueno para el accionista, no siempre es bueno para la empresa. Lo que es bueno para la empresa, siempre será bueno para el accionista”.

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Bienvenidos a la junta directiva

Este paso es fundamental a fin de lograr de su parte la generación de valor pronta y significativa que espera la organización.

Las asambleas de accionistas traen frecuentemente consigo la designación de nuevos miembros en las juntas directivas de las organizaciones. Tan importante como el proceso de selección de los miembros entrantes, es el de la apropiada inducción para facilitar el comienzo efectivo de sus labores y propiciar así el efecto positivo que de su presencia se espera.

Quien acepta pertenecer a una junta directiva ha llevado a cabo, idealmente, un ejercicio juicioso de exploración previa de la empresa –desde el exterior– en atención a las responsabilidades que este cargo implica. Así, la inducción es el espacio de los nuevos miembros para una exploración desde el interior, que complementa la anterior, apoyados por la guía y plena apertura de la compañía para con quienes entran a hacer parte de su administración. Una inducción básica debe incluir dos capítulos claves, uno relacionado con la organización y sus negocios, y otro con el gobierno corporativo y la junta directiva.

Un nuevo miembro de la junta directiva necesita conocer la empresa, esto significa familiarizarse con su estrategia y su cultura, con sus negocios y los competidores en cada uno de ellos, con los productos y servicios que hacen parte de la propuesta de valor a sus clientes objetivo, con los mercados que atiende y los aliados más importantes, y con el entorno general que rodea la organización, en particular con las tendencias y riesgos que son relevantes para su gestión. Esta visión general de entendimiento proviene, y se enriquece, de reuniones con los ejecutivos líderes en la compañía y de visitas a sitios de operación o clientes claves. Un nuevo miembro de junta necesita llegar a su primera sesión, como mínimo, con un claro entendimiento de los retos de la organización, de su situación financiera y de los principales indicadores de gestión definidos para el seguimiento a su ejecución estratégica, su significado y tendencia reciente. 

En cuanto al gobierno corporativo, un nuevo director requiere tener claros los estatutos de la empresa y el reglamento de la junta directiva, si existe, así como hacer lectura de valiosos documentos de contexto como las actas de sesiones recientes y el último informe de gestión a la asamblea de accionistas. En este capítulo del proceso, son fundamentales las reuniones personales con otros miembros de la junta directiva y, en particular, con el presidente de esta última, para conocer detalles sobre la dinámica y cultura en las sesiones, así como para estar al tanto y preparado para las discusiones y decisiones que ocuparán las reuniones en el corto plazo. 

El nuevo miembro de la junta necesita aprovechar las primeras sesiones a las que asiste –con paciencia y atenta observación– para seguir aprendiendo de la organización y para identificar la mejor forma de involucrarse, armónica y progresivamente, en las conversaciones de este grupo, participando con asertividad y en atención a las expectativas para las cuales fue invitado. Es conveniente, incluso, que inicialmente guarde algunas preguntas para espacios por fuera de la sesión a fin de no interferir con su dinámica y agenda.

La inducción apropiada a los nuevos miembros de la junta directiva es una excelente inversión, tanto para la gerencia como para ese órgano del gobierno corporativo, con el fin de lograr de aquellos la pronta y significativa generación de valor desde la pertinencia de sus aportes.

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