Estar presentes

La presencialidad, a diferencia de la virtualidad, nos demanda esfuerzos mayores para estar atentos.

Vivir el momento, conectados con el aquí y el ahora, dándonos cuenta conscientemente de lo que sucede en este preciso instante, observando con atención y curiosidad tanto lo que nos rodea como a nosotros mismos, son todos elementos que constituyen el concepto de estar presentes. Lograrlo fue un reto cuando nos trasladamos a la virtualidad. Ahora, paradójica e inesperadamente, se ha convertido en un desafío significativo en el regreso a la presencialidad.

Estas son algunas razones que lo explican e ideas para activar tal capacidad. La presencialidad, a diferencia de la virtualidad, nos demanda esfuerzos mayores para estar atentos. En virtualidad, con opción de cerrar micrófonos y apagar cámaras, nuestra ausencia temporal o intermitente podría ser menos evidente. Así mismo, la posibilidad que nos brindó la virtualidad de caer en la tentación de distraernos sin sufrir sanciones hizo que la tendencia a dispersarnos se convirtiera en hábito.

Ausentarnos sin llamar la atención, y distraernos sin costo, no aplican en la presencialidad. En ella necesitamos al menos fingir atención dirigiendo la mirada hacia quien habla, no tenemos la opción de desconectarnos, silenciarnos o desaparecernos temporalmente sin que sea notorio, y no es posible dispersarnos revisando el celular, sin recibir miradas incómodas que nos invitan disuasivamente a reincorporarnos mentalmente. Este esfuerzo por comportarnos apropiadamente, sintiéndonos constreñidos, nos genera estrés.

La presencialidad también modificó el uso de nuestro tiempo en tanto reaparecieron viajes y desplazamientos en medio del tráfico de nuestras ciudades. Es humano querer hacer mucho más de lo que es posible con nuestro tiempo, y en virtualidad ganamos una productividad que ahora será menor. Este retroceso será incómodo y fuente adicional de estrés. Las mentes estresadas tienen limitada su capacidad de pensamiento y de concentración en tanto su inercia hacia la dispersión aumenta. Nuevas fuentes de estrés retan ahora nuestra capacidad para conectarnos con el momento, la cual será a su vez clave para que las interacciones presenciales valgan la pena y para ganar productividad en el tiempo reducido del que ahora disponemos.

Viviremos entre espacios de trabajo virtuales, presenciales e híbridos, y gestionar estos generadores de estrés será relevante para activar nuestra capacidad de estar presentes. Hacer solo reuniones necesarias, presenciales cuando sea esencial, más cortas y efectivas, iniciarlas con ejercicios sencillos de conexión, en las que los monólogos sean sintéticos en medio de conversaciones dinámicas, cuya agenda incluya pausas para dispersión deliberada y legítima, donde se acoja integralmente a quienes participan virtualmente en espacios híbridos, son algunas buenas prácticas posibles.

La virtualidad exacerbó nuestra desazón frente al sentimiento de estar perdiendo el tiempo, por eso hagamos de cada interacción colectiva una experiencia valiosa para que sea un gusto estar presentes.

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