Mantras gerenciales 2022

Les invito a romper en sus empresas la inercia, para navegar este año conscientes del aquí y el ahora desde sus mantras.

El simbolismo del cambio de año no trajo ajustes de fondo en el entorno actual para las empresas. La situación sanitaria mantiene sus intermitencias y los vaticinios sobre el final de la pandemia son diversos, la agitada coyuntura política local e internacional inquieta por sus posibles impactos para las economías, la logística mundial continúa distorsionada y la inflación es ahora una nueva enfermedad global que limita las posibilidades de bienestar para una vasta proporción de seres humanos.

Esto para mencionar solo algunas variables, entre otras tantas, que constituyen un cóctel que para algunas empresas resulta provechoso y para otras perjudicial, y para todas genera un efecto común: la sensación de un entorno más incierto que en el pasado, sin visos de una posible nueva estabilidad en el corto plazo.

La vida en las empresas parecía más tranquila a comienzos de 2020 y, aun con todas las imperfecciones de esa versión del entorno, es apenas natural que a algunos empresarios, gerentes y directorios les genere nostalgia. De hecho, ninguna de las cuatro variables anotadas arriba era tema prioritario de conversación en esa época que a veces parece lejana. Los fundamentos no son sólidos para esperar pronto una estabilidad a la antigua, y tal vez ya estamos en medio de una nueva versión de ella, necesitamos quizás reconocerlo. 

Esa versión contiene la agitación como costumbre y la velocidad como constante, frente a un escenario al cual faltan por incorporar, entre otras, las secuelas de todo tipo que aparecerán producto de la pandemia, la mayoría de los impactos más significativos que traerá la tecnología para la vida humana, y los efectos del cambio climático que cada vez son tanto más visibles como drásticos.

Esta no es una visión fatalista del mundo. Transitamos simplemente una versión más compleja, creada en buena medida por la humanidad misma, que demanda mayor responsabilidad también desde las empresas. Frente a esta perspectiva, considero que nos será de utilidad adoptar, y mantener actualizados, marcos de referencia que sean base elemental para la guía cotidiana de las organizaciones. En diversas religiones, los mantras son palabras o frases que se repiten con un propósito. Los mantras gerenciales que propongo son preguntas que, para cada momento, podrían mantenernos conscientes de lo relevante para enfrentar la realidad vigente.

En este comienzo de 2022, sugiero los siguientes: ¿Sigue vigente nuestra estrategia? ¿Tenemos el bienestar necesario en los integrantes de nuestra empresa? ¿Cómo podríamos hacer la vida más fácil a nuestros clientes? Y el más importante: ¿Estamos dedicando tiempo a pensar?

Les invito a romper en sus empresas la inercia, para navegar este año conscientes del aquí y el ahora desde sus mantras: ¿qué preguntas básicas abordarán consistentemente este año en sus conversaciones gerenciales?

Ver fuente

Lo hecho y lo por hacer

A cada uno de Ustedes, y a sus seres queridos, mis mejores deseos por un 2022 colmado de salud y bienestar.

Nuestra naturaleza humana suele llevarnos a querer hacer mucho más de lo que realmente podemos en el tiempo que tenemos disponible. El deseo de evolucionar aceleradamente en los ámbitos que nos interesan, o de transformarnos con urgencia por gusto o necesidad, así como la intención permanente de superarnos a nosotros mismos, son algunos de los inductores que nos mueven a elevar las expectativas sobre nuestras propias capacidades y recursos. Este rasgo tan humano difícilmente podría calificarse como negativo, por el contrario, refleja confianza y optimismo. Pero aun así requiere que lo reconozcamos conscientemente para gestionarlo y lograr de él más beneficios que frustraciones.

Al aproximarse la conclusión de este año, el resultado de evaluar los objetivos que nos fijamos en su inicio seguramente será mixto: logros importantes y pendientes sin avance significativo. Estas son tres sugerencias para abordar este balance y evitar frustraciones innecesarias. Primera, haga el listado completo de lo que logró antes de repasar el inventario de aquello que quedó por hacer. La satisfacción por lo conseguido compensará la desazón por lo pendiente. Segunda, identifique entre lo aplazado aquello que no le genera incomodidad alguna haber hecho a un lado dentro de sus prioridades en este año que pasó y considere eliminarlo de su lista para el próximo año. Algunos de estos pendientes simplemente reflejan sus renuncias inteligentes en el camino recorrido. Tercera, priorice en su nueva lista de objetivos para el próximo año aquellos pendientes que más incomodidad le generan hoy, con lo cual la frustración por lo no hecho podrá convertirse en motivación para enfrentar temprano en 2022 lo por hacer.

En la escogencia de nuestros objetivos para este 2022 sabemos que el riesgo de excedernos nos acompañará. Y quizás será mejor correrlo que concluir al finalizar el próximo año que nos faltó voluntad, interés o visión. Sin embargo, para contrarrestar ese riesgo le sugiero considerar dos ideas interesantes. Primera, reconocer que una agenda que no está colmada nos da la flexibilidad que necesitamos para enfrentar imprevistos y aprovechar oportunidades que no anticipamos en el presente. Segunda, aceptar que necesitamos escoger, y que cada vez que nos inquietemos por aquello a lo que dijimos que no, podremos recordar a qué dijimos que sí.

Concluyo mi última columna de 2021 agradeciendo a todos los lectores de Portafolio por acompañarnos, y de manera muy especial a quienes generosamente le concedieron su tiempo y atención a mis escritos, los cuales compartí este año tan exótico con la esperanza de motivar su reflexión y aportarles ideas para acelerar sus logros profesionales y personales en medio de condiciones tan excepcionales. A cada uno de Ustedes, y a sus seres queridos, mis mejores deseos por un 2022 colmado de salud y bienestar.

Ver fuente

Tiempo de mentores

Un mentor es una persona que nos puede enseñar y guiar desde su experiencia en ámbitos profesionales o personales de nuestro interés.

Estamos próximos a cumplir dos años desde que recibimos las primeras noticias sobre la detección de una nueva enfermedad en la ciudad China de Wuhan, preludio de esta experiencia estremecedora para la humanidad que recordaremos con el nombre de pandemia.

A nivel colectivo, cada generación de seres humanos tiene exposición a situaciones que retan su vida, las cuales se convierten en fuentes de aprendizaje que aceleran su propia evolución y enriquecen el legado que construyen para la siguiente. En lo individual, tales experiencias desatan un proceso forzado y acelerado de aprendizaje, como al que nos hemos visto avocados en los meses recientes, que nos ha permitido recopilar, en menos tiempo del acostumbrado, experiencias únicas y relevantes para el futuro, así como un nivel de consciencia y autoconocimiento que de otra manera quizás no hubiésemos alcanzado.

Alguna vez escuché una frase que convertí en uno de mis mantras: el conocimiento, a diferencia del pan, cuando se comparte queda doble. Esta convicción me llevó, por ejemplo, a involucrarme con la academia para entregar del mío y, muy especialmente, para recibir de la sabiduría disponible en otros, tanto profesores como estudiantes, que habitan ese espacio con el mismo deseo de intercambiar ideas, enriquecerlas y contrastarlas, en un círculo virtuoso para el crecimiento profesional y la transformación personal. Esta dinámica sucede cotidianamente entre los seres humanos en diversos escenarios, de los cuales la academia es apenas uno de ellos. Cada uno de nosotros hoy tiene mucho más por compartir desde sus vivencias y, más importante aún, ha fortalecido significativamente su capacidad de aprendizaje, sea o no consciente de ello. Un estado más elevado de conocimiento, conjugado con espíritu aprendiz, es una buena oportunidad tanto para convertirnos en mentores de otros como para buscar los nuestros.

Un mentor es una persona que nos puede enseñar y guiar desde su experiencia en ámbitos profesionales o personales de nuestro interés, de tal forma que nos habilita, por ejemplo, para ver futuros posibles al tiempo que nos orienta para elegir y dar pasos hacia alguno de ellos. Según expertos como Vineet Chopra y Sanjay Saint, médicos profesores de la Universidad de Michigan, los buenos mentores acompañan sin generar dependencia, promueven la acción desde el respeto, aconsejan también desde el ejemplo y carecen de agendas ocultas. Desde la autoridad que les otorgamos, derivada del respeto y la confianza que nos generan, los convertimos en las voces que escuchamos con más atención, aparte de la propia, y los legitimamos para ser un contrapeso constructivo de nuestra inercia natural y de los sesgos que nos son propios.

Siempre tenemos mentores accidentales, les invito a elegirlos también de forma intencional, y a considerar ser mentores como una forma gratificante de seguir aprendiendo. 

Ver fuente

Sigamos aprendiendo

Hoy la cotidianidad tiene visos de pesimismo, temor, cansancio e inconformidad.

El futuro nos sigue demostrando la amplitud de la incertidumbre que le es propia. Así como al iniciar el 2020 no anticipamos una pandemia, en 2021 tampoco imaginamos el agravamiento de la situación de salud pública a nivel global que estamos observando, ni la compleja situación social que vive Colombia en la actualidad.

Nuestro aprendizaje continúa. Toda la experiencia recogida nos había dejado numerosas lecciones para la gerencia de nuestras organizaciones, y de nosotros como personas. En las empresas aprendimos, reconocimos o aceptamos, que hacer planes no garantiza que logremos imponerlos a la realidad, que las contingencias legitiman la gestión desde la improvisación inteligente, que las crisis realmente cierran algunas puertas al tiempo que abren otras, y que la flexibilidad es propia en la naturaleza de una buena estrategia.

En lo gerencial, resignificamos algunas verdades que en el pasado eran incómodas, como que los líderes no tienen todas las respuestas, que la intuición derivada de la experiencia es vital para la toma de decisiones en especial frente a la incertidumbre, y que conocernos a nosotros mismos es indispensable para conservar la serenidad frente a lo complejo, entre otras razones.

Esta muestra sucinta de aprendizajes colectivos e individuales que eventualmente hemos logrado nos invita a hacer una pausa reflexiva, en medio de la turbulencia del momento, con dos propósitos. El primero, hacer consciencia de aquello que hemos aprendido. Nos conviene sustancialmente tener claro en que somos ahora más sólidos, como personas y organizaciones, para seguir avanzando acompañados por una confianza mejor fundamentada.

El segundo es reconocer aquellos aprendizajes que nos hacen falta. Si bien muchos de ellos son contingentes, es decir, suceden por accidente, otros tantos pueden ser deliberados. Seguir construyendo confianza para gestionar las organizaciones y liderarnos nosotros mismos, pasa por buscar esos aprendizajes pendientes, aquellos que son necesarios ahora o lo serán pronto para las versiones posibles del futuro que imaginamos. Identificar nuestras necesidades de aprendizaje deliberado, colectivo e individual, requerirá de conversaciones. Tal vez ese es otro aprendizaje pendiente: dialogar mejor.

Alimentemos la esperanza identificando lo aprendido en estos meses tan particulares. De pie, en medio de esta realidad dolorosa, reconozcamos que estamos mejor preparados para enfrentarla, confiemos en que tenemos organizaciones más conscientes y comprometidas, y actuemos con coherencia desde la claridad sobre lo que el país necesita urgentemente.

Hoy la cotidianidad tiene visos de pesimismo, temor, cansancio e inconformidad. Confianza y actitud de aprendizaje serán vitales para navegar con acierto este bache en el que como humanidad nos encontramos.

Ver fuente

¿Por qué decidir no significa ejecutar?

En el ejercicio de la gerencia, el proceso de tomar decisiones suele recibir significativa atención. Un fenómeno común, más de lo esperado y al cual dedicamos menos atención, tiene que ver con que las decisiones tomadas simplemente no se ejecutan, es decir, no siempre llegan a convertirse en acciones tangibles para lograr un objetivo. ¿Por qué puede esto suceder?

En el ámbito de la ejecución estratégica parece exótico, pero es realidad, que en ocasiones los equipos son muy buenos decidiendo, pero no tan buenos ejecutando lo que deciden. En una exploración empírica del tema con distintos equipos ejecutivos, identificamos 10 razones por las cuales esto puede suceder.

En primer lugar, las decisiones no se ejecutan por falta de seguimiento. Suponemos que el hecho de decidir mueve a la acción en sí mismo, lo cual no es necesariamente cierto. Las actas de junta, comités o reuniones puntuales, nos ayudan a darle formalidad a la decisión lo cual anima el compromiso y la confianza para actuar, y facilita el seguimiento. Una segunda razón tiene que ver con la falta de claridad sobre la decisión. Es fundamental que entre los ejecutores quede claro aquello decidido para garantizar la ausencia de duda que genera parálisis e inseguridad. Una frase coloquial reza que “ante la duda es mejor abstenerse”. La falta de claridad respecto a lo que se decidió legitima la frase y la vuelve aplicable. Nunca abandone una reunión sin claridad sobre lo decidido y sobre su rol respecto a su ejecución.

Una tercera razón que hace que las decisiones no se ejecuten es la falta de sentido de urgencia. Es otro elemento alrededor del cual es mejor no suponer. Si la implementación de la decisión es urgente, es importante comunicarlo con esa claridad. El agobio de la cotidianidad hace subjetiva la valoración de urgencia que hace cada persona. La cuarta razón, cercana a la anterior, es la falta de claridad sobre la importancia de la decisión. En este punto se pone de manifiesto la relevancia de compartir con las personas los “porqués”. Importancia y urgencia no van siempre de la mano, y en la prescripción para tomar decisiones la recomendación es privilegiar lo primero. Hay decisiones importantes, más no urgentes, alrededor de las cuales es definitivo generar claridad sobre su naturaleza a partir de razones que sustentan su importancia. Paradójicamente, parecieran tener mejor probabilidad de ejecución las decisiones urgentes que las importantes por simples motivos de forma y ruido. La quinta razón, atada a las dos anteriores, tiene que ver con la falta de claridad respecto a las consecuencias. Visualizar el futuro, posterior a las decisiones, es un ejercicio que facilitan el conocimiento y la experiencia. Para aquellas personas que carecen de una dosis suficiente de los dos, no es intuitivo identificar las consecuencias de algunas decisiones. La claridad respecto a las consecuencias de no ejecutar una decisión es un detonante natural tanto del sentido de urgencia como de su gradación en términos de importancia.

La falta de confianza en lo decidido genera parálisis para la ejecución. Es en estos casos en los cuales el liderazgo es fundamental para llenar ese vacío de confianza desde el acompañamiento y desde asumir la responsabilidad por las consecuencias. Una de las razones que explica dicha carencia de confianza es la falta de discusión, que genera la sensación en algunos de los responsables por la ejecución de no haber sido tenidos en cuenta, así como la percepción de una mirada incompleta y parcializada al asunto.

Dos razones adicionales explican la falta de ejecución de lo decidido. De una parte, la falta de comunicación de las decisiones. Para que las decisiones se traduzcan en acciones es indispensable que todos los involucrados conozcan lo decidido, identifiquen su responsabilidad y avancen proactivamente, y con confianza, según las atribuciones que les son otorgadas. La comunicación de las decisiones requiere intencionalidad y formalidad, inclusión y sentido de responsabilidad por parte de los ejecutores. Finalmente, hay decisiones que simplemente no se ejecutan por falta de recursos. Por ello, al tomar una decisión es crítico validar que la misma es factible desde la perspectiva de aquello que demanda.

Decidir no significa ejecutar, y son muchas las razones para ello. Desde aquello que puede quedar faltando, es fácil intuir algunas preguntas que deben hacer parte del proceso de toma de decisiones: ¿Cuándo haremos seguimiento a esta decisión? ¿Está claro lo que hemos decidido? ¿Entendemos por qué esta decisión es urgente? ¿Es claro por qué la decisión es importante? ¿Tenemos claras las consecuencias de no ejecutar esta decisión? ¿Tenemos el nivel de confianza suficiente en lo decidido para pasar a la ejecución? ¿Hemos discutido lo suficiente esta decisión y contamos con todos los elementos de juicio para tomarla? ¿A quiénes debemos comunicar esta decisión? ¿Contamos con los recursos necesarios para ejecutarla?

Ver fuente

Management Dilemmas: Think Again Before You Try to Solve Them

Oriental philosophy brought dualism to our attention with the concepts of Yin and Yang, independent forces that, although opposing, complement each other and reach an equilibrium that turns into harmony.

Management, as a human activity, involves plenty of such tensions between forces, which are not necessarily opposing. In a recent consulting session that I guided for a group of high-level executives from different industries, they were able to easily identify more than twenty of such tensions they frequently face. Some of those in the list were tensions between short-term and long-term strategy, between the search for profits and the speed of growth, between the desire to innovate and the willingness for risk-taking, between focusing in a single business and diversifying into several businesses, between fostering flexibility and creativity in decision-making processes and maintaining traditional methodologies, between what they want to keep and what they need to change in their organizational culture, between choosing an insider or an outside candidate to fill a key position, between cutting costs and modifying product quality, and between economic or emotional compensation.

Two of those tensions were particularly controversial and promoted the debate. First, the tension between short-term and long-term strategy, widely acknowledged as one of the most common in Board of Directors´ meetings, in executive committees, or in strategy sessions. Some cultures tend to favor short-term results as in the case of Latin American countries, and factors such as the way in which traditional compensation packages for senior executives are designed as well as the type of ownership, for example being listed in a stock exchange, worsen such condition. A clear corporate strategy is a basic guide to ensure that today’s actions will be coherent with the future envisioned by the organization, but given the current dynamics and the speed of change in the business environment, it is not unusual to find that the paths we designed for the long-term suddenly cease to be obvious or even reasonable. And then new tensions appear between what’s urgent and what’s important, between what’s temporary and structural, between something unplanned that requires immediate attention and the original plan, in summary, between strategic discipline and flexibility.

A second tension, very common in corporate management, is the one between the search for profits and the speed of growth. Although not always incompatible, growth often implies risks, costs, and complexity, all of which represent a threat to profitability. Diversification and innovation, for example, are paths to growth that are not free of obstacles and create uncertainty regarding their outcome. However, companies need to grow for multiple reasons such as strengthening their market share, obtaining economies of scale, gaining access to new technologies, diversifying risks, and investing cash surpluses. It is therefore wise to think that profitable growth is actually not a single goal, it includes two goals that might be in tension: growing and being profitable.

These tensions that come and go, that vary in intensity, that sometimes announce change, and that are admittedly part of management, have even become the object of research and were named “dialogic pairs” by modern academics, which means pairs that discuss in contrast with the traditional view of pairs that oppose. This approach is a clear reference to the challenge we face as executives of trying to understand the complementary nature of elements in a pair and of finding, for each organization and its strategy, the adequate balance between them given their inevitable presence. From a practical point of view, seeing such tensions as a range of possibilities between two poles that allows us to find the adequate intermediate point depending on the strategy, instead of as a dilemma that forces us to choose one of the poles, is the most reasonable path. For the same tension, there is a different answer in every single company. Therefore, finding yourself at ease in such a tension-filled activity becomes a very valuable management skill. This whole reflection reminds us, by the way, that managing is a mix of art and science at its highest levels, which explains, for example, why experience plays a major role in identifying the most convenient balance for each of those tensions.

Heraclitus, a Greek philosopher, invited us to see the world from the acceptance of unending change, like a continuous process of tension and transformation, to which nothing escapes, that ultimately leads to harmony. And he left us a thought of hope that invites us to persevere in the search for multiple balances between forces, which tensions give birth to the mistakenly called management dilemmas: “Invisible harmony is greater than visible harmony.”

Ver fuente

Decidir en las crisis

Las emociones son lentes a través de los que observamos el entorno, y desde ellas interpretamos información disponible, así como nuestra experiencia.

Empresas y personas estamos viviendo una prueba profunda a nuestra capacidad para tomar decisiones. En medio de la crisis actual, intempestiva y aguda, hemos visto a gobiernos y empresas tomar determinaciones tan excepcionales como impensables hace apenas algunas semanas, en medio de un alto nivel de incertidumbre, el cual por ahora se mantiene. Tomar decisiones en este momento, como es apenas natural, se hace mucho más complejo. 

Además de la carga emocional que implican, las crisis multiplican el número de decisiones por abordar de manera simultánea. A las decisiones de la anterior cotidianidad, cuya mayoría se conserva y algunas aumentan en complejidad o se transforman en urgentes, se suman otras que son totalmente nuevas y para efecto de las cuales las luces de nuestra experiencia, así como de la información disponible, parecieran quedarse cortas. 

¿Cómo mejorar entonces nuestro proceso de toma de decisiones dada su mayor complejidad en el contexto de una crisis? Dentro de las buenas prácticas prescritas para decidir, estas son algunas de pertinencia para enfrentar el momento actual. Un primer paso es hacer consciencia del contexto amplio como condición para escoger apropiadamente aquellas decisiones a las cuales vamos a dedicar el tiempo, un recurso que se hace aún más valioso en una coyuntura como esta. Así evitaremos descuidar lo que es importante por atender solo lo urgente. De otro lado, las crisis parecieran acorralarnos en el corto plazo. Si bien para las empresas en este momento la supervivencia es lo primero, es fundamental que no olvidemos las consecuencias de mediano y largo plazo de las decisiones que tomemos en medio de la crisis.

Al abordar una decisión compleja, reconozcamos nuestro estado de ánimo. Las emociones son lentes a través de los cuales observamos el entorno, y desde ellas interpretamos la información disponible, así como nuestra experiencia. Por inercia, solemos intentar evadirlas o ignorarlas, pero una mejor alternativa es reconocerlas abiertamente para hacernos cargo de ellas, que para el proceso de decidir significa tratar de entender cómo podrían estar afectando nuestra visión de la situación a resolver desde la consciencia de los sesgos y preferencias que potencialmente nos generan. Por esto, precisamente, es recomendable también discutir las decisiones con otros. Tienden a ser mejores las decisiones colectivas que las individuales en tanto el debate las enriquece y afina, además de matizar las eventuales distorsiones generadas por nuestros sesgos emocionales y cognitivos individuales. 

Ver fuente

Proveernos de información hasta donde sea posible, renunciar a la aspiración de tener información completa, así como recurrir con prudencia y confianza a nuestra intuición derivada de la experiencia, son recomendaciones adicionales al momento de decidir en una crisis. Finalmente, comunicar ampliamente las decisiones es vital para garantizar que se ejecuten y logren su objetivo. Cuidar el proceso de toma de decisiones es fundamental para navegar la crisis y seguir enfrentando la incertidumbre, así como para fortalecer nuestra capacidad de pensamiento estratégico. 

¿Cómo mejorar las juntas?

La transformación significativa de una junta empieza por las mejoras elementales.

Juntas directivas y asesoras, en empresas y otro tipo de organizaciones, han tenido recientemente la oportunidad de incrementar su impacto desde el ejercicio de su rol dadas las circunstancias que hemos vivido. Y todo indica que la seguirán teniendo en el futuro próximo tanto por las perspectivas del entorno como por el papel más activo que estructuralmente han asumido. Es posible que esta evolución no haya sucedido en todas las empresas, pero es evidente en muchas de ellas y debería ser un objetivo en las que siguen teniendo en su junta un observador pasivo.

La consultora McKinsey publicó hace dos meses un estudio internacional que involucró a 1.054 miembros de junta directiva, e identificó que los directorios que incrementaron visiblemente su impacto para sus organizaciones, medido por la creación de valor desde las decisiones tomadas en ese foro, mejoraron en 4 prácticas: los directores buscan y aportan información adicional a la que les comparte el equipo ejecutivo, los nuevos directores reciben una inducción robusta que les permite ejercer su rol efectivamente de forma inmediata, la junta en su conjunto lleva a cabo periódicamente un ejercicio de evaluación, y el presidente de la junta ejerce su rol de manera pertinente y efectiva.

En mi actividad como consultor, dentro de la cual he acompañado a numerosas juntas directivas y asesoras en su proceso de autoevaluación colectiva, he identificado oportunidades de mejora básicas, recurrentes y de alto impacto, que les comparto en tanto pueden servir de guía para que en estos órganos sus integrantes hagan una exploración inicial de sus posibilidades propias.

Las juntas directivas y asesoras mejoran si sus miembros tienen claro su rol y se forman en conceptos básicos de gobierno corporativo. Así mismo, cuando sus integrantes conocen la estrategia de la empresa u organización, y los temas prioritarios alrededor de ella para hacerles seguimiento. La preparación de los directores antes de la sesión es clave, así como plantear una agenda con un número razonable de temas que permita su participación activa. 

Es buena práctica evitar sesiones muy cortas, menos de dos horas, o muy extensas, más de 5 horas. La actuación correcta de quien ejerza la presidencia de la junta es fundamental, y para lograrla todos los integrantes deben tener claro el alcance de esa posición. El control de las tareas pendientes, en una bitácora aparte de las actas, es básico para su seguimiento y ejecución.

Y dos recomendaciones críticas para mejorar una junta y convertirla en estratégica: invertir más tiempo hablando del futuro que del pasado, y más tiempo discutiendo que recibiendo presentaciones. La transformación significativa de una junta empieza por las mejoras elementales.

Ver fuente

Juntas directivas 2022

Política y economía, estrategia y competitividad, sostenibilidad y talento, no son temas nuevos, pero el énfasis en cada uno de ellos será distinto.

Las asambleas de accionistas de múltiples empresas se disponen por estos días a elegir las juntas directivas que acompañarán a los equipos ejecutivos en la gestión de sus organizaciones durante los próximos meses. Los retos que han sido comunes a la mayoría de los directorios variaron en cada uno de los años recientes.

 Así entonces, mientras en 2019 un buen número de ellos tuvo seguramente la oportunidad de enfocarse en sus negocios y en conversar sobre el futuro, en 2020 es probable que sus desafíos hayan estado más relacionados con adaptarse a una circunstancia inesperada y resolver el corto plazo. En 2021, a los retos sanitarios se sumaron varios de tipo social y económico, de los cuales algunos persisten y son ya parte de la conversación regular de las juntas directivas.

El repertorio de retos y oportunidades para los directorios también será distinto en 2022 respecto a los años anteriores. De una parte, la presión por asuntos sanitarios será menor que en los dos años recorridos de pandemia, mientras que para el caso de Colombia la variable política cobra relevancia frente al proceso electoral que se avecina.

De igual manera, en las sesiones de las juntas directivas será central ahora conversar sobre competitividad y rentabilidad en medio de la coyuntura inflacionaria, así como acerca de la estrategia estructural de sus empresas en un entorno que, aunque seguirá siendo complejo y volátil, ofrece una visión más clara respecto a la variable que más profundamente lo alteró en el tiempo reciente.

En su labor fundamental de aconsejar y controlar, los directorios seguirán conversando también sobre la gestión del talento , asunto que cobró relevancia en la pandemia y respecto al cual será buena práctica mantener la atención. La pandemia cambió de manera estructural los parámetros de la relación entre las empresas como instituciones y las personas que las integran. Finalmente, conversar de sostenibilidad es inaplazable , y para ello se desvanecieron tanto excusas como distractores derivados de la densa coyuntura reciente.

Política y economía, estrategia y competitividad, sostenibilidad y talento, no son temas nuevos para una junta directiva, pero el énfasis en cada uno de ellos será distinto este año respecto a los anteriores recientes. Y a todos ellos se sumarán aquellos propios de cada industria y para cada empresa, que conjugados con los primeros elevarán una vez más el nivel de exigencia para los directorios.

Accionistas y juntas directivas bien podrían aprovechar este tiempo de asambleas para reflexionar sobre el papel que cumple el directorio en cada empresa. Dos años de pandemia demostraron con extrema transparencia la importancia del gobierno corporativo, así como la diferencia que hace tener una muy buena junta directiva que suma esfuerzos con un equipo ejecutivo competente y comprometido. 

Ver fuente

¿Cómo llegar a una junta directiva?

Ser miembro de junta directiva es hoy un oficio en sí mismo, al cual es posible acceder con persistencia. 

En época de asambleas de accionistas es posible recibir la invitación a ser miembro de una junta directiva. También es factible trabajar para propiciar esta invitación. Estas son recomendaciones para llegar a un directorio según expertos en el tema, y desde mi experiencia de veinte años participando de ellos. En primer lugar, es fundamental entender el papel de las juntas y las implicaciones que tiene ser su miembro. De vigilantes retroactivos, pasaron a contribuir ampliamente en el desarrollo de las organizaciones. Pertenecer a ellas tiene recompensas, como el desafío intelectual, retos, como la demanda de tiempo, y riesgos, por la responsabilidad legal asumida.

Desde este entendimiento, es posible luego identificar las competencias profesionales y personales que se necesitan para este cargo a fin de evaluarlas en nosotros mismos como potenciales candidatos. Una vez superada esta prueba, podemos dar dos pasos adicionales.

Inicialmente, definir nuestras motivaciones para hacer parte de una junta directiva, lo cual es una pregunta frecuente en las entrevistas para ese cargo. Con ellas claras, es fundamental identificar el valor que podemos agregar a un directorio desde nuestra experiencia y conocimientos, entre otros aspectos. Hoy son rasgos y competencias apetecidos por los directorios, por ejemplo, la diversidad, el conocimiento en tecnología y ciberseguridad, y la experiencia en temas sociales y ambientales. Una vez claro nuestro aporte potencial, podemos pasar a definir entonces el tipo de entidad para cuya junta seríamos un miembro adecuado. Los directores no suelen ser elegidos de manera aleatoria, sino alineada con necesidades particulares de cada organización. 

Concluida la reflexión respecto a las cinco perspectivas mencionadas, idealmente enriquecida por conversaciones con miembros de junta directiva o personas conocedoras del tema, es pertinente pasar a trabajar en nuestro entorno. Para empezar, es vital hacer público nuestro interés en pertenecer a un directorio, lo cual podría no ser intuitivo para los demás. En tal sentido, es crítico activar nuestra red de contactos, dentro de los cuales sobresalen miembros de juntas directivas, firmas de búsqueda de talento, y personas activas en el ámbito empresarial. Para trascender nuestra red vigente, es importante también posicionarnos hacia las audiencias objetivo como una persona con competencias para el cargo. Para tal efecto, es relevante alinear nuestra presencia en redes sociales a este objetivo, tanto desde el perfil como desde crear o compartir contenidos, y mostrar legitimadores sólidos relacionados, por ejemplo, con experiencia gerencial y formación especializada orientada a integrar un directorio. 

Ser miembro de junta directiva es hoy un oficio en sí mismo, al cual es posible acceder con persistencia y poniendo en práctica las recomendaciones mencionadas.

Ver fuente

Refrescar las juntas

Accionistas y directores siempre están explorando opciones para fortalecer el aporte de la junta directiva.

Las juntas directivas han sido un escenario de retos en los meses recientes. Navegar la coyuntura acompañando a los equipos gerenciales, fortalecer sus competencias o incorporar otras para enfrentar dificultades y oportunidades emergentes, y aprender a trabajar en un modelo diferente de interacción, han sido algunos de ellos.

Es razonable entonces suponer que en algunas juntas también se haya acumulado algún grado de fatiga, tal como ha sucedido en los equipos ejecutivos. Por esta razón, en la antesala de las asambleas de accionistas, es propicio hacer una pausa y considerar, tanto entre los propietarios de las empresas como al interior de los directorios mismos, los mecanismos factibles para refrescar las juntas directivas.

Una primera ruta para lograrlo es propiciando en los directorios la oportunidad de evaluarse, lo cual les proporciona un marco de referencia para dialogar estructuradamente e identificar tanto fortalezas disponibles como oportunidades de desarrollo enfocadas en profundizar con pertinencia su aporte a la gestión de la organización que orientan. 

En conexión con la anterior, otra alternativa es identificar y atender las necesidades de capacitación a las juntas directivas para cerrar las brechas que han aparecido, o se han agravado, dadas las circunstancias recientes. 

Ellas pueden estar relacionadas, por ejemplo, con su funcionamiento y con sus competencias. Finalmente, un tercer camino es el cambio en la composición de la junta, tarea que corresponde a los accionistas y para la cual es importante que aquellos tengan como referencia criterios para hacerlo bien, en particular desde la claridad respecto a los retos claves del directorio y a las competencias necesarias en aquel derivadas de la estrategia.

En conversaciones sostenidas estos meses con múltiples juntas directivas, acompañándolas en procesos de autoevaluación o capacitación, uno de los hallazgos más comunes es el declive en la participación activa de los directores en sus sesiones. Bien por desgaste, por la virtualidad, o por su falta legítima de ideas y experiencia para enfrentar tanta complejidad, el interés de algunos miembros en las juntas parece haber disminuido. Ello paradójicamente en un momento en el cual las empresas necesitan directores más participativos y actuantes.

Estas son algunas recomendaciones para lograr una participación más activa de los miembros de la junta en sus sesiones: que todos conocen el negocio o actividad de la organización, promover la participación desde el ejercicio adecuado de la presidencia de la junta, fomentar una cultura de diálogo que acoja las ideas y el disenso, disponer de tiempo en la agenda para discutir, propender por la buena preparación previa de los participantes, y hacer una apropiada inducción a los nuevos directores. Accionistas y directores siempre están explorando opciones para fortalecer el aporte de la junta directiva. Refrescarlas es una de ellas.

Ver fuente

Juntas directivas 2021

Contexto y coyuntura, tecnología e innovación, alianzas y oportunidades novedosas de negocio, estarán presentes en su agenda estratégica.

Las juntas directivas comienzan su ejercicio en este nuevo año equipadas de invaluable experiencia y aprendizajes privilegiados alrededor de sus organizaciones y de su quehacer como directorio. 

Expertos anotan que seguiremos por ahora operando en medio de una alta volatilidad sanitaria, social, política y económica, por lo cual los retos que enfrentarán las juntas directivas en 2021, alrededor de los negocios y sus operaciones, no serán radicalmente diferentes a los que ahora gestionan.

El corto plazo incierto, probablemente ahora un tanto menos capaz de atropellarnos, les permitirá entonces a las juntas directivas volver a trabajar de manera enfocada y deliberada en temas claves para su gestión y evolución. 

A fin de identificarlos y definirlos, es interesante dar una mirada a las tendencias que académicos y consultores especializados recomiendan a las juntas directivas tener en cuenta para 2021 en el ejercicio de su rol básico de aconsejar y controlar.

En cuanto a la estrategia, se mantendrá la tendencia de una mayor intervención de la junta en su formulación y seguimiento, así como su empeño en avanzar la definición y materialización del propósito de la organización, por ejemplo, desde programas concretos en temas de responsabilidad social y ambiental que evidencien un compromiso tangible con las expectativas de todas sus partes interesadas. 

Contexto y coyuntura, tecnología e innovación, alianzas y oportunidades novedosas de negocio, estarán presentes en su agenda estratégica. La junta continuará imaginando una nueva versión de su organización, y para ello será clave que entienda también claramente los intereses de los accionistas.

Respecto al talento humano, tema ahora central para la junta, es tendencia el enfoque del directorio en promover el desarrollo de una cultura organizacional alineada con el propósito en tanto aquella ha probado ser un pilar clave en estos tiempos para atraer y conservar el talento, mejorar el desempeño de los negocios, generar valor de largo plazo, y explicar la resiliencia de las organizaciones en la pandemia. En palabras de un experto, es momento para asegurar desde la junta que se fortalezca la conexión entre “valor” y “valores”.

Las juntas necesitarán este año asegurar una recalibración de los mapas de riesgo de sus organizaciones y de los programas para gestionarlos. En este ámbito, una tarea a ejecutar para muchas juntas será establecer un plan formal de sucesión de la gerencia general.

Finalmente, es tendencia para las juntas directivas el refrescarse, lo cual va más allá de la eventual llegada a ella de nuevos miembros. Esto significa también fortalecer intencionalmente capacidades, conocer más del negocio, establecer formalmente nuevas y mejores prácticas desde sus aprendizajes, ser más disciplinadas en sus procesos, evaluarse para fortalecerse, y redefinir los términos de su diálogo con la gerencia: las juntas de reporte quedaron definitivamente obsoletas. 

Ver fuente

Juntas en evolución

Para algunas juntas este ha sido un tiempo de aprendizaje y una oportunidad para identificar sus brechas. 

Las juntas directivas han enfrentado en los meses recientes retos que las obligaron a adoptar algunas prácticas y a profundizar otras. Para algunas juntas este ha sido un tiempo de aprendizaje y una oportunidad para identificar sus brechas, las cuales tienen ahora por tarea cerrar ante la inminencia de un futuro más complejo, incierto y retador.

Para hablar de estos temas, tiene lugar esta semana de manera virtual la Liga de Directores, un evento organizado por la consultora internacional Kearney junto con la Universidad de los Andes. En su sesión inaugural, Erik Peterson, director del tanque de pensamiento global de Kearney en Washington, advirtió que ingresamos en una época de turbulencia profunda y generalizada, que ya venía en gestación y se ha acelerado con la pandemia, la cual tendrá alcances sociales, económicos y políticos sin precedentes. 

Para este experto, estamos como humanidad iniciando una etapa de hiper-evolución, que obligará a las juntas directivas a dedicar más tiempo a conversar sobre la estrategia de sus organizaciones, la cual es difícil ahora abordar de manera lineal y necesita ser observada bajo el modelo de escenarios. 

Desde las sesiones del evento, que cuenta con la presencia de 85 miembros de junta directiva de primer nivel de varios países de América Latina, quienes trabajan apoyados por consultores y académicos expertos en gobierno corporativo, surge además información pertinente para cualquier directorio, u órgano que haga sus veces, en el momento actual. 

Estas voces expertas, por ejemplo, identificaron algunas prácticas y rasgos que favorecieron a las juntas directivas para el cumplimiento de sus responsabilidades en este tiempo de pandemia. 

Algunas prácticas claves fueron la rápida adopción de la virtualidad y el desarrollo intencional de una cultura de diálogo en ella, una mayor frecuencia de reuniones y la modificación en su agenda para atender prioritariamente lo relevante. 

En cuanto a los rasgos, operaron mejor aquellos directorios con mayor capacidad para agilizar la toma de decisiones, lo cual explican en la buena relación y confianza entre los miembros de la junta y con el equipo ejecutivo, así como en la existencia de comités que combinan directores y gerentes y, significativamenete, en la calidad del trabajo de quien ejerce la presidencia de la junta directiva. 

En cuanto al miembro de junta como individuo, estos expertos destacan la relevancia que ha tenido su experiencia, sus conocimientos financieros, sus relaciones con el entorno y su capacidad para mantener la cabeza fría en los momentos de mayor tensión. 

Finalmente, en esta época de hiper-evolución también para las juntas directivas, reconocen que será en adelante una tarea central de su labor el promover a plena consciencia una estrategia que considere de manera integral a todas las partes interesadas de la organización que lideran.

Ver fuente

La junta directiva y la sucesión del presidente

Estudio de la firma Equilar reveló que la permanencia de los presidentes ejecutivos de empresas del Índice S&P 500 pasó de 6 años en 2013 a 5 en 2017.

La sucesión del presidente ejecutivo o gerente general de una empresa es una de las decisiones más importantes a cargo de una junta directiva, dado su impacto para la compañía y su futuro. Un estudio publicado en 2018 por la firma estadounidense Equilar, reveló que la permanencia media de los presidentes ejecutivos de las empresas del Índice S&P 500 pasó de 6 años en 2013 a 5 años en 2017. 

Otro estudio del centro de investigación en gobierno corporativo de la Universidad de Stanford, en una muestra cercana a 5.000 empresas transadas públicamente en Estados Unidos, encontró que el 50 por ciento de sus presidentes llevaban menos de 5 años en ejercicio. En un escenario de permanencias más cortas de los ejecutivos en sus cargos, la probabilidad de tener que enfrentar tal sucesión desde la junta es hoy mayor.

No es casual que la falta de preparación de las juntas para la sucesión del presidente sea reconocida por expertos como una causa común de crisis en esa instancia. Aún así, en ellas las conversaciones al respecto no son comunes, entre otras, por temor a ser mal interpretadas o considerarlas poco prioritarias en condiciones normales. 

Los escenarios de sucesión del presidente son muy variados para una junta directiva. La sucesión puede darse de manera programada, o bien resultar necesaria, de forma intempestiva, por una desgracia, la renuncia de la persona a su cargo o por eventos que deriven en la decisión de su despido. Así mismo, tienen particularidades casos como la sucesión de un presidente ejecutivo fundador de su empresa, o la de un presidente emblemático de muchos años en el cargo y heredero de un legado significativo.

Las buenas prácticas desde la junta para enfrentar la sucesión del presidente ejecutivo involucran, entre otros, dos elementos claves: definir criterios para elegir a un sucesor y tener un plan de emergencia. Los expertos Ram Charam, Dennis Carey y Michael Useem, autores del libro Juntas que lideran, consideran que los criterios de elección deben incluir elementos de experiencia gerencial, conocimiento de la industria, capacidad y estilo de liderazgo y características personales. Dichos criterios necesitan estar alineados con la estrategia, el modelo de negocio y la cultura de la organización, así como con las necesidades de corto y mediano plazo de todas sus partes interesadas. Esta definición de criterios, útil para abordar una sucesión programada o enfrentar una emergencia, debe idealmente incluir el concepto de la junta directiva, del presidente ejecutivo y los miembros más cercanos de su equipo, e incluso de los accionistas, cuando sea pertinente, por ejemplo, en las empresas familiares. 

Para efectos del plan de emergencia, los candidatos naturales para asumir la presidencia ejecutiva, de manera temporal o definitiva, suelen estar en el equipo gerencial y eventualmente en la junta directiva. Por esto es de valor que los miembros de la junta tengan exposición a los ejecutivos claves de la empresa, que interactúe con ellos en comités especializados y socialmente, e incluso que se involucren en su selección, ya que en ese proceso podrían estar escogiendo a un futuro presidente para la organización. 

Ser miembro de una junta directiva o presidente ejecutivo de una empresa, implica estar en capacidad de sostener conversaciones importantes, potencialmente difíciles. Esta es una de ellas.

Ver fuente

Juntas Directivas: Reflexiones personales antes de aceptar ser su miembro

Asumir la responsabilidad de ser miembro de una Junta Directiva es un extraordinario espacio de desarrollo profesional y personal. Al respecto, escribí una columna en el diario Portafolio denominada “Atractivos de pertenecer a una Junta Directiva”. Considerando las bondades del cargo, al recibir la invitación a participar de una Junta Directiva es de la mayor importancia hacer un ejercicio juicioso de “debida diligencia” respecto a la empresa u organización en diversos aspectos, así como alinear expectativas alrededor del aporte que se espera del nuevo miembro y de las motivaciones para considerar su nombre. En ese sentido, escribí también para el diario Portafolio una columna denominada “Juntas Directivas”, en la que planteo precisamente cuáles son esos ámbitos a explorar y conocer de la organización antes de aceptar la invitación a ser miembro de su Junta, y los posibles caminos para abordar tal indagación.

Un eslabón de la mayor importancia dentro de esta reflexión tiene que ver con las preguntas que a nivel personal es pertinente hacerse antes de aceptar el cargo, y luego de haber llevado a cabo el proceso de “debida diligencia” organizacional mencionado, así como teniendo claras las bondades y los riesgos potenciales que trae consigo ser miembro de una Junta Directiva. 

El proceso de “debida diligencia” personal, abordado cuando se está ya provisto de los insumos anotados, parte de una pregunta fundamental: ¿Cuál es mi verdadero potencial para agregar valor en esta Junta Directiva desde mis conocimientos, experiencia y red profesional? Entendiendo que el propósito de hacerse parte de una Junta Directiva es entablar con la organización una relación de doble vía, constructiva y equilibrada, la respuesta a esta pregunta debe estar plenamente clara antes de aceptar el cargo. Ser considerado como candidato para ocupar esa posición genera una intuición educada para pensar que el potencial para agregar valor existe, sin embargo, validar honestamente a nivel personal que esa posibilidad es tangible, ya en posesión de un amplio conocimiento sobre la organización y sus necesidades, y con un mayor entendimiento de lo que ella espera del nuevo miembro y de las motivaciones para invitarlo, es un paso responsable y necesario.

Aparecen otras preguntas que hacen parte también de este análisis personal. Estas son algunas de ellas: ¿Estoy en condiciones de asumir este reto? Esta se refiere a la disponibilidad de tiempo para asistir a sesiones y prepararse adecuadamente para ellas, y para asumir la responsabilidad que requiere como tal el cargo. ¿Me identifico con el propósito superior de la organización y estoy dispuesto a representarlo públicamente? Con esta pregunta validamos, principalmente, nuestra identidad ética con la organización. ¿El nivel de riesgo percibido en lo legal y reputacional es compatible con mi tolerancia al mismo, con mi carrera y proyección profesional? Cuando el oficio principal de una persona no es ser miembro de Juntas Directivas, es definitivo cuidar sus prioridades y no distraerse innecesariamente. ¿Es esta una oportunidad real para crecer profesionalmente? La responsabilidad y riesgo que se asumen, que contrastan con una remuneración con frecuencia modesta, deben estar compensados por la posibilidad real de materializar varios de los atractivos de pertenecer a una Junta Directiva. ¿Estoy seguro de no tener ningún conflicto de interés al asumir el cargo? En caso de existir, estos deben ser puestos inmediatamente de presente para analizar si es posible gestionarlos o si es motivo para retirarse del proceso y dejar de aspirar al cargo. A manera de referencia, algunos elementos adicionales para hacer esta autoevaluación aparecen en mi columna “Competencias indispensables”, en la cual menciono las consideraciones a tener en cuenta para escoger a un miembro de Junta Directiva, y en la columna “¿Cómo evaluar a una Junta Directiva?”.

La claridad sobre todas estas reflexiones personales, que buscan identificar elementos de compatibilidad e incompatibilidad ética y práctica, es la clave para materializar los beneficios que en lo profesional ofrece el privilegio de hacer parte de una Junta Directiva, y para lograr, de manera tangible y honesta, hacer el aporte que las organizaciones necesitan de sus directores.

Ver fuente

Buenos propósitos

¿Por qué es tan importante hoy que las empresas tengan claro su propósito?

Los tiempos que vivimos hacen más urgentes reflexiones profundas al interior de las empresas sobre temas que ya aparecían en su agenda antes del inicio de esta crisis humanitaria. De una parte, el capitalismo consciente y la idea de hacer empresa considerando las necesidades y expectativas de todas las partes interesadas que la rodean y no solo de sus accionistas. 

De otra, la prevalencia persistente, según diversos estudios, de una alta insatisfacción y un bajo nivel de compromiso en una proporción significativa de las personas que integran las organizaciones. Así mismo, las expectativas más elevadas de la comunidad respecto al papel de las empresas en la sociedad, visibles en una población joven que con mayor consciencia elige que productos y servicios utilizar o a qué organización vincularse para desarrollar su vida laboral. Temas como estos, en medio de la situación actual, han invitado a las empresas a conversar de nuevo sobre su propósito.

En los meses recientes hemos visto proliferar escritos al respecto, procedentes de la academia y de reconocidas firmas consultoras especializadas en temas de estrategia, llamando la atención sobre los beneficios tangibles para las organizaciones de tener un propósito bien definido, y su utilidad práctica para abordar asuntos como los mencionados.

El propósito de una empresa expresa el impacto positivo que desea generar en su entorno, y explica el porqué de lo que hace. Esa propuesta de valor esencial que le presenta una empresa a la comunidad explica su razón de existir y la hace merecedora de la licencia social necesaria para ser considerada en aquella un miembro pertinente. Así entonces, un propósito bien definido comunica hacia el exterior de la empresa el compromiso con sus partes interesadas, y a los clientes les aclara lo que quiere significar para ellos. 

Hacia el interior, el propósito debe facilitar a las personas que integran la organización el darle sentido a su cotidianidad laboral, que contribuye a una causa superior, lo que a su vez genera una conexión tangible entre su trabajo y su propósito personal. 

En cuanto a la estrategia, el propósito de una empresa fortalece su capacidad para conservar y atraer el talento necesario para ejecutarla, orienta la definición de la cultura organizacional deseable y los valores que la soporten, e informa decisiones respecto al ámbito de negocios en el cual participar y las características de los productos y servicios que ofrece. 

En esta época frenética, que reta nuestra capacidad de atención, es todavía más relevante que cada empresa cuente con un propósito creíble y auténtico, concreto y corto, fácil de entender y recordar, coherente desde lo ético y con sentido desde lo racional, capaz de despertar genuina conexión emocional y suficientemente sólido para mantener vigente su licencia social. 

Ver fuente

Profesionales independientes

Profesión es aquel oficio al cual una persona se dedica con la firme intención de contribuir desde él a su crecimiento individual integral y en comunidad, así como a su bienestar económico. Gestionar de manera intencional una vida profesional gratificante es una responsabilidad personal que demanda consciencia de sí mismo, espacios de pensamiento estratégico, capacidad para aprender y deseo permanente de reinventarse.

Quien ejerce cualquier profesión escoge una misión o razón de existir en ella, una visión u objetivo que desea lograr en dicho oficio, una serie de actividades dentro del ámbito de ese quehacer con las cuales se identifica mejor por gusto y competencia, unos pilares estratégicos diferenciadores que giran alrededor de las capacidades o dones con los que cada quien cuenta y dentro de los cuales procura fortalecer algunos para acercarse a cumplir su visión profesional, una forma de hacer las cosas o hábitos, equivalentes a la cultura en una organización, y unos valores en los cuales creer que le mueven a hacer con convicción lo que hace y a perseguir ese sueño elegido. Todos los conceptos que sobre estrategia utilizan las empresas, por lo tanto, tienen aplicación para la orientación de la vida profesional de una persona.

Así como la estrategia profesional involucra todos los homólogos mencionados de la estrategia corporativa de una organización, también aquella tiene implícita una faceta competitiva. Al interior de las organizaciones, por ejemplo, quien desea construir una carrera, en estructuras tradicionalmente piramidales, necesita establecer su diferenciación desde su alto desempeño integral, como profesional y como persona.

Su entorno es la estrategia de su empresa, la cual debe conocer claramente para diseñar un futuro posible en ella e identificar las competencias que necesita desarrollar y fortalecer para dar pasos en la dirección escogida.

Para el caso de los profesionales independientes, una población que ya en Estados Unidos, por ejemplo, representa más del 40% de la fuerza laboral, es aún más crítico definir una estrategia clara.

A diferencia de quienes hacen parte de una organización, donde la estrategia colectiva está dada y es el marco de referencia dentro del cual diseñar una estrategia profesional personal, en el caso de los independientes tal guía institucional no existe como tampoco los recursos disponibles en una empresa establecida. Entre más amplias son las posibilidades y más escasos los recursos, mayor es el reto de hacer escogencias y la necesidad de ser estratégicos.

En todos los casos, es pertinente que los profesionales hagan una reflexión de autoconocimiento para responder a tres preguntas antes de abordar su ejercicio de direccionamiento estratégico: ¿Qué significa para mí éxito profesional? ¿Qué me gusta hacer? ¿En qué soy bueno? La definición de éxito varía para cada ser humano, y es importante plantearla claramente, de manera articulada con las demás dimensiones vitales, para enfocar la estrategia profesional en ese objetivo sin correr el riesgo de terminar, por inercia o negligencia, persiguiendo una definición de éxito ajena que quizás complace al público, pero dista de las convicciones individuales y no aportará a la plenitud personal.

Ver fuente

Claridad estratégica

¿Cómo saber si tenemos suficiente claridad estratégica? Según expertos, en las empresas la estrategia fracasa por múltiples razones, una de ellas es la falta de claridad estratégica. 

Hacer estrategia equivale a pararse deliberadamente frente al futuro incierto en procura de interpretarlo, para abordarlo así con plena consciencia e intencionalidad. Aun ante la extraordinaria incertidumbre que hemos vivido recientemente, es una necesidad ineludible imaginarlo para visualizarnos en alguna de sus versiones posibles.

Establecer un direccionamiento estratégico no disminuye la incertidumbre inherente del futuro, el cual nos ha recordado en estos meses que tan dueño es de sí mismo, pero se vuelve crítico para proveer un marco de referencia dentro del cual gestionar una organización. 

Michael Beer, profesor emérito de la escuela de negocios de Harvard, propuso recientemente seis razones que contribuyen a explicar por qué en algunas organizaciones fracasa la estrategia. En la lista aparecen la ausencia de coordinación entre las áreas de la organización, el pobre desarrollo de nuevos liderazgos que genera vacíos en tiempos de crisis ante las cargas que intempestivamente enfrentan los líderes tradicionales, la poca capacidad o voluntad de discusión de sus directivos, los estilos de liderazgo caracterizados por el exceso o la carencia absoluta de control, la deficiente comunicación de la estrategia a toda la organización y la falta de claridad estratégica generada, entre otras razones, por los procesos utilizados para definirla.

En general, los elementos de este listado resultarían familiares, por ejemplo, para las personas que se desenvuelven en el mundo empresarial. Aun así, uno de ellos amerita una reflexión adicional: ¿Cómo saber si contamos con suficiente claridad estratégica en nuestra organización? 

Los elementos que potencialmente aportan para conseguir una claridad estratégica integral y plena son muy diversos y numerosos. Sin embargo, en su nivel más elemental y a la vez indispensable, propongo cinco asuntos claves que para las actuales circunstancias una organización necesita discutir y definir en su intención de establecer una plataforma básica de claridad estratégica. 

En primer lugar, su claridad de propósito, es decir, en cuanto a su razón de existir y al impacto positivo que desea generar para todas sus partes interesadas. Segundo, la claridad de su aspiración, que refleja sus objetivos más elevados en un horizonte de tiempo y aquello en lo que desea convertirse. Tener claro en qué negocios va a participar y en cuáles de ellos enfocará su crecimiento es un tercer elemento fundamental. A partir de allí, es vital la claridad sobre la forma de competir en cada negocio, así como respecto a las capacidades con las que cuenta y las que necesita desarrollar de manera prioritaria para ello. Finalmente, es muy valiosa la claridad sobre los rasgos que deben caracterizar la cultura organizacional ideal para ejecutar la estrategia definida. 

Enfrentar con éxito varias de las causas de fracaso identificadas por el profesor Beer, y otras, sería posible desde este nivel básico de claridad estratégica. 

Ver fuente

Empresas exitosas

¿Qué es una empresa exitosa? Los tiempos que vivimos son propicios para abordar esta reflexión.

En otra época, tamaño, crecimiento o rentabilidad eran variables dominantes para responder esta pregunta. Actualmente, los criterios para calificar el éxito de una empresa son más amplios e incorporan la mirada de sus partes interesadas. 

Una empresa exitosa tiene un claro propósito y visión de futuro, ejecuta una estrategia intencional con focos definidos de gestión para materializarla, y compite con una propuesta de valor sólida relevante para sus clientes. Consciente de su éxito, conserva la capacidad de aprendizaje para evolucionar y mantenerse vigente, mientras contribuye al desarrollo de su industria llevándola a un nivel superior que genere mayor bienestar colectivo. El éxito no extingue en su cultura la curiosidad, ni su deseo de innovar para superarse cada día a sí misma.

En lo financiero, una empresa exitosa es sólida patrimonialmente, tiene un sano nivel de endeudamiento acorde con su generación de caja, y logra de manera sostenida márgenes que remuneran apropiadamente el capital que utiliza, los cuales le permiten además invertir para actualizarse y crecer generando empleo de calidad. 

La empresa exitosa es valorada por las comunidades donde opera, goza de impecable reputación y su impacto positivo es visible a su entorno y para quienes la integran, lo cual legitima su licencia social para existir. Para ser viable, no necesita recurrir a deficiencias intencionales en el cumplimiento de la ley, el pago de sus impuestos, la atención a sus responsabilidades con el medio ambiente y el cuidado de los estándares prometidos a clientes y colaboradores.

Los competidores miran la empresa exitosa con respeto y como referente, los proveedores con lealtad y sus potenciales aliados con interés, mientras que los clientes a los que sirve la aprecian por su transparencia en la relación que establecen y la coherencia con un propósito genuino que guía sus actuaciones, el mensaje de sus marcas y las características de sus productos. 

Una empresa exitosa es querida por la gente que la integra, la cual desde esa conexión emocional entiende la estrategia y la apropia para comprometerse plenamente. En su interior habita una cultura sólida y pertinente para lo que la empresa desea lograr, y se convive en un ambiente agradable, colectivo y humano, de ejecución y resultados. Éxito significa para ella tener un equipo sólido, con sucesores en formación para los cargos claves, y capacidad para atraer y conservar el talento que necesita. 

Finalmente, una empresa exitosa tiene un excelente gobierno corporativo y genera en sus accionistas un alto sentido de pertenencia derivado del significado que le da a su vida como empresarios. 

El éxito empresarial tiene diversidad de matices y enfoques. Este es un marco básico de referencia para definirlo en forma concreta, comunicarlo y alinear los esfuerzos para conseguirlo.

Ver fuente

Oportunidad y reconstrucción

Cómo escoger las oportunidades para fortalecer o reconstruir nuestras empresas en el futuro próximo?

Geoffrey Garret, decano hasta junio pasado de Wharton, una reconocida escuela de negocios estadounidense, en una reciente conferencia virtual planteó tres fases reconocibles por los líderes al enfrentar una crisis. La primera es de choque, en la cual la tarea es reaccionar para responder a la situación con una mirada de coyuntura y supervivencia. La segunda fase es de asimilación, cuyo foco es entender mejor las implicaciones de la crisis y ajustar las expectativas para el corto plazo. Finalmente, y una vez empiezan a aparecer señales de estabilidad, inicia la fase de reconstrucción para darle forma intencionalmente a una nueva realidad.

Al tomar como referencia este modelo, es claro que en cada momento del tiempo encontraremos por ahora personas y empresas, incluso países, que transitan una fase distinta. Y en cada una de ellas enfrentaremos esta pregunta: ¿Cuáles son ahora nuestras mejores oportunidades?

“Toda crisis es una oportunidad”, es una frase de la sabiduría popular que eventualmente incomoda a algunas personas mientras experimentan momentos oscuros que aquellas también traen. Aun así, hemos visto que en muchas empresas esta crisis ha sido una oportunidad tangible para hacer posible lo antes imposible, para tener conversaciones difíciles que aceleraron decisiones vitales en la construcción de su sostenibilidad, para innovar y evolucionar hacia nuevos paradigmas, lo cual resulta en organizaciones más sólidas y efectivas, mejor preparadas para la incertidumbre que nos seguirá acompañando, constituidas por personas más recursivas y maduras para cuyo proceso de fortalecimiento humano y gerencial esta crisis también ha sido oportunidad. 

Al interior de las empresas, cada vez serán más frecuentes las conversaciones reconstructivas sobre oportunidades estructurales para los negocios que desarrollan luego de sobrevivir estos cinco meses de una densa coyuntura. Para analizar oportunidades con criterio, en procura de escogerlas con acierto, tres elementos suelen ser relevantes. Primero, su pertinencia estratégica, es decir, su alineación con la visión vigente del futuro, su cercanía con el propósito de la organización, su aporte para moverla hacia su aspiración, su afinidad con las capacidades estratégicas y fortalezas disponibles y sus sinergias con negocios existentes, entre otros elementos. Segundo, su atractivo económico, es decir, su afinidad con la capacidad de inversión, el retorno esperado y la propensión al riesgo de la empresa. Finalmente, su viabilidad en cuanto ejecución, que implica contar con los recursos necesarios, en particular el talento, e incluso con aliados indispensables para materializar tal oportunidad en un modelo de negocio tangible.

“Nunca permitan que una buena crisis quede desperdiciada”, palabras atribuidas a Winston Churchill en el proceso de creación de Naciones Unidas luego de la segunda guerra mundial, refiriéndose con esperanza al horizonte posible tras vivir tanta devastación. Quizás hoy Churchill nos haría esta misma invitación. 

Ver fuente

¿Evolución, reinvención o disrupción?

¿Qué hacer hoy como profesionales para tener una carrera sostenible en el futuro? La respuesta no es la misma para todos. Convertir la crisis en oportunidad solo es posible desde el cambio intencional, oportuno y adecuado, en nosotros mismos.

Los profesionales de todas las disciplinas hemos evidenciado efectos tangibles en la forma de ejercer nuestros oficios derivados de la situación que vivimos como humanidad. En las empresas, por ejemplo, bien por cambios en la forma de hacer las cosas o ajustes al modelo de negocio, procesos concebidos originalmente para la incorporación o actualización de capacidades en sus integrantes de cara a la era tecnológica, conocidos como upskilling o reskilling, se volvieron urgentes y transversales a todo nivel. 

La naturaleza y la dimensión de tales efectos han sido variadas para cada persona y profesión. Aun así, dada la experiencia vivida estos meses y frente a un futuro altamente incierto, surge una pregunta apenas natural: ¿Qué hacer profesionalmente hoy para tener una carrera sostenible en el futuro?

En procura de responder esta pregunta, encontré en diversas conversaciones los términos que titulan este escrito. Con el ánimo de aportarle a muchos profesionales en su ejercicio de pensamiento estratégico, les comparto esta propuesta respecto a lo que entiendo que significa cada uno de los tres modelos y los casos para los cuales es pertinente. 

Algunos profesionales necesitarán evolucionar, es decir, procurar una mejor versión de sí mismos a partir de lo que ya son hoy. Esta mejora incremental les resultará suficiente, la cual pueden estructurar intencionalmente como un proceso adaptativo para encajar mejor en las nuevas circunstancias. Adquirir competencias, complementar sus conocimientos y ajustar sus hábitos, hacen parte del proceso. Para explorar esta perspectiva, les recomiendo la lectura del libro de Bill Barnett titulado La carrera estratégica.

Otros profesionales se verán definitivamente abocados a un proceso de reinvención. En este segundo modelo, el equipaje con el cual cuentan hoy les será útil apenas de manera parcial para construir una carrera sostenible en el futuro. Un ajuste incremental es insuficiente, y eventualmente les resultará necesario explorar nuevos caminos profesionales elegidos desde sus fortalezas y las experiencias pertinentes para abordarlos. Una buena herramienta para explorar esta ruta estratégica es el libro de Dorie Clark titulado “Reinvéntate”.

Finalmente, y dadas las circunstancias, bien por gusto o necesidad, para algunos profesionales el camino a seguir será el de la total disrupción. Whitney Johnson, experta en el tema y autora de un extraordinario libro al respecto, lo plantea simplemente como un proceso de volver a empezar, desprendiéndose de la historia, lo cual implica incluso mirar al futuro haciendo caso omiso de experiencias pasadas y capacidades que quizás se hicieron obsoletas. 

Una cosa es clara: todos debemos cambiar. La profundidad y motivaciones para hacerlo son distintas para cada uno. La idea de convertir las crisis en oportunidades solo será evidente en la realidad, y a nuestro favor como profesionales, desde el cambio en nosotros mismos.

Ver fuente

Volando por instrumentos

¿Cuáles son en la práctica algunos “instrumentos de navegación” que ejecutivos de primer nivel adoptan o fortalecen para liderar y tomar mejores decisiones frente a una incertidumbre más densa? En temas de liderazgo, es pertinente ahora trascender la teoría para conversar también desde la experiencia.

“La neblina se hizo más espesa, perdimos contacto visual con el terreno, y comenzamos a volar por instrumentos”. Quienes pilotean las empresas perciben hoy más opaco su contacto “visual” con el futuro, el cual, incierto por definición, solía tener más elementos predecibles. ¿Cuáles son esos “instrumentos de navegación” que ejecutivos de primer nivel adoptan o fortalecen para liderar y tomar mejores decisiones frente a tanta incertidumbre?

Recientemente, tuve el privilegio de ofrecer múltiples conferencias virtuales en Colombia a grupos de presidentes y gerentes generales pertenecientes a Renaissance Executive Forums, institución global enfocada en promover el desarrollo personal y profesional para los líderes de las organizaciones. Desde esas conversaciones con más de 50 ejecutivos, identifiqué estos “instrumentos”, que les han sido pertinentes para esta coyuntura: 

Atención al autocuidado: para cumplir su misión, cuidar de sí mismos es una responsabilidad relevante. El cansancio es una amenaza permanente, por eso reconocen pertinente no asumir “actitud de héroes”. Dormir y comer bien, hacer algo de ejercicio y despejar la mente con familia y amigos, son cuidados básicos.

Gestión de la automotivación: desde espacios individuales para reflexionar con serenidad y reencontrarse con su carácter, buscando compasivamente autocontrol, y asumiendo a consciencia responsablemente las conversaciones que a diario tienen consigo mismos.

Empatía plena: es fuente de la confianza que une, expresada en el interés por la salud física y emocional de quienes los rodean en su familia y organizaciones, comunicando generosamente con gratitud y compromiso, y escuchando atentamente, además para enriquecer su visión y decisiones.

Estar informados: ser observadores, estar en contacto cercano con su equipo y remover jerarquías, e interactuar con su ecosistema de colegas, clientes, proveedores y gremios, para hacer sentido de abundante información disponible, identificar nuevos riesgos y orientar sus decisiones, entendiendo que algunas requieren asesoría especializada.

Actitud de aprendizaje: para reconocer que no tienen todas las respuestas, lo cual de paso genera empatía sincera desde su vulnerabilidad; y para asumir con aceptación y flexibilidad la nueva realidad desapegándose de la normalidad que conocieron, aprovechando así la intuición surgida de su experiencia.

Prueba y error es el modelo para implementar estrategias emergentes, haciendo camino al andar desde inventar e innovar, asumiendo mayores riesgos con total consciencia de ellos.

Confianza en el futuro: con esperanza, enfocados en la sostenibilidad de su organización y cuidando en las decisiones presentes su impacto de mediano plazo, así como sus elementos morales y precedentes que establecen. Dejar partir el talento es su última opción, por las personas y para conservar conocimiento y experiencia en su organización.

Todo esto es más fácil de decir que de hacer, y es ahí donde aparecen algunos rasgos de los verdaderos líderes: disciplina y voluntad para procurar lo mejor observando el mundo como un “nosotros”, y capacidad de pensamiento estratégico para imaginar un destino mientras vuelan por instrumentos.

Ver fuente

Decidir en las crisis

¿Cómo mejorar nuestro proceso de toma de decisiones en medio de una crisis? Estas son algunas buenas prácticas pertinentes para el momento actual.

Empresas y personas estamos viviendo una prueba profunda a nuestra capacidad para tomar decisiones. En medio de la crisis actual, intempestiva y aguda, hemos visto a gobiernos y empresas tomar determinaciones tan excepcionales como impensables hace apenas algunas semanas, en medio de un alto nivel de incertidumbre, el cual por ahora se mantiene. Tomar decisiones en este momento, como es apenas natural, se hace mucho más complejo. 

Además de la carga emocional que implican, las crisis multiplican el número de decisiones por abordar de manera simultánea. A las decisiones de la anterior cotidianidad, cuya mayoría se conserva y algunas aumentan en complejidad o se transforman en urgentes, se suman otras que son totalmente nuevas y para efecto de las cuales las luces de nuestra experiencia, así como de la información disponible, parecieran quedarse cortas. 

¿Cómo mejorar entonces nuestro proceso de toma de decisiones dada su mayor complejidad en el contexto de una crisis? Dentro de las buenas prácticas prescritas para decidir, estas son algunas de pertinencia para enfrentar el momento actual. Un primer paso es hacer consciencia del contexto amplio como condición para escoger apropiadamente aquellas decisiones a las cuales vamos a dedicar el tiempo, un recurso que se hace aún más valioso en una coyuntura como esta. Así evitaremos descuidar lo que es importante por atender solo lo urgente. De otro lado, las crisis parecieran acorralarnos en el corto plazo. Si bien para las empresas en este momento la supervivencia es lo primero, es fundamental que no olvidemos las consecuencias de mediano y largo plazo de las decisiones que tomemos en medio de la crisis.

Al abordar una decisión compleja, reconozcamos nuestro estado de ánimo. Las emociones son lentes a través de los cuales observamos el entorno, y desde ellas interpretamos la información disponible, así como nuestra experiencia. Por inercia, solemos intentar evadirlas o ignorarlas, pero una mejor alternativa es reconocerlas abiertamente para hacernos cargo de ellas, que para el proceso de decidir significa tratar de entender cómo podrían estar afectando nuestra visión de la situación a resolver desde la consciencia de los sesgos y preferencias que potencialmente nos generan. Por esto, precisamente, es recomendable también discutir las decisiones con otros. Tienden a ser mejores las decisiones colectivas que las individuales en tanto el debate las enriquece y afina, además de matizar las eventuales distorsiones generadas por nuestros sesgos emocionales y cognitivos individuales. 

Proveernos de información hasta donde sea posible, renunciar a la aspiración de tener información completa, así como recurrir con prudencia y confianza a nuestra intuición derivada de la experiencia, son recomendaciones adicionales al momento de decidir en una crisis. Finalmente, comunicar ampliamente las decisiones es vital para garantizar que se ejecuten y logren su objetivo. Cuidar el proceso de toma de decisiones es fundamental para navegar la crisis y seguir enfrentando la incertidumbre, así como para fortalecer nuestra capacidad de pensamiento estratégico. 

Ver fuente

¿Cómo acelerar la ejecución de las decisiones en medio de una crisis?

¿Cómo lograr que las decisiones que tomamos en momentos de crisis se conviertan en acciones y logren sus objetivos? Les comparto 10 recomendaciones prácticas para conseguirlo.

Crisis es una palabra que invoca una situación temporal, en ocasiones predecible y en otras accidental, generalmente aguda y con el potencial de generar un alto impacto, y que demanda siempre acciones prontas y excepcionales para enfrentarla en medio de un alto nivel de incertidumbre y vacíos de información.

En las crisis, tomar decisiones se hace más complejo por diversas razones (Lectura recomendada: ¿Por qué es más difícil tomar decisiones en momentos de crisis?). Nuestra capacidad de pensamiento estratégico se pone a prueba en ese escenario por las mayores restricciones que nos impone el tiempo, tanto para analizar las decisiones como para implementarlas y hacerles seguimiento. Para cualquier persona es evidente que las decisiones necesitan convertirse en acciones para lograr su objetivo. Sin embargo, en el contexto de una crisis, aparece un riesgo que amenaza deteriorar significativamente el resultado posible del plan para enfrentarla: no ejecutar las decisiones que tomamos. ¿Cómo lograr entonces que esas decisiones se conviertan en acciones?

En la búsqueda de una respuesta práctica a esta pregunta, y tomando como referencia algunas experiencias profesionales recientes, identifiqué 10 recomendaciones para facilitar la ejecución de las decisiones que tomamos en medio de una crisis:

Promueva la discusión en el proceso de tomar la decisión

La calidad de las decisiones empieza desde el proceso para tomarlas, y aquellas percibidas como de mejor calidad tienen una mayor probabilidad de ejecutarse. La falta de discusión en dicho proceso, que en medio de una crisis es una falencia en su calidad, puede generar desconfianza en lo decidido, lo cual entorpece posteriormente su ejecución. Algunos de los responsables de trasladar la decisión a la práctica podrían experimentar la sensación de no haber sido tenidos en cuenta, y percibir que el resultado del proceso es producto de una mirada incompleta y parcializada. Por esto, hasta donde la complejidad y el tiempo lo permitan, es bueno tener en cuenta para la discusión a todas las personas claves para ejecutar la decisión una vez tomada, en tanto el sentido de pertenencia que resulta de ello suma para motivarlas posteriormente a la acción.

Verifique la claridad respecto a lo decidido

Es fundamental que entre quienes participan en el proceso de decidir quede clara la decisión tomada para garantizar la ausencia de duda, la cual a su vez genera parálisis e inseguridad. Una frase coloquial reza que “ante la duda es mejor abstenerse”. La falta de claridad respecto a lo que se decidió legitima la frase y la vuelve una práctica. Nunca abandone una reunión sin asegurarse de la existencia de claridad plena sobre lo decidido y respecto al rol de cada uno de los responsables de su ejecución.

Articule sólidamente la coherencia de la decisión

En condiciones normales, el marco de referencia para la toma de decisiones en una organización es su estrategia. En tiempos de crisis, en cambio, los supuestos que sustentan la estrategia cambian, coyuntural o estructuralmente, y por tal motivo ese marco de referencia puede perder su pertinencia de manera temporal o parcial. Es por eso que algunas decisiones tomadas podrían aparecer ante quienes tienen que ejecutarlas como contrarias a la estrategia vigente antes de la crisis, contraintuitivas respecto a la cultura de la organización y faltas de consistencia con el futuro que siguen imaginando. Para enfrentar esta dificultad, apenas natural, es vital articular con solidez el discurso alrededor de las motivaciones para una decisión a fin de explicar su coherencia con el momento presente y con el futuro, de tal manera que se disipe desde argumentos la resistencia que algunas decisiones extraordinarias tienden a generar.

Explique la importancia de la decisión

Suponer que para todas las personas es evidente la razón por la cual una decisión es importante, y por tanto también su ejecución, es un error. Es buena práctica explicar a todos los implicados en ejecutarla, con generosidad y detalle, las consecuencias positivas que esperamos de implementar la decisión, así como los efectos negativos de no avanzar con ella. Visualizar el futuro, posterior a las decisiones, es un ejercicio que se facilita desde el conocimiento y la experiencia, los cuales no son homogéneos en todos los integrantes de una organización. Para algunas personas, y más en medio de la incertidumbre de una crisis, no es intuitivo identificar las consecuencias de algunas decisiones y, por lo tanto, su grado de importancia.

Demuestre la necesidad de urgencia en su ejecución

Si la necesidad de implementar la decisión es urgente, comunicarlo con esa claridad y exponer las razones que lo justifican es clave. El agobio de la cotidianidad, más en medio de una crisis, hace subjetiva la valoración de urgencia que hace cada persona. No todas las decisiones son igualmente urgentes, aun en medio de una crisis, por lo cual es muy relevante identificar las que realmente lo son. Así mismo, hay decisiones que dependen de otras, y en las crisis la secuencia de tales decisiones es más sensible. Por esa razón, las deficiencias en la ejecución de las decisiones urgentes suelen desencadenar traumatismos significativos en la cadena de acciones de un plan de manejo de crisis.

Categorice las decisiones que están listas para ejecutarse

Los equipos encargados de ejecutar las decisiones necesitan tener una guía que les permita priorizarlas para enfocar su gestión. Para ello, categorizarlas es posible, por ejemplo, en relación con su importancia, la cual es función de la dimensión de su impacto, y con su urgencia, que deriva de la necesidad de acelerar su ejecución en el tiempo. En una matriz de dos por dos, cuyo eje vertical es el nivel de urgencia, alto o bajo, y el eje horizontal es el nivel de importancia, alto o bajo, podremos identificar decisiones que cumplen las dos condiciones en nivel alto (son altamente urgentes y altamente importantes), algunas en solo uno de los dos criterios (son altamente urgentes o altamente importantes), y otras en ninguno. Las decisiones que requieren atención prioritaria en momentos de crisis son las altamente importantes y altamente urgentes. Esta conclusión es intuitiva, por eso el trabajo relevante está en asignar un valor en cada uno de los dos criterios y para cada decisión que haga parte de este inventario.

Asegure la disponibilidad de los recursos necesarios para la ejecución

Algunas decisiones no se ejecutan simplemente por falta de recursos. Por ello, al tomar una decisión es crítico validar que la misma es factible desde la perspectiva de los recursos que demanda. Cuando alguno de los recursos necesarios no está disponible es fundamental, antes de dejar la decisión en firme, tener una idea clara respecto a cómo conseguirlo. En medio de las crisis este punto cobra mayor importancia en tanto ellas suelen generar restricciones para el flujo adecuado de algunos recursos.

Genere confianza asumiendo responsabilidad

Las crisis suelen generar una alta carga de miedo, que encuentra en la incertidumbre su fundamento, y este a su vez exacerba la desconfianza y la aversión a los riesgos. La falta de confianza en una decisión genera parálisis para su ejecución. Es en estos casos en los cuales el liderazgo es fundamental para llenar ese vacío de confianza desde el acompañamiento a los ejecutores y desde asumir como cabezas visibles la responsabilidad por las consecuencias de su implementación. Esta situación se agrava para el caso de decisiones que tienen implícitos elementos éticos, las cuales son más complejas de afrontar y de ejecutar. (Lectura recomendada: Decisiones estratégicas: modelos éticos para tomarlas en una crisis).

Comunique ampliamente lo decidido

Para que las decisiones se traduzcan en acciones es indispensable que todos los involucrados conozcan lo decidido, identifiquen su responsabilidad y avancen proactivamente, con confianza, según las atribuciones que les son otorgadas. La comunicación adecuada de las decisiones, más en momentos de crisis, requiere intencionalidad para que la información sea uniforme y estructurada, inclusión para que todos los interesados queden enterados, formalidad para que lo relevante fluya por los canales apropiados, y generosidad en cuanto a los argumentos que soportan la ruta escogida y los detalles tangibles para su ejecución.

Haga seguimiento

Asumimos que el hecho de decidir mueve a la acción en sí mismo, lo cual no es necesariamente cierto. Formalizar las decisiones en actas de junta directiva, comités o reuniones puntuales nos facilita su seguimiento, y ayuda a generar claridad y confianza lo cual a su vez anima el compromiso para actuar. Dadas las restricciones de tiempo típicas en una crisis, es clave identificar las decisiones de mayor impacto para enfocar en ellas esta tarea de seguimiento. Dos asuntos importantes a este respecto son: definir los indicadores o parámetros para medir los efectos de la decisión, y fijar en el tiempo el momento adecuado para su seguimiento.

Preguntas claves al terminar el proceso de tomar una decisión para asegurar su ejecución

En atención a los 10 factores mencionados, cuya consideración facilita la ejecución de las decisiones que tomamos en medio de una crisis, estas son algunas preguntas pertinentes, a manera de recomendación metodológica, al momento de concluir la discusión para dejar en firme una decisión y antes de pasar a su ejecución:

¿Hemos discutido lo suficiente esta decisión y tuvimos en cuenta todos los elementos de juicio disponibles para tomarla?

¿Está claro para todos lo que hemos decidido?

¿Consideramos coherentes las motivaciones que soportan esta decisión?

¿Estamos dispuestos a asumir la responsabilidad por las consecuencias de esta decisión?

¿Entendemos por qué esta decisión es importante y las consecuencias de fallar en su ejecución?

¿Es claro por qué la ejecución de esta decisión es urgente?

¿Contamos con los recursos necesarios para ejecutarla?

¿A quiénes debemos comunicar esta decisión?

¿Cómo vamos a comunicar esta decisión y en qué términos?

¿Cómo y cuándo haremos seguimiento a esta decisión?

Decidir no siempre significa ejecutar, y en las crisis este riesgo se hace aún mayor. Nuestra capacidad de pensamiento estratégico se materializa en las decisiones que tomamos, mientras que nuestra capacidad de liderazgo se manifiesta al hacerlas realidad. 

Ver fuente

¿Por qué es más difícil tomar decisiones en momentos de crisis?

¿Qué hace más compleja la toma de decisiones en medio de una crisis? Comparto 10 razones que he identificado, resultado de mi actividad profesional.

Las crisis surgen por eventos que cambian drásticamente las condiciones que nos rodean. Algunas son predecibles y podemos hacer una estimación educada de su probabilidad de ocurrencia, por lo cual prepararse para ellas parcial o integralmente suele ser posible. Otras crisis, en cambio, son plenamente sorpresivas y, por su agudeza y dimensión, generan impactos extraordinarios, demandan decisiones excepcionales y multiplican la incertidumbre a niveles sin precedentes. Tal es el caso de la crisis actual, que en sus características se asimila a eventos conocidos como cisnes negros.

Momentos como este retan al máximo nuestra capacidad de pensamiento estratégico dado que tomar decisiones se torna más complejo. Reconocer esa mayor complejidad es fundamental para cuidar ahora con vehemencia el abordaje de las decisiones, tanto a nivel individual como colectivo, y para asumir en nuestras discusiones una actitud más tolerante frente a los demás e incluso respecto a nosotros mismos. (Lecturas recomendadas: Pensamiento estratégicoDecisiones estratégicas).

Producto de mi actividad profesional en las semanas recientes, como actual consultor en estrategia de múltiples empresas y ejecutivos, así como en condición de miembro de varias juntas directivas, he identificado 10 variables que aumentan la complejidad del proceso de toma de decisiones en momentos de crisis, las cuales a continuación comparto, y cuyo entendimiento es de total relevancia a fin de ser más efectivos en dicho proceso clave para navegar frente a la incertidumbre actual.

Alta carga emocional 

Las emociones son una característica propia y poderosa de nuestra condición de seres humanos. En momentos de crisis algunas de ellas se exacerban, de manera asincrónica en nosotros y en los demás, lo cual deteriora nuestros análisis por los sesgos que aquellas despiertan, disminuye nuestra capacidad de respetar las buenas prácticas en los procesos de toma de decisiones, y dificulta la construcción de acuerdos por la diversidad de interpretaciones y visiones posibles de una situación en un marco de alta incertidumbre. Las emociones son parte integral del proceso de toma de decisiones, y la forma de involucrarlas en el mismo es identificar la información que nos proveen y procurar entender los sesgos o preferencias que nos generan. Para lograrlo, el primer paso es reconocerlas y aceptarlas. (Lectura recomendada: Ciclotimia estratégica).

Multiplicación del número de decisiones

El cambio agudo en las condiciones del entorno hace que se incremente el número de decisiones a considerar. Además de las decisiones tradicionales en tiempos de normalidad, aparecen otras nuevas. Así mismo, en algunas decisiones que eran habituales se incrementa su condición de urgencia, y todo esto genera una mayor presión sobre el tiempo disponible para analizar, discutir y decidir. Por tal motivo, la proliferación de decisiones obliga a priorizarlas para enfocar el tiempo, ese recurso que se vuelve más valioso en un momento como este, en resolver y ejecutar aquellas de mayor impacto para el corto y mediano plazo. Ese ejercicio de priorización es en sí mismo una tarea que se hace más ardua en medio de la crisis. (Lectura recomendada: ¿Por qué decidir no significa ejecutar?).

Mayor complejidad de las decisiones tradicionales

En condiciones normales, hay una serie de decisiones para las cuales tanto los insumos como el tipo de análisis que llevamos a cabo para tomarlas adoptan un patrón hasta llegar casi a la estandarización de su proceso. En una crisis, los insumos para tales decisiones pueden cambiar, así como la complejidad y el tipo de análisis que requieren. Aparecen para esas decisiones tradicionales nuevas variables y riesgos, algunas condiciones que antes estimábamos como dadas ahora no lo son, y la incomodidad por la desaparición del statu quo que conocíamos las hace más complejas.

Aparición de decisiones extraordinarias

Las crisis traen consigo toda una serie de decisiones novedosas, con las que no estamos familiarizados, y para cuya resolución nuestra experiencia ganada en tiempos normales puede quedarse corta en su capacidad de prestarnos un buen servicio. Estas decisiones nuevas, que llamamos también decisiones inciertas, se caracterizan porque para tomarlas no solemos tener un nivel suficiente de claridad respecto a que información recolectar y analizar, que alternativas u opciones para escoger son posibles, y que consecuencias podrían generar. Así entonces, son decisiones demandantes en términos de esfuerzo y tiempo dado que nos obligan a asumir un nivel más alto de riesgo. Una dificultad adicional de este tipo de decisiones es que debemos tomarlas aún sin tener claro si los cambios que las motivan son coyunturales o estructurales, además de la sensación que pueden generar de estar desviándonos de la estrategia e incluso de estar abandonando nuestro propósito como organización o como personas. (Lecturas recomendadas: La importancia del propósito empresarialEstrategias ambidextras para el cambioEstrategias deliberadas y emergentesDisciplina estratégicaResistencia al cambioEstrategia y disrupción¿Crisis o cambio estructural?).

Extrema complejidad de las decisiones éticas

Una característica implícita de las crisis es que obligan a decisiones excepcionales. Algunas de ellas tienen un componente ético en tanto retan nuestra moral, es decir, nos sitúan en terrenos grises donde la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal no es tan evidente como en condiciones normales. Para tomar estas decisiones carecemos a veces de un patrón de referencia en cuanto al sentido de justicia, e incluso de una guía desde las leyes vigentes. Estas decisiones son altamente sensibles, entre otros asuntos, por los precedentes que establecen y por el efecto que pueden tener para la reputación de empresas y personas. (Lectura recomendada: Decisiones estratégicas: modelos éticos para tomarlas en una crisis).

Disponibilidad irregular de información 

La información es materia prima fundamental para decidir. En tiempos de crisis, ella abunda en algunos frentes y escasea en otros. De manera paradójica, para el proceso de toma de decisiones es tan perjudicial su exceso como su defecto. En las crisis, claramente nos alejamos de ese justo medio deseable en términos de disponibilidad de información, lo cual hace más retador su análisis a fin de llegar a conclusiones pertinentes para avanzar a decidir sobre bases sólidas.

Necesidad de nuevos modelos para el análisis de la información

El proceso de toma de decisiones tiene componentes racionales e intuitivos. El ámbito racional involucra la recolección de información y su posterior análisis, es decir, hacer sentido de ella desde modelos y herramientas en procura de encontrar claridades que nos permitan avanzar a decidir con confianza. La faceta intuitiva, por su parte, se refiere al uso de nuestra experiencia para el proceso de decidir ya que ella nos permite interpretar información aparentemente no relacionada entre sí, de una manera menos esquemática y que la racionalidad no logra aprovechar, así como reconocer patrones desde decisiones que hemos tomado en el pasado. Racionalidad e intuición siempre son complementarias en el proceso de toma de decisiones, y en momentos de crisis, cuando ocasionalmente la racionalidad puede quedarse corta, tendemos a recurrir más a nuestra intuición experiencial, una herramienta poderosa y útil cuyo uso apropiado requiere un alto nivel de consciencia propia y precauciones claras para no abusar de ella. (Lectura recomendada: Intuición gerencial)

Distanciamiento físico

Los seres humanos, como primates, somos una especie social. Uno de los grandes impactos sicológicos de la crisis actual ha sido la necesidad del distanciamiento físico. Por temas culturales, y quizás también instintivos y de temperamento, la proximidad física la asimilamos a sintonía emocional para efectos, por ejemplo, de compartir y conversar. Esta sensación de cercanía y confianza, para leer mejor en los demás el lenguaje no verbal y su estado emocional, así como para construir empatía y llegar a convergencias, se ve empobrecida por la distancia física y puede tener un costo para los procesos de tomar decisiones mientras nos acostumbramos a un nuevo modelo de relacionamiento. (Lectura recomendada: Virtualidad circunstancial).

Soledad

El distanciamiento físico también puede llevarnos a sentir soledad, y a sucumbir a la tentación de adoptarla como el nuevo modelo para tomar decisiones, lo cual es un error. Tienden a ser mejores las decisiones colectivas que las individuales, y por ello el distanciamiento físico no debería convertirse en distanciamiento social ya que, si bien este último pareciera facilitar el proceso de decidir al limitar la necesidad de discusión, amenaza con deteriorar la calidad de las decisiones que tomamos.

Cansancio

El cerebro es una de las estructuras más sofisticadas e impresionantes que ha conocido la humanidad. Como parte de nuestro ser físico, también está expuesto al cansancio. En momentos de crisis, nuestra capacidad de pensamiento, consciente e inconsciente, está sobrecargada por preocupaciones sobre el futuro incierto, así como por decisiones por tomar, todo ello en medio de una avalancha emocional. Por ejemplo, nuestro sueño, que es para el cerebro como el agua para la vida, puede disminuir en calidad o tiempo, mientras que nuestros espacios de esparcimiento desaparecen o ven reducida su capacidad para disipar temporalmente nuestras inquietudes, lo cual en condiciones normales significaba descanso para nuestro proceso de pensamiento consciente o intencional. En tiempos de crisis necesitamos cuidarnos de caer en el cansancio ya que necesitamos, además de decidir, asegurar que las decisiones que tomamos se conviertan en acciones para que logren su objetivo. Decidir no siempre significa ejecutar. (Lectura recomendada: ¿Cómo acelerar la ejecución de las decisiones en medio de una crisis?)

Todas las causas expuestas, que nos afectan en mayor o menor grado, nos ayudan a hacer consciencia, es decir, a entender y a aceptar, que tomar decisiones en medio de una crisis es más difícil. A partir de esa consciencia podemos abordar mejor este proceso, ser más compasivos con los demás y con nosotros mismos, y adoptar una actitud mejor alineada con las necesidades de los tiempos actuales. Actitud es la forma como nos paramos frente a una situación. Ante una crisis, podemos postrarnos para observar el devenir y esperar desde nuestra quietud, renunciando por anticipado a nuestra responsabilidad de seguir construyendo el futuro; o bien podemos asumirla con actitud de curiosidad y tolerancia para procurar convertirla, en medio del dolor e incomodidad que genera, en una oportunidad.

En las crisis hay cosas que no podemos cambiar, pero hay otras que sí, y es en estas últimas donde tenemos la posibilidad de intervenir para lo cual es fundamental seguir tomando decisiones. Al asumir tal reto conscientemente nos damos la posibilidad de aprender, de conocernos mejor y de fortalecer para el futuro nuestra capacidad de pensamiento estratégico. 

Ver fuente

Los objetivos profesionales 2020

¿Cuáles son sus objetivos profesionales 2020? Responder a tres preguntas simples le permitirá definirlos estratégicamente y mitigar los riesgos implícitos en el proceso de escogerlos.

El tiempo es un recurso escaso del cual todos hemos sido provistos en forma perfectamente equitativa. En un mundo lleno de oportunidades, y también de distractores potenciales, utilizarlo bien se ha convertido en uno de los mayores retos que enfrentamos las personas.

¿Qué es utilizar bien el tiempo? Considero que es invertirlo de manera alineada con nuestros valores y con las metas relevantes que nos proponemos, es decir, en forma gratificante y con significado. Por ello, para acertar en el uso del tiempo es fundamental hacer un proceso juicioso de escogencia de nuestros objetivos, los cuales se convierten en el marco de referencia o guía para evadir el riesgo de desperdiciarlo.

¿Cómo escoger entonces nuestros objetivos en el ámbito profesional, por ejemplo, para este año 2020 que comienza? Un ejercicio simple para lograrlo es responder a tres preguntas. ¿Dónde quiero estar profesionalmente en 2023? Esta primera pregunta nos lleva a establecer una perspectiva de mediano plazo para alinear esfuerzos presentes a objetivos significativos de futuro que no se consiguen en el lapso de un solo año.

Nos invita, por lo tanto, a establecer nuestra estrategia profesional como marco de referencia que define qué deseamos lograr y cómo vamos a hacerlo. La segunda es la siguiente: ¿Qué necesito hacer en 2020 para acercarme a mi objetivo 2023? Una vez establecida esa visión de mediano plazo, tenemos mucho más claro qué necesitamos hacer en el corto plazo para llegar a ella. 

Algunas tareas las podemos comenzar de inmediato, otras deben esperar en tanto requieren de las anteriores o dependen de variables y recursos con los que no contamos en el momento. Al identificar, de cara a nuestra estrategia 2023, en qué podemos trabajar ahora, en qué necesitamos resolver como avanzar, así como los recursos y competencias por conseguir, aparece otra claridad adicional respecto a en qué invertir el tiempo de este año de manera pertinente y que objetivos factibles fijar para dicho período. 

Finalmente, una pregunta que nos permite proteger el proceso de la que llamo inercia distractora: ¿Qué objetivos no logrados en 2019 puedo descartar en tanto no son claves para acercarme a conseguir la meta 2023? En el tiempo, nuestra estrategia profesional tiene ajustes, algunos más drásticos que otros, y siempre debe permitir el abordaje de oportunidades únicas e inesperadas. Por tal motivo, es importante darle una mirada crítica y desde la estrategia a objetivos pasados incumplidos para no arrastrarlos de manera automática sin criterio o justificación. 

Las respuestas a estas tres preguntas nos facilitan escoger, de manera clara y explícita, nuestros objetivos de corto plazo en el marco de nuestra estrategia profesional, y nos protegen de riesgos comunes del ejercicio como la permanencia de la inercia del pasado sin criterio, el excesivo número de intenciones, el apego inflexible a aspiraciones desde el deseo y no desde la estrategia, la falta de priorización y la escogencia de metas inviables, además de evitarnos luego la dispersión desenfocada en esfuerzos superficiales y la muy penosa sensación de estar perdiendo el tiempo. 

Ver fuente

Reinvención profesional

Una vida laboral extensa, dada nuestra mayor longevidad, en medio de un mundo cambiante, nos enfrentará con frecuencia a la necesidad de reinventarnos.

La expectativa de vida de los seres humanos ha cambiado sustancialmente en el último siglo. En Colombia, por ejemplo, el promedio pasó de 57 años en 1960 a 75 años actualmente. Así entonces, la vida laboral de una persona fácilmente se extiende ahora por 45 años o más, bien por necesidad o por gusto. 

Frente a un camino profesional extenso, en medio de un ambiente tan dinámico como el actual, es fundamental desarrollar la capacidad de reinventarse. 

Las motivaciones para hacerlo pueden ser diversas, desde el deseo o la necesidad de cambiar de actividad, hasta la posibilidad de emprender o la intención de crecer en una organización.

¿Qué consideraciones tener en cuenta para diseñar nuestra reinvención profesional de manera estratégica?

Dorie Clark, reconocida conferencista y autora del libro Reinvéntate, extraordinaria lectura ahora disponible en Español, recomienda para avanzar en el proceso hacer consciencia de nuestra situación actual, reconociendo aquello con lo que contamos e identificando nuestros valores y motivaciones esenciales, como premisa para imaginar posteriormente nuestro futuro deseado y definir con claridad a donde queremos llegar y cómo vamos a lograrlo. 

Bill Barnett, en su libro La carrera estratégica, subraya precisamente la responsabilidad que tenemos de elegir bien nuestro oficio dada la libertad con la que contamos para hacerlo. 

Por su parte, Brian Fetherstonhaugh, autor del libro Mirada de largo plazo y vicepresidente global de talento de Ogilvy Group, plantea que la vida profesional de un ejecutivo moderno inicia pasados sus 20 años de edad y tiene tres etapas, cada una de aproximadamente 15 años de duración, caracterizadas, respectivamente, por ser de aprendizaje y crecimiento, de fortalecimiento y diferenciación, y de sostenimiento y actualización. Experiencias, competencias y contactos adquiridos en cada fase son nuestro equipaje para direccionar el plan de carrera. 

Ken Robinson, en su libro El elemento, propone que las personas logramos nuestra mayor satisfacción personal y profesional cuando nos dedicamos a aquel oficio en el cual se combinan nuestras aptitudes con nuestros gustos, es decir, a hacer aquello que nos agrada y en lo que somos buenos. Un concepto afín al de Robinson es el Ikigai, término japonés que traduce “razón para ser”, y el cual se encuentra en la intersección donde convergen lo que nos gusta hacer, en lo que somos buenos, lo que el mundo necesita y lo que otros valoran para un sustento.

Todas estas miradas generan preguntas claves para reflexionar de cara a delinear nuestra reinvención profesional, lo cual requiere un ejercicio juicioso de autoconocimiento, de identificación de posibilidades y de establecimiento de riesgos, sumado a la necesidad de contar con personas de confianza con las cuales discutir nuestro proyecto y aliados que nos ayuden a ejecutarlo. 

Esta es una buena época para reflexionar sobre nuestra siguiente reinvención profesional. No dejemos este ejercicio en manos de la inercia de la vida, ya que nadie puede sustituirnos en esta tarea orientada a ser profesionalmente lo mejor que deseamos y podemos para nosotros mismos y para los demás.

Ver fuente

Estrategia profesional

¿Cómo aplicar conceptos de estrategia empresarial para la orientación de nuestra vida profesional?

Profesión es aquel oficio al cual una persona se dedica con la firme intención de contribuir desde él a su crecimiento individual integral y en comunidad, así como a su bienestar económico. Gestionar de manera intencional una vida profesional gratificante es una responsabilidad personal que demanda consciencia de sí mismo, espacios de pensamiento estratégico, capacidad para aprender y deseo permanente de reinventarse.

Quien ejerce cualquier profesión escoge una misión o razón de existir en ella, una visión u objetivo que desea lograr en dicho oficio, una serie de actividades dentro del ámbito de ese quehacer con las cuales se identifica mejor por gusto y competencia, unos pilares estratégicos diferenciadores que giran alrededor de las capacidades o dones con los que cada quien cuenta y dentro de los cuales procura fortalecer algunos para acercarse a cumplir su visión profesional, una forma de hacer las cosas o hábitos, equivalentes a la cultura en una organización, y unos valores en los cuales creer que le mueven a hacer con convicción lo que hace y a perseguir ese sueño elegido. Todos los conceptos que sobre estrategia utilizan las empresas, por lo tanto, tienen aplicación para la orientación de la vida profesional de una persona.

Así como la estrategia profesional involucra todos los homólogos mencionados de la estrategia corporativa de una organización, también aquella tiene implícita una faceta competitiva. Al interior de las organizaciones, por ejemplo, quien desea construir una carrera, en estructuras tradicionalmente piramidales, necesita establecer su diferenciación desde su alto desempeño integral, como profesional y como persona. 

Su entorno es la estrategia de su empresa, la cual debe conocer claramente para diseñar un futuro posible en ella e identificar las competencias que necesita desarrollar y fortalecer para dar pasos en la dirección escogida.

Para el caso de los profesionales independientes, una población que ya en Estados Unidos, por ejemplo, representa más del 40% de la fuerza laboral, es aún más crítico definir una estrategia clara.

A diferencia de quienes hacen parte de una organización, donde la estrategia colectiva está dada y es el marco de referencia dentro del cual diseñar una estrategia profesional personal, en el caso de los independientes tal guía institucional no existe como tampoco los recursos disponibles en una empresa establecida. Entre más amplias son las posibilidades y más escasos los recursos, mayor es el reto de hacer escogencias y la necesidad de ser estratégicos.

En todos los casos, es pertinente que los profesionales hagan una reflexión de autoconocimiento para responder a tres preguntas antes de abordar su ejercicio de direccionamiento estratégico: ¿Qué significa para mí éxito profesional? ¿Qué me gusta hacer? ¿En qué soy bueno? La definición de éxito varía para cada ser humano, y es importante plantearla claramente, de manera articulada con las demás dimensiones vitales, para enfocar la estrategia profesional en ese objetivo sin correr el riesgo de terminar, por inercia o negligencia, persiguiendo una definición de éxito ajena que quizás complace al público, pero dista de las convicciones individuales y no aportará a la plenitud personal.

Ver fuente

Pensamiento estratégico para profesionales independientes – Parte II: Modelo para formular nuestra estrategia.

Herramientas para motivar, facilitar y ordenar la reflexión estratégica de los profesionales independientes.

En la primera parte de este artículo compartí los antecedentes y motivaciones para escribirlo, así como un modelo general para orientar la formulación de la estrategia en una organización, y una primera aproximación a su traducción al ámbito de la estrategia profesional (en este título resaltado está el enlace de acceso a la primera parte: Profesionales independientes: ¿Cómo definir nuestra estrategia? – Parte I – Modelo general).

En esta segunda parte, presentaré un modelo ampliado para definir la estrategia de un profesional independiente. Este modelo, de carácter eminentemente práctico, es un desarrollo desde el modelo general expuesto en la primera parte, extendido en algunos elementos adicionales. Su propósito es motivar, facilitar y ordenar la reflexión estratégica de profesionales independientes y también de aquellos que estén considerando dar el paso a convertirse en uno de ellos.

El modelo está constituido por 10 preguntas que la estrategia de un profesional independiente debe estar, idealmente, en capacidad de responder. Las preguntas, con su respectiva orientación para responderlas, son las siguientes:

¿Cuál es mi misión o propósito profesional? Nuestra misión profesional es nuestra razón de existir vista desde nuestro oficio. Es aquello que representamos para todas las partes interesadas que nos rodean y a las cuales generamos valor desde nuestro ejercicio profesional. Algunas preguntas que nos ayudan a definir nuestro propósito profesional son las siguientes: ¿Qué me entusiasma despertarme a hacer todos los días? ¿Cuál es el aporte cotidiano a mi entorno desde mi profesión por el cual deseo que me reconozcan? ¿De qué se pierde la sociedad si yo dejara de ejercer mi oficio? Al terminar la jornada, ¿haber hecho o logrado qué me genera tranquilidad y satisfacción? ¿Cuáles son mis motivaciones sinceras para apropiarme de esta misión? Una herramienta complementaria para reflexionar y responder a esta pregunta es mi artículo titulado “Propósito profesional: indicios de su hallazgo”. Así mismo, este escrito del ámbito organizacional: “La importancia del propósito empresarial”.

¿Cuál es mi visión o aspiración profesional? Este elemento del modelo nos introduce a una reflexión acerca de aquello que queremos lograr en nuestra profesión u oficio, y desde su ejercicio. Algunas preguntas útiles para estructurar nuestra aspiración profesional son las siguientes: ¿Cuál es mi definición personal de éxito profesional? ¿A quién admiro en mi profesión y por haber logrado qué? ¿Qué legado deseo haber construido para el día que me retire del ejercicio de mi profesión? ¿A qué meta futura necesito que me ayude a acercar cada cosa que haga en el presente? ¿En qué deseo convertirme como profesional? ¿Cómo imagino un día o semana ideal ejerciendo mi oficio? ¿Qué deseo transformar de mi entorno desde mi profesión? 

¿Cómo se articulan mi propósito y aspiración profesional con mi vida? Antes de avanzar a otras definiciones estratégicas, es pertinente validar que nuestra misión y visión profesional hacen sentido, y están alineadas, con el papel que deseamos que nuestra profesión tenga dentro de nuestra vida vista en forma integral. Una herramienta de apoyo útil para esta reflexión es la llamada rueda de la vida. Ella nos pone de presente que la dimensión profesional es apenas una de las que motivan nuestra existencia y que, para vivir de manera integral y balanceada, necesitamos también prestar atención y sentirnos a gusto en otros ámbitos como nuestra salud y desarrollo personal, nuestra vida afectiva, nuestras relaciones con familia y amigos, nuestra diversión y ocio, y nuestra economía, entre otros aspectos a considerar. Ejercer nuestro propósito profesional necesita ser compatible con las demás dimensiones vitales, y avanzar hacia nuestra aspiración profesional debería acercarnos al logro de nuestro bienestar integral. Una herramienta adicional, que puede ser de utilidad para explorar la respuesta a esta pregunta, es mi artículo “Estrategia personal: ¿Cómo escoger objetivos de corto plazo?”.

¿A qué actividades o especialidades voy a dedicarme en mi profesión para lograr mi aspiración? Todas las profesiones ofrecen una amplia variedad de actividades y negocios posibles, de productos o servicios en los cuales especializarse, y de segmentos del mercado con potencial para enfocarse. Los profesionales independientes, particularmente aquellos operando en un modelo de “solopreneurs”, enfrentan una manifiesta restricción de su recurso más valioso: tiempo. Dorie Clark, experta en reinvención personal y en el modelo “solopreneur”, y autora de los libros “Reinventing You” y “Entrepreneurial You”, sostiene que la situación natural para la mayoría de los profesionales independientes es sentirse intercambiando tiempo por dinero, razón por la cual identificar cómo utilizar ese recurso escaso de manera inteligente es una de las decisiones más críticas en su proceso estratégico. En la tercera y última parte de este artículo, Profesionales independientes: ¿Cómo definir nuestra estrategia? – Parte III – Escogencia de negocios y claves para ejecutar nuestra estrategia (próximamente disponible), presentaré algunos criterios que le permitirán a un profesional independiente elegir entre sus alternativas para generar ingresos y enfocarse en sus mejores opciones. Estos criterios están relacionados con elementos del entorno, con capacidades y recursos con los cuales contamos, con nuestras preferencias, con variables estratégicas y con consideraciones económicas. Así mismo, ofreceré algunas pautas para estructurar un modelo de negocio desde herramientas convencionales a nivel empresarial, y compartiré ideas para mejorar las posibilidades de éxito en el proceso de llevar la estrategia definida a la realidad, así como para enfrentar algunos riesgos y tentaciones inherentes a este camino. Por lo pronto, un primer criterio clave para responder a esta pregunta es asegurarse de optar por actividades alineadas con el propósito profesional, para materializarlo y hacerlo explícito, y con la aspiración profesional, para que, desde el trabajo cotidiano, nos acerquemos progresivamente a ella. Las especialidades o actividades a las que nos dedicamos en nuestro oficio no son un fin en sí mismas, son un medio para lograr nuestra aspiración profesional.

¿Cuáles son mis renuncias explícitas en mi estrategia profesional? Hacer estrategia es sinónimo de escoger, y por lo tanto de ella derivan renuncias. Es muy importante hacer explícito aquello que definitivamente no haremos, por ejemplo, el tipo de actividades o negocios que no desarrollaremos y el perfil de clientes que no abordaremos en las actividades elegidas, entre otros aspectos. La tentación de desviarse de las escogencias resultantes de responder a la pregunta anterior podría ser muy alta, en especial frente a la necesidad de generar ingresos. Por ello, para tener disciplina estratégica, es importante declarar abiertamente tanto aquello que hemos escogido hacer como eso que no haremos. Otro tipo de renuncias tienen que ver con los que denomino “no negociables”, los cuales definimos a manera de reglas de juego o marco de referencia para la ejecución de nuestra estrategia. Así entonces, y a manera de ejemplo, algunas renuncias posibles tienen que ver con horarios de trabajo (no trabajar hasta altas horas de la noche), días de trabajo (no trabajar los fines de semana), sitio de trabajo (no trabajar en casa, o lo totalmente opuesto, no tener oficina fuera de casa), y viajes (no tomar proyectos fuera de la ciudad de residencia o que impliquen viajes largos). Para identificar qué reglas de juego para la ejecución de la estrategia profesional son pertinentes para cada persona, la respuesta a la pregunta número 3 de este modelo, sobre estrategia profesional y vida integral, es una buena fuente de información.

¿Cómo voy a competir y a diferenciarme? Una vez escogidas las actividades o negocios en los cuales un profesional independiente va a participar, es importante hacer un ejercicio de definición de su estrategia competitiva en cada uno de ellos. En la mayoría de los oficios la competencia es intensa y crearse un espacio propio, para no ser percibido como “uno más”, requiere definir con claridad como hacerlo. En primer lugar, es importante estructurar nuestra propuesta o promesa de valor a nuestros clientes objetivo. Esta herramienta pretende identificar con precisión la forma como vamos a entregar nuestro producto o servicio para generarle valor a nuestro cliente, y lograr que aquel lo perciba tangiblemente. Para construir nuestra propuesta de valor estas son algunas preguntas pertinentes: ¿Quién es mi cliente? (para identificar a quien dirigimos nuestra propuesta de valor en ese negocio particular), ¿Qué quiere mi cliente y por qué lo quiere? (para entender qué es lo que estos clientes desean y cómo cada cosa que esperan recibir les genera valor), ¿En qué orden de importancia lo quiere? (así sabremos que es lo que más le genera valor, dentro de todo lo que espera, para enfocar mejor nuestros esfuerzos y priorizar nuestra atención), ¿En qué no puedo fallar en la interacción con mi cliente? (así como hay elementos de nuestro producto o servicio que le generan valor, hay fallas u omisiones que podrían ser altamente destructoras de valor para un cliente y que es importante identificar y cuidar que no sucedan, desde nuestra gestión), ¿Qué debo hacer para entregarle a mi cliente lo que espera y cumplir mi promesa? (para definir las actividades o procesos claves de mi gestión a fin de hacer tangible la propuesta de valor al cliente). Una vez definida la propuesta de valor se aclara toda una serie de prioridades para nuestra gestión. Así mismo, obtenemos una guía para identificar los elementos en los cuales tenemos una mayor posibilidad y capacidad para diferenciarnos. Si logramos ser sobresalientes o distintos en la forma de entregar uno o dos elementos claves de la propuesta de valor, ya estamos en el terreno de la diferenciación. La propuesta de valor es una manera de hacer explícito nuestro entendimiento de los clientes, nuestra forma de competir, y los rasgos que deseamos que nos diferencien de otros profesionales ante los ojos de las personas a quienes esperamos servir. Si bien es cierto que en cada oficio los elementos básicos de los productos o servicios que ofrece un profesional independiente son similares y necesarios (consideremos el caso de un médico dermatólogo), siempre existen espacios para diferenciarse y hacer de la experiencia del cliente algo memorable que motive su preferencia y lealtad. (Una herramienta adicional que sugiero para esta reflexión es el siguiente escrito sobre Estrategia competitiva).

¿Qué capacidades y recursos necesito? Este es el momento del proceso en el cual es relevante identificar los recursos y competencias necesarios para llevar a cabo la estrategia definida. Un primer concepto útil para responder esta pregunta es el de los llamados pilares estratégicos. Ellos hacen referencia a aquellos aspectos en los cual es necesario buscar la excelencia como profesional independiente para implementar con éxito la estrategia definida y, en particular, para entregar la propuesta de valor estructurada para los clientes. En otras palabras, son las fortalezas que necesitamos construir de cara a ejecutar nuestra estrategia, y desde las cuales tenemos intención de diferenciarnos para competir, a fin de alcanzar nuestra aspiración. Además de lo anterior, esta pregunta nos invita a poner de presente, en forma clara y concreta, aquellos elementos que serán necesarios para hacer explícita nuestra estrategia competitiva, y presentar con confianza a los clientes nuestra promesa de valor. Estos elementos incluyen intangibles como conocimiento, experiencia, reputación y legitimidad (títulos o certificaciones formales, por ejemplo), y tangibles como infraestructura, herramientas de trabajo, tecnología, mercadeo, entre otros. Este inventario de capacidades y recursos es importante, finalmente, para dimensionar las necesidades económicas para poner en marcha de nuestra estrategia. En términos de recursos, es normal no contar con todos los necesarios desde el principio, pero si es definitivo entender muy bien la forma de conseguirlos y su orden de prioridad. En cuanto a las capacidades o competencias profesionales requeridas, es crítico tenerlas claras para procurar cerrar las brechas de mayor importancia en el menor tiempo posible. En la respuesta a esta pregunta es pertinente, igualmente, incluir la identificación de los aliados que necesitamos para llevar a cabo nuestra estrategia, y aquello que concretamente necesitamos de cada uno de ellos. 

¿Qué actitudes y hábitos son claves para ejecutar mi estrategia? La cultura de una organización es un conjunto de hábitos, actitudes y comportamientos de sus integrantes, el cual caracteriza la forma de hacer las cosas en ella. La cultura es una aliada clave de la estrategia, y cuando no está alineada la primera a las necesidades de la segunda, se reducen sustancialmente las probabilidades de éxito en el proceso de ejecución estratégica y, por tanto, en el logro de los resultados deseados (algunas ideas adicionales sobre la relación Estrategia y cultura organizacional en este enlace). La situación para un profesional independiente no dista mucho de lo descrito para una organización. En esta pregunta, entonces, es de interés identificar esa forma en la que debemos hacer las cosas, que acompañe y sea compatible con las necesidades de nuestra estrategia, a fin de implementarla efectivamente. En la lista deben estar incluidos, por ejemplo, aquellos hábitos deseables, con énfasis en los más importantes por desarrollar, y las actitudes y comportamientos necesarios en la cotidianidad, así como aquellos no aceptables en tanto van en contravía de nuestro planteamiento estratégico. Un profesional de la salud, por ejemplo, que desea diferenciarse por su conocimiento y actitud de servicio, podría considerar conveniente cultivar el hábito de la lectura, para mantenerse actualizado, y observar cuidadosamente su comportamiento en el trato con sus pacientes, evitando también la impuntualidad. En otro caso, un conferencista profesional quizás identifique la necesidad de cuidar sus hábitos de salud, los cuales incluyen horas de sueño para contar con una mente lúcida y espacios de ejercicio para mantener la condición física, a fin de brindarle a su audiencia la mejor experiencia en cada presentación.

¿Cuáles son mis valores claves para lograr las actitudes y hábitos que necesito? En las organizaciones, una vez identificados los rasgos deseables en su cultura a partir de la estrategia, se escogen los valores, que expresan aquello en lo que cree profundamente la organización y desde los cuales se soportan y motivan los comportamientos deseados en la cultura. Todos los valores son buenos, sin embargo, hay algunos que tienen mayor relación con la cultura deseada. Por ello, en la lista de valores de una organización suelen aparecer tan solo 4 o 5, en cuya difusión y comunicación está puesto el énfasis dada su relación más cercana con la cultura objetivo y la estrategia. En el caso de los profesionales independientes, una vez definidas las actitudes y hábitos deseables, es posible entonces escoger un grupo muy específico de valores que motivarán nuestro comportamiento y que representan aquellas cualidades más elevadas por las cuales queremos que nos reconozcan. Hacia nuestro interior, esos valores significan compromisos inquebrantables cuyo cumplimiento es indispensable para ser exitosos y sentirnos satisfechos con nuestra estrategia. Son los “no negociables” con nosotros mismos. Responsabilidad, respeto, honestidad, gratitud, tolerancia, disciplina, prudencia, justicia, amistad y empatía son algunos ejemplos de ellos.

¿Cómo voy a medir mi progreso? En este momento hemos logrado estructurar, de manera ordenada y metódica, nuestra estrategia profesional. Tenemos identificados elementos fundamentales en ella: nuestra razón de existir como profesionales y lo que queremos lograr, la compatibilidad de nuestra estrategia profesional con nuestra vida integral, aquello a lo que nos vamos a dedicar en nuestro oficio y nuestras renuncias, la propuesta de valor a nuestros clientes que nos permitirá diferenciarnos y competir así como los recursos necesarios para entregarla con éxito, la forma en la que debemos hacer las cosas y las convicciones que la respaldan. Una vez nos decidimos por esta hoja de ruta, y nos aventuramos a su implementación, se vuelve de la mayor relevancia conservar el sentido crítico, para evitar el triunfalismo sin caer en el escepticismo, y preguntarnos permanentemente como vamos. Nuestra sensación de satisfacción será la métrica general más relevante (para una reflexión a este respecto, recomiendo mi artículo “¿Estoy feliz en mi trabajo?”). Para complementarla, y acompañarla de pragmatismo gerencial, será importante contar con indicadores cuantitativos relacionados con temas claves de gestión administrativa. Así entonces, es relevante hacer seguimiento a la dinámica de nuestra generación de ingresos como factor clave de sostenibilidad, observar el crecimiento en cada tipo de actividad o negocio elegido como una señal del mercado respecto a sus necesidades, indagar sobre la satisfacción de los clientes con la propuesta de valor definida para ajustarla a sus intereses cada vez con mayor precisión, y hacer seguimiento a la rentabilidad en cada producto o servicio para avanzar en el entendimiento de cuál es el mejor uso para nuestro tiempo. En la misma línea, es importante entender si eventualmente la inercia nos va llevando a concentrarnos en algunos productos o clientes, para revisar la conveniencia de esa situación y corregirla a tiempo si es del caso. Es fundamental cuidar el nivel de costos fijos de la operación, el cual siempre será deseable mantener al mínimo posible, e ir identificando oportunidades para modificarlos o reducirlos según se vaya dando el desarrollo de los negocios y la concentración en algunos de ellos. El capital de trabajo invertido en inventarios o crédito otorgado a los clientes es otro indicador clave. Las empresas se quiebran más por problemas de liquidez que por falta de rentabilidad. Por eso, es definitivo vigilar que contamos con el nivel de liquidez necesario para conservar la operación en marcha. Resultado de todo este proceso de análisis, empiezan a aparecer señales claras sobre actividades o negocios escogidos en los cuales eventualmente sea mejor no estar, pese a haberlo intentado, así como nuevas oportunidades que no visualizamos durante el proceso de formulación estratégica y que puede ser interesante analizar. Estas son algunas pautas comunes en las empresas para el seguimiento a la estrategia y a sus negocios. Aun cuando todo esto nos puede sonar lejano o complejo, siempre será clave tener presente que, para el caso de los profesionales independientes, nosotros somos nuestra propia empresa.

Cierro esta segunda entrega con gratitud por su atención y con una cordial invitación a leer la primera parte de este artículo en el siguiente enlace: Profesionales independientes: ¿Cómo definir nuestra estrategia? – Parte I – Modelo general, así como la tercera parte, Profesionales independientes: ¿Cómo definir nuestra estrategia? – Parte III Escogencia de negocios y claves para ejecutar nuestra estrategia, la cual pronto estará disponible.

Ver fuente

Aprender y vivir para siempre

En un mundo cambiante, y frente a la perspectiva de una vida más larga, las personas necesitamos adoptar una actitud de aprendizaje continuo. ¿Cómo cultivarla y a qué obstáculos sobreponernos? 

Mahatma Gandhi nos proponía vivir como si fuéramos a morir mañana, y aprender como si fuéramos a vivir para siempre. Esta invitación a aprender es aún más pertinente para esta época extraordinaria que vive la humanidad. Veremos, en los años que dure nuestra vida, más cambios y desarrollos que todos nuestros ancestros en miles de años de existencia, y enfrentaremos riesgos y dificultades que como humanos jamás imaginamos. Cada uno de nosotros tiene, además, una expectativa de vida más larga, y los nacidos hoy poseen una alta posibilidad de vivir 100 años o más. Tendremos, la oportunidad y necesidad de reinventarnos varias veces en la vida en tanto el concepto tradicional de vejez, física y profesional, ha sido revaluado. 

En el escenario de un mundo cambiante que en perspectiva será más complejo y con la probabilidad de una vida más larga, las personas necesitamos mantenernos en un proceso continuo de aprendizaje y desaprendizaje. Por ello, uno de los objetivos pertinentes y prioritarios de los nuevos modelos de educación es el desarrollo en las personas de una competencia fundamental: aprender a aprender. Disponernos para aprender implica, entre otros hábitos y aprendizajes previos, cultivar una alta capacidad de observación desde estar presentes aquí y ahora, permitirnos una mentalidad curiosa y con sentido crítico, sobreponernos al ego para atrevernos a hacerle muchas preguntas al entorno y a nosotros mismos, y reconocer la reflexión como un ejercicio valioso para extraer conocimiento de cada experiencia. En síntesis, para aprender, necesitamos plena consciencia de nosotros mismos, y vivir la vida de manera presente y consciente, es decir, dándonos literalmente cuenta de lo que está pasando con el entorno y en nuestro interior. 

En este sentido, H. Mintzberg, filósofo de la gerencia moderna, propone que la educación profesional avanzada para ejecutivos en administración, tenga como uno de sus fines primordiales, permitirle a los individuos aprender desde el hacer sentido de su propia experiencia, es decir, aprender intencionalmente, desde lo nuevo que viene del exterior y desde las interpretaciones más profundas de sus vivencias propias a partir de la reflexión, enriquecida por nuevos marcos de referencia. 

Mantenernos en un proceso continuo de aprendizaje y desaprendizaje no es simple. Julio Olalla, reconocido coach chileno, propone una serie de enemigos del aprendizaje que podemos identificar y gestionar: la dificultad que enfrentamos para reconocer que no sabemos cuál deriva en complacencia con la ignorancia; los paradigmas que tenemos sobre nosotros mismos en cuanto a gustos y competencias; desconfianza en las capacidades para aprender qué poseemos, lo que resulta en resignación; inclinación a responder preguntas más que hacerlas; falta de tiempo; apego a lo que sabemos y practicamos, que genera dificultad para desaprender; creer que tener información sobre algo es lo mismo que entenderlo y saberlo, y dificultad para darle autoridad a otros para que nos enseñen. 

Aprender a aprender es una capacidad que nos mantendrá vigentes y conectados con la dinámica de la vida. Sigamos aprendiendo al amparo de ese legitimo sueño humano de superarnos un poco todos los días a nosotros mismos, como si la vida realmente fuera para siempre.

Ver fuente