Propósito profesional: indicios de su hallazgo

Las personas que han hallado su propósito profesional, o están cerca de encontrarlo, parecieran tener un patrón de comportamiento. Observarlas nos ayuda a hacernos preguntas para saber si vamos por el camino correcto en la búsqueda del nuestro.

Todos los conceptos de estrategia empresarial son aplicables a la vida personal, que incluye el ámbito profesional. En las empresas, hablamos de su propósito o misión para referirnos a su razón de existir, a aquello que se despiertan a hacer cada mañana, y a lo que dejaría de suceder si desaparecieran. Con respeto por los verdaderos expertos en temas de estrategia personal y desarrollo profesional, comparto en este escrito, improvisado y accidental, algunas reflexiones respecto al propósito profesional, desde tres casos particulares, y algunos indicios que podrían revelar que lo hemos hallado o que estamos cerca de lograrlo.

El primer caso al que haré referencia fue el que motivó este escrito. En la mañana del pasado domingo tuve un encuentro con una agradable entrevista al pintor Fernando Botero publicada en el periódico El Colombiano, de Medellín. En la misma, Botero manifestó: “El más grande gozo en la vida lo tiene la gente cuya profesión es la fuente de su alegría, es decir, que no tiene que estar contando las horas para salir del trabajo.” A sus 86 años, su cotidianidad profesional transcurre entre pintar y esculpir, movido por el genuino gusto de hacerlo.

El segundo caso, que volvió a mi memoria tras mi encuentro con el anterior, es el de un reconocido ejecutivo, que por conocerlo muy bien sé que prefiere que mantenga su nombre en reserva, gestor de la construcción de un importante grupo empresarial en una labor que duró más de treinta años. Alguna vez tuve el atrevido privilegio de preguntarle en qué consideraba que radicaba el éxito profesional que había logrado, visto desde el legado empresarial que había construido. Su respuesta fue elocuente: “Nunca vengo a la oficina a trabajar, siempre vengo a divertirme”. Una frase que suena contraintuitiva, y quizás más cuando pensamos en la probabilidad de divertirnos en el trabajo, por más de treinta años y en una misma empresa. 

El tercer caso me sucedió este mismo domingo en la tarde, ya con los sentidos despiertos por el encuentro con los dos anteriores. Un lugar que visité con mi familia incluye dentro de su experiencia la presencia de “recreacionistas” para los niños, y conocí a un joven experto en pintar figuras en las caras de los infantes. Un arte por la pintura y por la paciencia. Mientras pintaba a mis hijos conversé con él, viendo el entusiasmo y cuidado con el que hacia su trabajo, e ingenuamente le pregunté si no añoraba estar haciendo otra cosa un domingo en la tarde. Y logré otra respuesta de esas de una persona que ha encontrado o está cerca de encontrar su propósito: “Para mí esto no es trabajo. No me imagino estar en este momento haciendo algo distinto”. Era plenamente evidente el disfrute que experimentaba este joven con lo que hacía, y su plenitud por cada niña o niño satisfecho al que le decía que había terminado el dibujo que le solicitó.

Reflexionando un poco sobre estos casos, simples y concretos, aparece reconocible un patrón. Quienes encuentran su propósito profesional, o están cerca de lograrlo, parecen disfrutar profundamente de cada momento en su oficio, no se sienten trabajando, el tiempo les parece corto para continuar haciendo lo que les gusta, se van a dormir llenos de satisfacción por lo hecho y de ganas de que amanezca para hacer lo que les falta. Se despiertan, entonces, pletóricos de ánimo para ir a seguirse divirtiendo, se sienten realizados y seguros de sí mismos haciendo lo que hacen, y están plenamente enfocados en ello pues no hay otra mejor alternativa a la que aspiren, que les genere duda o intranquilidad sobre su oficio actual. Ellos viven en el presente pues les resulta suficientemente placentero. Pareciera, además, que para estas personas, al margen de la magnitud de los beneficios económicos que deriven de su actividad, el dinero no es su principal motivación y en la mayoría de los casos llega como un subproducto de la excelencia de su trabajo, de la persistencia y del reconocimiento que ella a veces trae. Hablar con estas personas es fácil, su ego es dócil ya que pareciera que no tienen que demostrarle nada a nadie, transmiten bienestar y autenticidad, no dependen del reconocimiento e intuyo que su mayor privilegio es sentir que son libres de mantenerse viviendo profesionalmente en lo que Ken Robinson, en su libro “El elemento”, llama “la zona”, allí donde convergen las aptitudes con las pasiones, donde se cansa a veces el cuerpo, pero nunca el espíritu.

Robin Sharma, en su conocido libro “El monje que vendió su Ferrari”, plantea que “el propósito de la vida es una vida con propósito”. Es natural que en lo profesional aspiremos a lo mismo, a lograr vivir de hacer lo que nos gusta, lo que nos nace y nos motiva. 

Estas reflexiones me invitaron a escribir sobre ese patrón que describo, del cual se desprenden algunas preguntas que pueden ser de utilidad para identificar si hemos hallado nuestro propósito profesional o si estamos cerca de lograrlo. Nacemos con esa pregunta, y su respuesta solo está al interior de cada uno de nosotros. El sabio chino Confusio nos invitó a esa búsqueda: “Escoge un trabajo que te guste, y nunca tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”.

¡Éxitos en la búsqueda!

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